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Cañaveral de Pasiones Capitulo 61 Fuego en las Hojas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 61 Fuego en las Hojas

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Cristóbal, en el corazón de Veracruz. Las hojas verdes y afiladas se mecían con la brisa caliente, susurrando secretos que solo el viento conocía. Ana María caminaba entre los tallos altos, sintiendo cómo el sudor le perlaba la piel morena bajo la blusa de algodón pegajosa. Llevaba años trabajando en esa finca familiar, pero hoy todo era diferente. Su corazón latía con fuerza, como si presintiera la tormenta que se avecinaba.

¿Por qué vine aquí sola? ¿Qué me pasa con este hombre? se preguntaba mientras avanzaba, el olor terroso de la tierra húmeda invadiendo sus fosas nasales. Javier, el capataz nuevo, con su sonrisa pícara y esos ojos negros que prometían pecados deliciosos. Lo había visto esa mañana, cargando sacos de caña, los músculos tensos bajo la camisa remangada. "Nena, ¿ya te cansaste de tanto sol?", le había dicho con ese acento veracruzano juguetón, y ella solo atinó a sonrojarse como una chava de quince.

De repente, un crujido entre las hojas la hizo detenerse. El corazón le dio un vuelco. Salió Javier, con el sombrero ladeado y una botella de agua en la mano.

"¡Ana! ¿Qué haces tan adentro, mi reina? Este cañaveral se traga a la gente."
Su voz grave resonó como un tambor en el pecho de ella. Se acercó, oliendo a hombre trabajado, a sudor limpio mezclado con el dulzor de la caña recién cortada.

Ana se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Es un pendejo guapo, pero qué pendejo, pensó, recordando cómo la noche anterior soñó con sus manos ásperas explorándola. "Vine por unas hojas frescas para el té, Javier. ¿Y tú? ¿Espiándome como en esas novelas?"

Él rio, un sonido ronco que vibró en el aire caliente. Se paró tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo. "Novelas nada, carnala. Esto es real. Como Cañaveral de Pasiones, capítulo 61, ¿ya viste? Donde la protagonista se pierde en el campo y encuentra su fuego." Sus ojos bajaron por el escote de ella, deteniéndose en el nacimiento de sus pechos, que subían y bajaban con agitación.

El deseo inicial era como una chispa: miradas robadas, roces accidentales. Ana retrocedió un paso, pero las hojas la arañaron la piel de las piernas, un recordatorio punzante de lo salvaje del lugar. Javier no se movió, solo extendió la mano con la botella. Tómalo, prenda, le dijo sin palabras. Ella bebió, el agua fresca bajando por su garganta reseca, goteando un poco sobre su clavícula. Él la miró lamerse los labios, y ahí fue cuando la tensión se encendió.

La brisa se arremolinó, trayendo el aroma dulce de la caña madura, casi empalagoso. Javier dio un paso adelante, su mano rozando la de Ana al quitarle la botella. El contacto fue eléctrico: piel callosa contra piel suave, un chispazo que subió por su brazo hasta el centro de su vientre. ¡Virgen de Guadalupe, qué calor! pensó ella, mientras él murmuraba: "Estás temblando, Ana. ¿Miedo o ganas?"

Ella lo miró fijo, el pulso acelerado latiéndole en las sienes.

"Ganas, Javier. Pero no soy de las que se rinden fácil."
Él sonrió, esa sonrisa de lobo que la deshacía. La tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. El olor de su sudor la mareó, masculino y adictivo, mezclado con el jabón barato de pueblo. Sus labios se rozaron primero, un beso tentativo, saboreando la sal de la piel del otro.

Las manos de Javier bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con firmeza. Ana gimió bajito, el sonido perdido en el susurro de las hojas. Esto es pecado, pero qué pecado tan chido, se dijo, mientras sus dedos se enredaban en el pelo húmedo de él, tirando suave para profundizar el beso. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, probando el sabor a caña y deseo puro.

Se tumbaron entre los tallos altos, el suelo blando de tierra y hojas secas amortiguando sus cuerpos. Javier le quitó la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel expuesta. El sol filtrado por las hojas pintaba rayas doradas en sus pechos, los pezones endurecidos como piedras preciosas.

"Qué tetas tan ricas, mi amor. Para volverse loco."
Él los lamió, succionando con hambre, y Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El roce de su barba incipiente era delicioso rasguño, enviando ondas de placer directo a su entrepierna.

Las luchas internas la asaltaron: ¿Y si nos ven? ¿Y si es solo un rato y ya? Pero el calor de sus cuerpos disipaba las dudas. Ella le desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo su grosor, la vena latiendo bajo su palma. "¡Qué chingona, Javier! Me vas a partir", susurró con picardía veracruzana. Él gruñó, un sonido animal que la excitó más.

La intensidad subía como la marea. Javier le bajó los shorts, sus dedos encontrando su concha húmeda, resbaladiza de jugos. La frotó despacio al principio, círculos expertos que la hicieron jadear. El olor a sexo se mezcló con el de la caña, embriagador. ¡No pares, cabrón! rogaba en silencio mientras él introducía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Ana se movía contra su mano, las caderas ondulando, el sudor chorreando entre sus senos.

Él se posicionó encima, la punta de su verga rozando su entrada.

"Dime que sí, Ana. Quiero sentirte toda."
Ella asintió, las uñas clavándose en su espalda. "Sí, métemela ya, mi rey." Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El placer era abrumador: plenitud, roce, el latido compartido. Comenzaron a moverse, un ritmo primitivo, piel contra piel chapoteando con sudor.

El clímax se acercaba como un huracán. Las hojas crujían con cada embestida, el viento aullando suave. Ana sentía cada vena de él dentro, frotando sus paredes sensibles. Javier aceleró, sus bolas golpeando contra ella, el sonido obsceno en el isolation del cañaveral. Me vengo, me vengo, pensó ella, el orgasmo construyéndose en espiral. Gritó su nombre cuando explotó, contrayéndose alrededor de él, jugos calientes empapando sus muslos.

Javier la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes. Se derrumbó sobre ella, pesados jadeos mezclándose. El afterglow fue puro: cuerpos entrelazados, el sol calentando sus pieles pegajosas, el aroma de semen y sudor flotando. Él besó su frente, suave.

"Eres mi cañaveral de pasiones, Ana. Capítulo 61 y contando."

Ella rio bajito, acariciando su mejilla. Esto no es novela, es mi vida, reflexionó, sintiendo una paz profunda. Se vistieron lento, robándose besos, prometiendo más encuentros en ese paraíso verde. El cañaveral guardó su secreto, sus hojas susurrando aprobación mientras salían tomados de la mano, el corazón ligero y el cuerpo saciado.

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