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QuienHizoLaPeliculaLaPasionDeCristoEnMiPielArdiente

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QuienHizoLaPeliculaLaPasionDeCristoEnMiPielArdiente

La lluvia caía a cántaros sobre el techo de mi departamentito en la Condesa, ese golpeteo constante que me ponía nerviosa pero de la buena manera. Era Viernes Santo, pero ni madres que saliéramos a misa o procesiones. Javier y yo nos quedamos adentro, con unas chelas frías y ganas de algo fuerte. Él, mi carnalote de ojos café intensos y brazos que me hacen derretir, me jaló al sillón de piel sintética que cruje delicioso cuando nos movemos.

"Órale, nena, ¿qué peli ponemos pa' pasar el rato?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Yo, recargada en su pecho oliendo a su jabón de sándalo mezclado con sudor fresco del día, recordé esa movida que tanto ruido armó.

"Pon La Pasión de Cristo, güey. ¿Quien hizo la pelicula la pasion de cristo? ¿Mel Gibson, verdad? Ese cabrón sabe de sufrimiento que duele rico."

Javier soltó una carcajada, su aliento cálido en mi oreja. "Sí, mi reina, Mel el loco. Pero avisa si te da cosa, eh." Puso el DVD, las luces bajas, y nos acurrucamos. La pantalla se iluminó con esa crudeza brutal: latigazos que sonaban como truenos, sangre chorreando, el cuerpo de Cristo retorciéndose en agonía. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, no de miedo, sino de algo primitivo. El aire se cargó de tensión, el olor a ozono de la lluvia filtrándose por la ventana entreabierta.

Mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, rozando la tela con cada respiración agitada. Javier me apretó la cintura, su mano grande deslizándose lento por mi muslo. "¿Te prende esto, Ana? Pinche peli heavy."

Yo giré la cara, mis labios rozando los suyos. "No mames, sí. Esa pasión duele, pero duele chido. Me hace pensar en lo que tú me haces."

La escena del vía crucis avanzaba, gemidos de dolor que se mezclaban con la lluvia. Mi mano bajó a su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro como piedra bajo los jeans. Él gruñó bajito, ese sonido gutural que me moja al instante. Apagó la tele de un jalón al control, la habitación quedó en penumbras solo iluminada por el resplandor de la ciudad.

Nos besamos como fieras, lenguas enredándose con sabor a chela y sal de sus labios. Javier me cargó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo mientras me llevaba al cuarto. El colchón king size nos recibió con un hundimiento suave, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se clavaron en ellas, hambrientos.

"Eres mi diosa, Ana. Más ardiente que cualquier cristo en cruz." Sus manos ásperas por el trabajo en la constructora me masajearon los pechos, pulgares girando en los pezones hasta que dolió de placer. Gemí, arqueándome, el calor subiendo desde mi entrepierna como lava.

Pinche Javier, siempre sabe cómo hacerme suplicar sin palabras. Quiero que me rompa, que me haga sufrir rico como en esa peli, pero con su verga en vez de clavos.

Yo le desabroché el cinturón, liberando su miembro grueso y venoso que saltó palpitante. Lo tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave y caliente. "Chúpamela, mi amor", murmuró él, y yo bajé la cabeza obediente. Mi boca lo envolvió, lengua lamiendo la punta salada de precum, ese sabor almizclado que me enloquece. Lo succioné profundo, oyendo sus jadeos roncos, sus caderas empujando suave contra mi garganta. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, chupadas y slurps que rivalizaban con la lluvia afuera.

Pero no quería acabarlo aún. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Mis bragas empapadas rozaban su abdomen duro, dejando un rastro húmedo. Me quité el calzón lento, provocándolo, oliendo mi propia excitación dulce y fuerte en el aire. "Ahora te voy a cabalgar como si fueras mi cruz, Javier."

Él sonrió pícaro, manos en mis caderas. "Ven, cabróna, dame todo." Bajé despacio sobre él, su verga abriéndome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor inicial se fundió en éxtasis puro cuando lo tuve todo adentro, mi clítoris rozando su pubis peludo. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena frotando mis paredes internas. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, olores mezclados de sexo crudo y pasión desatada.

La tensión crecía, mis caderas girando en círculos, pechos rebotando con cada embestida. Javier se incorporó, mamando mis tetas con hambre, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. "¡Más fuerte, nena! ¡Hazme sufrir!" Yo aceleré, el colchón crujiendo rítmicamente, nuestros gemidos subiendo de volumen como una sinfonía prohibida. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el bajo vientre, pulsos latiendo en mi coño alrededor de su polla.

De repente, Javier me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sus manos abrieron mis nalgas, dedo rozando mi ano juguetón antes de volver a penetrarme de un solo golpe profundo. "¡Ahí te ves, mi puta santa!", gruñó, embistiendo con fuerza animal. Cada choque de sus bolas contra mi clítoris era fuego, el sonido de carne contra carne resonando como latigazos. Yo me aferré a las sábanas, uñas clavándose, gritando su nombre entre jadeos.

El clímax me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras lo ordeñaba con contracciones internas. Javier rugió, hinchándose dentro de mí antes de explotar, chorros calientes llenándome hasta rebosar, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí protector, corazones galopando al unísono.

Minutos después, aún unidos, besos suaves en mi nuca. La lluvia amainaba, dejando un silencio bendito. "Mejor que cualquier peli, ¿verdad? Quien hizo la película la pasión de cristo sabía de dolor, pero nosotros de placer puro."

Yo reí bajito, volteándome para mirarlo a los ojos. "Chingón, Javier. Tú eres mi director, mi actor principal. Esta pasión no acaba aquí."

Nos quedamos así, enredados, el aroma a sexo impregnando las sábanas, saboreando el afterglow que nos hacía sentir invencibles. Afuera, la ciudad despertaba, pero nosotros ya habíamos resucitado en brazos del otro.

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