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Abismo de Pasión Capítulo 21 La Rendición en Llamas

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Abismo de Pasión Capítulo 21 La Rendición en Llamas

Ana sentía el calor del atardecer colándose por las cortinas de encaje de su departamento en Polanco, ese aroma a jazmín del jardín abajo mezclándose con el perfume de su piel recién salida de la regadera. Llevaba puesto solo un babydoll negro de seda que rozaba sus muslos como una caricia prohibida, y el corazón le latía con fuerza pensando en él. Javier, su carnal, el wey que la volvía loca desde el primer beso en esa fiesta en la Condesa. Habían pasado semanas de abismo de pasión capítulo 21 en su mente, como si su vida fuera una novela de esas que veían juntos en la tele, llena de dramas y deseo reprimido. Pero hoy, todo iba a cambiar.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le arrugaba los ojos. Traía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia fresca y a la brisa de la ciudad. "¿Qué onda, mi reina? Te extrañé tantito", dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en las sienes, el roce de sus pezones contra la tela fina.

¡Neta, este pendejo me tiene en las nubes! ¿Cómo resisto cuando me mira así, como si yo fuera el único chiste en su mundo?

Él la tomó de la cintura, sus manos grandes y cálidas deslizándose por su espalda, atrayéndola contra su pecho firme. El olor de su piel, a jabón y hombre, la invadió, y ella inhaló profundo, saboreando el momento. Sus labios se rozaron primero, un beso ligero como pluma, pero pronto se volvió hambriento. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de su labial de cereza. Ana gimió bajito, un sonido que vibró en su garganta, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de él, tirando suave para profundizar el beso.

La tensión de las últimas semanas se deshacía como miel caliente. Habían discutido por celos tontos, por una salida con amigos donde él coqueteó sin querer, pero ahora, en este abismo de pasión capítulo 21, solo existían ellos. Javier la levantó en brazos, sus músculos tensándose bajo la camisa, y la llevó al sofá de terciopelo rojo. La sentó con cuidado, arrodillándose frente a ella, besando su cuello, lamiendo la curva de su clavícula. "Eres tan rica, Ana, tan mamacita", murmuró contra su piel, y ella sintió el calor bajando directo a su entrepierna, un pulso húmedo y ansioso.

Acto primero: el reencuentro. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranjas y rosas, mientras sus manos exploraban. Ana desabotonó la camisa de él, revelando el pecho velludo y definido, pasando las uñas por sus pezones duros. Él jadeó, un sonido gutural que la hizo sonreír. "¿Te gusta, wey? ¿Quieres más?" Javier asintió, los ojos oscuros brillando de deseo, y bajó la tira del babydoll, exponiendo un seno. Su boca lo capturó, chupando suave al principio, luego con más fuerza, la lengua girando alrededor del pezón rosado. Ana arqueó la espalda, el placer como electricidad recorriéndole la espina, oliendo su propio aroma de excitación mezclándose con el de él.

Pero no era solo físico. En su mente, Ana revivía los recuerdos: las noches en la playa de Cancún, el sudor de sus cuerpos bajo las estrellas, las promesas susurradas. Este es nuestro capítulo 21, el de la rendición total, pensó, mientras él bajaba más, besando su vientre plano, lamiendo el ombligo. Sus manos separaron sus muslos, el roce áspero de sus callos contra la seda interior haciéndola temblar. El aire se llenó de sus respiraciones agitadas, el sonido de la tela rasgándose cuando él la quitó de un tirón juguetón.

Ahora el medio acto, la escalada. Javier se hundió entre sus piernas, inhalando su esencia femenina, ese olor almizclado que lo volvía loco. "Qué chingón hueles, mi amor", gruñó, y su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo lento, saboreando cada gota de su humedad. Ana gritó suave, las manos aferradas a sus hombros, sintiendo las venas palpitantes bajo sus dedos. El placer subía en olas, su cuerpo retorciéndose, los muslos apretando su cabeza. Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto sensible adentro, mientras su boca succionaba con maestría.

¡Ay, Diosito! Esto es el paraíso, neta. No pares, Javier, no pares nunca.

Ella lo jaló hacia arriba, necesitando sentirlo entero. Se quitaron la ropa restante con urgencia, piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. Javier era grande, duro como piedra, la punta de su verga rozando su entrada húmeda. Ana lo miró a los ojos, esos pozos negros de lujuria. "Métemela ya, carnal, hazme tuya". Él empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento delicioso la hizo gemir alto, el sonido rebotando en las paredes. Se movieron en ritmo, primero lento, saboreando cada embestida, el slap-slap de carne contra carne, el sudor perlando sus frentes.

La intensidad creció. Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas en el sofá, sus nalgas redondas expuestas. Golpeó suave, juguetón, "Qué rico culito tienes", y entró de nuevo, profundo, sus bolas chocando contra ella. Ana empujaba hacia atrás, cabalgando su polla, el placer acumulándose como tormenta. Sentía cada vena, cada pulso dentro de ella, el olor a sexo impregnando el aire, el sabor salado de su sudor cuando lamió su brazo. Él la rodeó con una mano, frotando su clítoris en círculos rápidos, mientras la otra apretaba su cadera.

Internamente, Ana luchaba con el éxtasis inminente. No quiero que acabe, pero ¡qué ganas de explotar! Javier aceleró, gruñendo como animal, "Me vengo, mi reina, junto contigo". El clímax la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, gritando su nombre, las paredes internas apretándolo como vicio. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándola, su cuerpo temblando sobre el de ella.

El final, el afterglow. Cayeron exhaustos, enredados en el sofá, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Javier la besó la frente, suave, protector. "Te amo, Ana. Esto es nuestro abismo, pero uno de puro amor". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña, sintiendo el semen goteando entre sus muslos, cálido y pegajoso. El sol ya se había ido, la habitación iluminada por la luna filtrándose, el aroma a jazmín ahora mezclado con el de su unión.

Capítulo 21 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 22? Solo el tiempo y nuestro fuego lo dirán.

Se levantaron lento, riendo bajito por las piernas flojas. En la ducha, bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo, se enjabonaron mutuamente, besos perezosos y caricias tiernas. Ana apoyó la cabeza en su hombro, oliendo su piel limpia, sabiendo que este era su hogar, su pasión eterna. Fuera, la ciudad bullía, pero adentro, en su mundo privado, reinaba la paz del deseo satisfecho.

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