Abismo de Pasion Capitulo 3 Parte 1
La noche en la Ciudad de México se sentía como un velo de terciopelo negro, con las luces de Reforma parpadeando como estrellas caídas. Ana bajó del Uber con el corazón latiéndole a mil, el aire fresco rozando su piel morena expuesta por ese vestido rojo ceñido que Marco le había pedido que usara. Abismo de Pasion Capitulo 3 Parte 1, pensó, recordando el título que le había mandado por WhatsApp, como si fuera el comienzo de una novela que solo ellos dos escribían. Sus tacones chiquiteaban contra la banqueta, y el olor a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo lejano de los taquitos callejeros.
Subió al elevador del edificio de departamentos en Polanco, ese lugar chido donde Marco tenía su nido de soltero. Las puertas se cerraron con un zumbido suave, y ella se miró en el espejo: labios pintados de rojo sangre, ojos ahumados que gritaban deseo.
¿Qué carajos me pasa con este wey? Cada vez que lo veo, siento que me hundo en un abismo, pero qué chingón abismo.El ding del elevador la sacó de sus pensamientos, y ahí estaba él, recargado en el marco de la puerta, con una camisa blanca desabotonada hasta la mitad, dejando ver ese pecho tatuado con un águila mexicana que le volvía loca.
—Ven pa'cá, mamacita —dijo Marco con esa voz ronca que parecía miel quemada, extendiendo la mano.
Ana se acercó, sintiendo ya el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Él la jaló adentro, cerrando la puerta con un pie mientras sus labios se estrellaban contra los de ella. El beso fue hambre pura: lenguas enredándose, el sabor salado de su sudor mezclado con el tequila que él había estado tomando. Sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando su culo con fuerza juguetona.
—Te extrañé, pendejo —murmuró ella contra su boca, mordiéndole el labio inferior.
—Yo más, reina. Mira nomás cómo traes ese vestido... puro fuego.
La sala estaba iluminada por velas aromáticas, olor a vainilla y canela flotando en el aire. Música de fondo, un corrido tumbado de Natanael Cano que ponía el mood perfecto, bajo y sensual. Marco la llevó al sofá de piel suave, donde se sentaron pegaditos, sus muslos rozándose. Él le sirvió un caballito de tequila reposado, el cristal frío contra sus dedos calientes.
—Por nosotros —brindaron, y el licor bajó ardiente por su garganta, despertando cada nervio.
Acto uno: la tensión inicial. Ana sentía el pulso en su clítoris latiendo como tambor, pero no quería apresurarse. Hablaron de la semana, de lo estresante que era su jale en la agencia de publicidad, de cómo él había closed un negocio gordo en la bolsa. Pero sus ojos se comían, las manos jugueteaban: él trazando círculos en su rodilla, ella pasando las uñas por su antebrazo velludo.
—Neta, desde el capítulo anterior no dejo de pensar en ti —confesó Marco, su aliento caliente en su oreja—. En cómo te gemías cuando te comí viva.
Ana se sonrojó, pero el calor entre sus piernas creció.
Este carnal sabe cómo hacerme mojar con puras palabras.Se inclinó, besando su cuello, inhalando su colonia masculina, ese olor a madera y cítricos que la enloquecía.
El medio acto empezó a escalar cuando Marco la recargó en el sofá, su cuerpo pesado pero delicioso encima del suyo. El vestido se subió, revelando sus tangas de encaje negro. Él besó su clavícula, bajando lento por el escote, lamiendo la sal de su piel sudorosa. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por la música.
—Quítamelo todo, mi rey —susurró ella, tirando de su camisa.
Las prendas volaron: su vestido cayó al piso con un susurro sedoso, quedando en bra y tanga. Él se quitó la camisa, pantalón, boxer, quedando en toda su gloria. Su verga dura, gruesa, venosa, apuntando a ella como arma lista. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía.
—Qué rica la traes, Ana. Mira cómo me tienes.
Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, el roce de su barba raspando delicioso. El olor a su excitación llenaba el aire, almizcle dulce y salado. Marco apartó la tanga con los dientes, exponiendo su coño depilado, hinchado y mojado. Su lengua tocó primero el clítoris, un lametón plano que la hizo jadear.
—¡Ay, cabrón! —gritó ella, agarrando su cabello negro revuelto.
Él chupó, succionó, metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos contra su punto G. Ana se retorcía, el sofá crujiendo bajo ellos, sus jugos chorreando por su mano. El placer subía en olas, tensión en el vientre, pezones duros rozando el aire.
Me va a matar este wey, pero qué manera de morir.
Marco levantó la vista, ojos oscuros brillando. —Ven, córrete pa' mí.
El orgasmo la golpeó como rayo: piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de sus dedos, un grito largo y gutural que rebotó en las paredes. Él lamió todo, bebiendo su esencia, hasta que ella lo jaló arriba, besándolo con sabor a ella misma en su boca.
Ahora el clímax del medio: ella lo empujó al piso, montándolo a horcajadas. Su verga rozó su entrada húmeda, y descendió lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola al límite. —¡Qué chingona te sientes! —gimió Marco, manos en sus caderas redondas.
Ana cabalgó, subiendo y bajando, tetas rebotando, sudor perlando su piel. El slap slap de carne contra carne, sus gemidos mezclándose con la música. Él pellizcaba sus pezones cafés, chupándolos hasta dejarlos rojos e hinchados. Ella aceleró, rotando las caderas, su clítoris frotando contra su pubis peludo.
—Más duro, pendejito —lo retó ella, clavándole las uñas en el pecho.
Marco la volteó, poniéndola en cuatro, el piso alfombrado suave bajo sus rodillas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su culo con cada embestida. El ritmo era feroz, animal: él jalándole el pelo suave, ella empujando hacia atrás. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda mexicana.
—Te voy a llenar, nena —gruñó él, acelerando.
—Sí, dame todo, mi amor.
El final explotó: Ana se corrió primero, visión borrosa, cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo de ella. Marco la siguió segundos después, eyaculando adentro con un rugido, caliente y espeso, llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, respiraciones jadeantes, pieles pegajosas.
En el afterglow, se acurrucaron en la alfombra, él acariciando su cabello largo. El tequila olvidado, las velas parpadeando bajas. Ana sentía su semen goteando entre sus piernas, una marca íntima.
—Esto es nuestro abismo —murmuró ella, besando su hombro—. Y no quiero salir.
Marco sonrió, abrazándola fuerte. —Capítulo 3 apenas empieza, reina. Hay más pasión por venir.
La noche los envolvió, promesa de más hundimientos deliciosos en ese abismo compartido.