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El Actor del Diario de una Pasión (1)

6394 palabras

El Actor del Diario de una Pasión

La noche en Polanco bullía con luces neón y risas coquetas, el aire cargado de perfume caro y humo de cigarros electrónicos. Yo, Valeria, acababa de salir de una premier chida en el cine, todavía con el cosquilleo de la película en la piel. Diario de una pasión, esa historia que te deja el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Y ahí estaba él, el protagonista, platicando con unos güeyes en la barra del Nobu. Alto, con esa mandíbula marcada que te hace mojar las bragas de solo mirarla, ojos cafés profundos como pozole en olla de barro. El actor de un diario de una pasión, neta, parecía sacado directo de mis sueños húmedos.

Me acerqué con el pulso acelerado, fingiendo casualidad. Pedí un tequila reposado, y cuando volteó, su sonrisa me derritió los huesos. ¿Qué pedo, reina? ¿Vienes de la premier? Su voz era ronca, como gravel mezclado con miel de maguey. Hablamos de la peli, de cómo su personaje me había hecho suspirar en la butaca oscura, imaginando sus manos fuertes recorriéndome. Él se reía, juguetón, llamándome mamacita con ese acento chilango que eriza la piel. La tensión crecía con cada trago, sus rodillas rozando las mías bajo la barra de caoba pulida. Olía a colonia cara, Creed Aventus, con un fondo salado de sudor fresco que me hacía apretar los muslos.

Salimos a la terraza, el viento fresco de la noche mexicana trayendo ecos de mariachis lejanos desde Reforma. Nos sentamos en una banca de hierro forjado, y él sacó un cigarro electrónico, exhalando vapor con sabor a vainilla que se enredaba en mi cabello negro largo.

Valeria, desde que te vi entrar, supe que eras la pasión que andaba buscando
, murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja. Mi corazón tronaba como cohete en feria. Le conté de mi trabajo en una revista de espectáculos, cómo había escrito reseñas de sus filmes, fantaseando en secreto con ser la musa de su próximo guion. Sus dedos trazaron mi brazo desnudo, enviando chispas eléctricas hasta mi centro, donde ya sentía la humedad traicionera empapando mi tanga de encaje.

La química era cabrona, imparable. Bajamos al valet, y en su Jeep negro mate, rumbo a su penthouse en Lomas, la mano de él subió por mi muslo, bajo la falda plisada. ¿Quieres que pare, mi reina? preguntó, voz grave, ojos fijos en los míos pidiendo permiso. Ni madres, sigue, cabrón, respondí, riendo nerviosa, guiando su palma hacia mi calor. El roce era fuego puro: piel contra piel, uñas raspando suave mi carne suave, el sonido de mi respiración jadeante mezclándose con el ronroneo del motor. Llegamos al edificio, elevador privado subiendo veloz, sus labios devorando los míos por primera vez. Sabían a tequila y deseo crudo, lenguas enredándose como serpientes en Tenochtitlán.

En su depa, minimalista con vistas al skyline de la CDMX brillando como diamantes, me quitó el vestido con urgencia reverente. Quedé en bra y tanga roja, tetas firmes temblando al aire acondicionado. Él se desabrochó la camisa, revelando pecho velludo, abdomen marcado por horas en el gym. Eres una chingona, Valeria, neta, gruñó, arrodillándose para besar mi ombligo, lengua trazando círculos que me arquearon la espalda. Olía a su excitación, almizcle masculino pesado, mezclado con mi aroma dulce de mujer lista. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando carne suave, mientras chupaba mis pezones duros como piedras de obsidiana. Gemí alto, ¡ay, wey, qué rico!, piernas temblando, jugos resbalando por mis muslos internos.

La escalada fue lenta, deliciosa tortura. Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. Se desvistió completo, su verga saltando libre, gruesa y venosa, cabeza brillante de precum. Chúpamela, mi amor, pidió, y yo obedecí gustosa, rodillas hincadas en la alfombra persa. La tomé en boca, salada y caliente, lengua lamiendo el tronco como paleta de cajeta. Él jadeaba, manos en mi pelo, ¡órale, qué mamada tan chingona! Empujaba suave, yo controlando el ritmo, saliva chorreando, garganta relajada tragándolo profundo. El sonido era obsceno: slurps húmedos, sus gemidos roncos rebotando en las paredes de vidrio.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. Lo empujé a la cama, montándolo a la inversa, guiando su pija a mi panocha empapada. Entró de un jalón, estirándome delicioso, paredes internas apretándolo como guante. ¡Sí, cabrón, así! grité, cabalgando furiosa, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas rítmicas. Sudor nos cubría, brillando bajo luces tenues, olor a sexo puro invadiendo el cuarto: salado, dulce, animal. Él se incorporó, manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones, yo girando caderas en círculos que nos volvían locos. Sentía cada vena pulsando dentro, mi clítoris frotándose en su pubis peludo, placer acumulándose como tormenta en el Pacífico.

Cambiamos posiciones, él encima, misionero intenso. Piernas en sus hombros, penetrando profundo, golpeando ese punto que me hace ver estrellas.

Te amo en este momento, Valeria, eres mi pasión viva
, susurró, besos en cuello mordisqueando suave. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas, ¡chíngame más duro, amor, no pares! El ritmo aceleró, camas chirriando, cuerpos slap-slap, respiraciones sincronizadas en crescendo. Mi orgasmo llegó primero, explosivo: panocha contrayéndose, chorros calientes mojando sábanas, grito ahogado en su boca. Él siguió, gruñendo como león, ¡me vengo, reina!, llenándome con chorros espesos, calientes, mezclándose con mis jugos.

Colapsamos, enredados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El afterglow era perfecto: su cabeza en mis tetas, dedos trazando lazy circles en mi vientre. Afuera, la ciudad dormía bajo luna llena, sirenas lejanas como banda en kermés. Esto fue como mi diario de una pasión hecho realidad, murmuró él, riendo bajito. Yo sonreí, pensando en cómo escribiría esto en mi libreta secreta, cada detalle sensorial grabado en mi alma. No era solo un polvo chido; era conexión, empoderamiento mutuo, dos adultos viviendo el fuego sin cadenas. Mañana quién sabe, pero esa noche, en sus brazos, me sentí reina del mundo, lista para más pasiones si el destino lo pintaba de rojo.

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