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Pasion Imposible 2001

6989 palabras

Pasion Imposible 2001

Era el verano del 2001 en el corazón de la Ciudad de México, cuando el calor no solo abrasaba las calles de Polanco sino que también encendía algo salvaje dentro de mí. Me llamaba Ximena, tenía veintiocho años, un trabajo chido en una agencia de publicidad y un novio que ya me tenía harta con sus cenas frías y sus promesas vacías. Esa noche, en el antro La Noche Ardiente, busqué un escape. La música salsa retumbaba como un latido furioso, el aire cargado de sudor, perfume caro y ese olor dulzón a tequila reposado que me hacía cosquillas en la nariz.

Lo vi de inmediato. Javier, con su camisa blanca pegada al pecho por el bochorno, bailando como si el mundo se acabara esa misma pista. Sus ojos negros me atraparon desde el otro lado de la barra, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente aún negaba. "Órale, Ximena, no seas pendeja", me dije, pero mis caderas ya se movían solas hacia él. Nuestras miradas chocaron, y sonrió con esa dentadura perfecta, blanca como el tequila que acababa de pedir.

—¿Bailas o nomás miras, ricura? —me dijo al oído, su aliento caliente rozándome la oreja, oliendo a menta y algo más, algo masculino que me erizó la piel.

Le seguí el juego. —Si me convences, wey.

Acto uno: la chispa. Bailamos pegados, sus manos firmes en mi cintura, guiándome con una maestría que me hacía sentir líquido fuego. Cada roce de su piel contra la mía era eléctrico, el sudor nos unía como si fuéramos uno solo. Olía a colonia fresca mezclada con el salado de su esfuerzo, y yo no podía dejar de imaginar cómo sabría su cuello. Pero en mi cabeza, la voz de la razón gritaba:

Esto es imposible, Xime. Tienes a Marco esperándote en casa, y este cuate parece de otro mundo. Pasion imposible, neta.
Era 2001, el año en que todo parecía posible en la tele, pero para mí, esa atracción era un tabú ardiente.

La noche avanzó con shots de tequila que quemaban la garganta y avivaban el fuego bajo mi falda. Hablamos entre canciones, sus palabras como caricias. Era fotógrafo freelance, viajaba por la república capturando atardeceres en la playa de Puerto Vallarta y calles vivas en Guadalajara. Yo le conté de mis días estresantes, de cómo soñaba con romper con todo. Sus risas profundas vibraban en mi pecho, y cada vez que su mano rozaba mi muslo "accidentalmente", mi pulso se aceleraba. El deseo crecía como una ola, lento pero imparable.

Acto dos: la escalada. Salimos del antro al amanecer, el cielo rosado sobre Reforma, el tráfico madrugador zumbando a lo lejos. —Ven a mi depa, nomás un café —me propuso, y yo, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano, asentí. Su departamento en la Condesa era un nido bohemio: paredes con fotos en blanco y negro, velas aromáticas a vainilla que perfumaban el aire, y una cama king size que gritaba promesas.

El café se enfrió olvidado. Nos sentamos en el sofá, nuestras rodillas tocándose. Siento su calor subiendo por mis piernas, pensé, mientras sus dedos trazaban patrones invisibles en mi brazo. —Desde que te vi, no puedo dejar de pensar en cómo serías sin esa blusa —confesó, su voz ronca, ojos devorándome.

—Muéstrame —le reté, y todo explotó. Sus labios capturaron los míos, urgentes, saboreando a tequila y deseo puro. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello negro, oliendo a champú de hierbas. Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama. La habitación giraba con luz suave filtrada por cortinas sheer, el sonido de nuestra respiración agitada rompiendo el silencio.

Acto dos intensificándose: nos desnudamos con prisa, pero saboreando cada centímetro revelado. Su piel morena brillaba bajo la luz, músculos definidos por horas en la playa, un tatuaje de un águila en el pecho que lamí con deleite, saboreando sal y hombre. —Qué chingón estás —murmuré, y él rio bajito.

—Tú eres la diosa, Xime. Mira cómo me pones —dijo, guiando mi mano a su erección dura como piedra, palpitante bajo mis dedos. El tacto me volvió loca, suave piel sobre acero. Me recostó, besando mi cuello, bajando por mis senos. Sus labios chuparon mis pezones, enviando descargas directas a mi centro, donde ya estaba empapada, oliendo mi propia excitación almizclada mezclada con su aroma.

Internal struggle:

Esto es mi pasion imposible de 2001, pero qué rico se siente. No pares, Javier, hazme tuya.
Sus dedos exploraron mi intimidad, resbaladizos, círculos lentos en mi clítoris que me arquearon la espalda. Jadeé, mordiendo su hombro, el sabor metálico de su sudor en mi lengua. —Más —supliqué, y él obedeció, introduciendo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Mis caderas se movían solas, persiguiendo el placer, sonidos húmedos llenando la habitación junto a mis gemidos ahogados.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Tomé su miembro en mi boca, saboreando la gota salada en la punta, lamiendo venas prominentes mientras él gruñía, manos en mi cabello. —Carajo, Xime, me vas a matar —gimió, su voz quebrada. El poder de tenerlo así, temblando por mí, me empoderaba. Era mutuo, puro fuego consensual.

Acto tres: la liberación. No aguantamos más. Me puso encima, guiándome sobre él. Sentí su grosor estirándome, llenándome por completo, un estirón delicioso que me arrancó un grito. Cabalgamos juntos, piel contra piel chapoteando sudor, sus manos amasando mis nalgas, azotes juguetones que ardían placenteros. Olía a sexo crudo, a vainilla quemada de las velas, escuchaba su corazón tronando contra mi pecho.

—Te sientes como el paraíso —jadeó, embistiéndome desde abajo, profundo, golpeando ese spot que me deshacía. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas, el roce de vello púbico contra mi clítoris acelerando todo. La tensión creció, espiral ascendente, hasta que exploté. El orgasmo me sacudió como terremoto, visión borrosa, músculos contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre mientras olas de placer me ahogaban.

Él se unió segundos después, gruñendo ronco, llenándome con calor pulsante, su cuerpo tenso liberándose en espasmos. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose juntas. Su piel pegajosa contra la mía, besos suaves en mi frente, olor a nosotros impregnando las sábanas.

En el afterglow, recostados mirando el techo, fumando un cigarro compartido —el humo danzando perezoso—, reflexioné. Esta pasion imposible de 2001 cambió todo. Marco era historia; Javier, mi futuro incierto pero ardiente. —Quédate —me pidió, y sonreí.

—No me voy a ningún lado, chulo. Esto apenas empieza.

El sol entraba pleno, prometiendo más noches como esa. En 2001, encontré mi pasión, imposible solo en nombre.

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