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Chevrolet Pasión

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Chevrolet Pasión

El sol del mediodía caía a plomo sobre la carretera federal que serpenteaba entre las colinas de Morelos. Yo manejaba mi viejo Chevrolet Pasión, ese sedán del 68 que había rescatado de un lote olvidado y restaurado con mis propias manos. La pintura roja brillaba como sangre fresca bajo la luz, y el motor ronroneaba con un rugido grave que vibraba en mis huesos. Olía a gasolina quemada y cuero viejo, mezclado con el aroma terroso de la tierra seca que se colaba por las ventanillas entreabiertas. Ana iba en el asiento del copiloto, con su falda ligera ondeando al viento, las piernas morenas cruzadas de forma provocadora. La había recogido esa mañana en Cuernavaca, después de semanas sin vernos. Sus ojos negros me devoraban cada vez que giraba a verla.

Pinche mujer, siempre sabe cómo encender el fuego, pensé mientras apretaba el volante, sintiendo el calor subir por mi pecho. Ella sonrió, juguetona, y extendió la mano para acariciar mi muslo por encima del jean. El roce fue eléctrico, como una chispa en la gasolina de mi Chevrolet Pasión.

—Órale, carnal, ¿vas a manejar toda la tarde o me vas a dar lo que traes guardado? —dijo con esa voz ronca, llena de acento mexiquense que me ponía la piel chinita.

Reí bajito, acelerando un poco para que el viento azotara más fuerte. La tensión ya estaba ahí, latiendo como el pistón bajo el capó. Habíamos planeado un fin de semana en una cabaña junto al río, pero el camino se sentía eterno, cargado de promesas. Sus dedos subieron más, rozando la cremallera de mi pantalón, y yo solté un gemido ahogado. El sudor perlaba mi frente, no solo por el calor.

Paramos en un mirador improvisado, donde la carretera se abría a un valle verde salpicado de magueyes. Apagué el motor, y el silencio repentino fue roto solo por el zumbido de las chicharras y nuestras respiraciones agitadas. Ana se inclinó hacia mí, su perfume de jazmín y piel caliente invadiendo el espacio confinado del auto. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a chicle de tamarindo y deseo puro.

Acto primero: la chispa. Sus manos expertas desabrocharon mi camisa, clavando las uñas en mi pecho mientras yo exploraba la curva de su cintura, subiendo hasta los senos firmes bajo la blusa. El cuero de los asientos crujió cuando la jalé hacia mí, su falda arremangándose hasta revelar las bragas de encaje rojo. Qué chingonería de mujer, me dije, el corazón retumbando como el escape de mi fierro.

La puse a horcajadas sobre mis piernas, el espacio angosto del Chevrolet Pasión volviéndose nuestro mundo privado. Ella se frotaba contra mí, gimiendo bajito, el calor de su sexo filtrándose a través de la tela. Yo lamí su cuello, saboreando la sal de su sudor, mientras mis manos amasaban sus nalgas redondas. —Te deseo tanto, wey —susurró, mordiendo mi oreja—. Hazme tuya aquí mismo.

El sol se filtraba por el parabrisas, tiñendo su piel de dorado, y el olor a excitación empezó a impregnar el aire: almizcle dulce, humedad íntima mezclada con el cuero recalentado. Le quité la blusa de un tirón, exponiendo sus pezones oscuros y erectos. Los chupé con avidez, oyendo sus jadeos que resonaban en el habitáculo como música prohibida. Ella arqueó la espalda, empujando más fuerte contra mi verga dura como fierro.

Pero no queríamos apresurarnos. Bajamos del auto, el suelo polvoriento crujiendo bajo nuestros pies descalzos. Caminamos unos metros hasta un claro sombreado por encinos, donde extendimos una cobija que traíamos en la cajuela. Ahí, en la hierba fresca, la desnudé por completo. Su cuerpo era un templo: curvas generosas, caderas anchas listas para el vaivén. Yo me quité la ropa, sintiendo el viento acariciar mi piel desnuda, mi miembro palpitante apuntando al cielo.

Nos besamos de pie, cuerpos pegados, piel contra piel resbaladiza de sudor. Sus manos bajaron, envolviendo mi verga con firmeza, masturbándome lento mientras yo metía dedos en su panocha húmeda y caliente. —Estás chorreando, nena —le dije, oliendo su aroma embriagador.

Esto apenas empieza, pensé, mientras la tensión crecía como una tormenta en el horizonte.

En el medio acto, la intensidad escaló. Regresamos al auto porque el calor del día nos reclamaba. Abrí la puerta trasera del Chevrolet Pasión, y ella se recostó en el asiento ancho, piernas abiertas invitándome. Me arrodillé entre ellas, el tapete rugoso contra mis rodillas, y hundí la cara en su entrepierna. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo dulce y salado, mientras ella gemía alto, agarrando mi cabello. —¡Ay, cabrón, no pares! —gritaba, sus caderas buckeando contra mi boca.

El sonido de sus fluidos chapoteando con mi lengua, mezclado con el eco de sus alaridos en el valle, me volvía loco. Introduje dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Su interior era un horno de terciopelo apretado, contrayéndose alrededor de mí. Quiere mi verga ya, supe por cómo me jalaba.

Me incorporé, posicionándome. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego mutuo. Empujé despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su coño envolviéndome, caliente y resbaloso. —¡Sí, métemela toda! —rogó, clavando uñas en mis hombros. Aceleré, el auto meciéndose con cada embestida, resortes chirriando como un coro obsceno.

El sudor nos unía, goteando entre pechos y abdomenes. Yo la besaba, tragando sus gemidos, mientras mis bolas chocaban contra su culo. Cambiamos: ella encima, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando hipnóticas. Agarré sus nalgas, guiándola, oliendo el sexo crudo que llenaba el Chevrolet Pasión. Esto es puro vicio, puro México cabrón, pensé en medio del éxtasis.

La volteé a cuatro patas en el asiento, penetrándola desde atrás. Su espalda arqueada, el cabello negro pegado por sudor, y yo embistiendo como animal. El slap-slap de carne contra carne, sus gritos —¡Más duro, pendejo!—, el calor sofocante... todo building up. Sentí su orgasmo venir primero: su coño apretándome como tenaza, temblores sacudiéndola. —¡Me vengo, me vengo! —chilló, y yo la seguí, explotando dentro de ella con un rugido gutural, semen caliente llenándola.

Colapsamos, jadeantes, enredados en el asiento trasero. El afterglow fue dulce: caricias perezosas, besos suaves, el sol poniente tiñendo el interior de naranja. Afuera, el valle susurraba paz, grillos iniciando su sinfonía nocturna.

—Tu Chevrolet Pasión es testigo de lo nuestro —dijo ella, riendo bajito, trazando círculos en mi pecho.

Yo la abracé fuerte, oliendo nuestra mezcla en el aire. Esto no termina aquí, supe. El motor aún caliente, la noche cayendo, y nosotros listos para más. La carretera nos esperaba, pero ahora con el alma satisfecha, el cuerpo marcado por el placer compartido. Encendí el fierro de nuevo, y partimos, con el eco de nuestros gemidos vibrando en cada kilómetro.

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