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Pasion Por La Luna

6582 palabras

Pasion Por La Luna

Sofía caminaba por la playa de Sayulita al atardecer, con la arena tibia aún besando sus pies descalzos. El sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Pero ella no venía por el sol. No, su pasion por la luna la había traído hasta aquí, esa noche de luna llena que prometía ser mágica. Siempre había sentido algo especial por esa reina plateada del cielo, un cosquilleo en la piel que se convertía en fuego cuando su luz la bañaba. Neta, era como si la luna le susurrara secretos eróticos al oído, despertando un hambre que ningún hombre había saciado del todo.

Se sentó en una roca lisa, el viento salado revolviéndole el cabello negro largo hasta la cintura. Olía a mar, a yodo y a esa libertad salvaje que solo la costa mexicana regala. Su vestido ligero de algodón blanco se pegaba a sus curvas generosas, marcando el swell de sus senos y el arco de sus caderas. Tomó un trago de su chela fría, la botella sudando como su propia piel bajo el calor residual del día.

¿Por qué carajos me pongo así con la luna? Es como si me llamara, me hiciera mojar sin tocarme.
Pensó, sintiendo un pulso traicionero entre sus muslos.

De pronto, una sombra se movió en la orilla. Un wey alto, bronceado, con el torso desnudo brillando bajo los últimos rayos. Javier, lo reconoció de inmediato. Lo había visto esa mañana surfeando olas como un dios pagano, su tabla cortando el agua con gracia felina. Él se acercó, con una sonrisa pícara que le iluminó los ojos cafés profundos. Llevaba unos shorts de surf gastados que colgaban bajos en sus caderas, revelando el V tentador de sus abdominales.

—Órale, Sofía, ¿qué haces aquí solita? La luna ya está saliendo, y tú pareces lista para una fiesta privada —dijo con esa voz ronca, cargada de acento nayarita que la hacía derretirse.

Ella rio, un sonido gutural y juguetón. —Pues esperando mi pasion por la luna, carnal. Tú qué, ¿vienes a invadir mi territorio?

Javier se sentó a su lado, tan cerca que sintió el calor de su piel contra la suya. Olía a sal, a coco de su crema solar y a hombre puro. Le ofreció una chela de su six pack improvisado. Chocaron botellas, el vidrio frío contrastando con el fuego que ya ardía en sus miradas.

Hablaron de todo y nada: de olas perfectas, de tacos al pastor en el pueblo, de cómo la luna llena volvía locos a los locales. Javier confesó que él también sentía algo por ella, que surfeaba de noche solo para verla reflejada en el agua. La tensión crecía como la marea, lenta pero inexorable. Sus rodillas se rozaban, enviando chispas eléctricas por la piel de Sofía.

Este pendejo me va a volver loca. Quiero lamerle el sudor del cuello, sentir sus manos en mis chichis.

La luna emergió por fin, un disco perfecto y plateado que inundó la playa en luz argéntica. Todo brillaba: las olas rompiendo con un rugido suave, las conchas esparcidas como joyas, la piel de Javier tornándose etérea. Sofía sintió el tirón, esa pasion por la luna que le erizaba los vellos, endurecía sus pezones contra la tela fina del vestido.

—Ven, baila conmigo — murmuró Javier, poniéndose de pie y extendiendo la mano.

Ella la tomó, y él la jaló contra su pecho. No había música, solo el ritmo de las olas y sus corazones latiendo al unísono. Sus cuerpos se mecían, caderas contra caderas, el bulto creciente en los shorts de él presionando su vientre. Sofía alzó la vista, sus labios entreabiertos, y Javier no esperó más. La besó con hambre, lengua invadiendo su boca como una ola posesiva. Sabía a chela, a sal y a deseo puro. Sus manos grandes bajaron por su espalda, amasando sus nalgas con firmeza juguetona.

—Chula, estás ardiendo —gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.

Sofía jadeó, arqueándose. —Es la luna, wey. Me prende como la verga.

La tensión escaló mientras rodaban por la arena tibia, aún caliente del sol. Javier le quitó el vestido con reverencia, exponiendo sus senos plenos a la luz lunar. Los lamió, succionando un pezón rosado mientras su mano se colaba entre sus piernas. Estaba empapada, su coño palpitando bajo los dedos expertos.

Sí, así, cabrón. Tócame como si fuera tuya.
El olor a sexo se mezclaba con el mar, almizclado y embriagador. Ella le bajó los shorts, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La acarició, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada.

Se besaron con furia, rodando hasta que Javier quedó encima, sus músculos tensos brillando de sudor. Entró en ella despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Sofía gritó de placer, uñas clavándose en su espalda. —¡Más profundo, pendejo! ¡Dame todo!

Él obedeció, embistiéndola con ritmo creciente, la arena crujiendo bajo ellos. Las olas lamían sus pies, frías contra el calor de sus cuerpos unidos. Cada thrust era un estallido sensorial: el slap de piel contra piel, el gemido ronco de Javier, el sabor salado de su sudor en los labios de ella. La luna los observaba, testigo impasible de su frenesí. Sofía sentía la presión building, un nudo apretándose en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él.

—Me vengo, chulo... ¡ahí viene! —chilló, explotando en oleadas de éxtasis. Su coño se apretó como un puño, ordeñándolo.

Javier rugió, hundiéndose una última vez, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y arena. La luna seguía alta, bañándolos en su glow plateado.

Después, yacieron enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra sus senos. Javier le acariciaba el cabello, besos suaves en la sien. —Neta, Sofía, esto fue chingón. Tu pasion por la luna me contagió.

Ella sonrió, satisfecha, el afterglow envolviéndola como una manta tibia.

Esto es lo que necesitaba. No solo sexo, sino conexión bajo mi luna. Quizás no sea la última vez.
El mar susurraba promesas, y por primera vez, su pasión no se sentía solitaria. Era compartida, real, eterna como la luna misma.

Se levantaron despacio, sacudiéndose la arena, riendo como chavos. Caminaron de la mano por la playa, la noche mexicana envolviéndolos en su magia. Sofía miró al cielo una vez más, agradecida. La luna guiñaba, cómplice de su placer.

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