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Grupo Pasion Kolombiana en Llamas

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Grupo Pasion Kolombiana en Llamas

Entré al antro de salsa en el corazón de la Condesa, con el calor de la noche pegándome en la cara como una cachetada húmeda. La música retumbaba, un tumbao colombiano que hacía vibrar el piso bajo mis tenis. Grupo Pasion Kolombiana estaba en el escenario principal, cuatro morenas despampanantes moviendo las caderas como si el ritmo les saliera de las entrañas. Sus cuerpos brillaban bajo las luces neón, sudados y relucientes, con vestidos ajustados que dejaban ver curvas que me pusieron la verga tiesa al instante. Yo, un pendejo de veintiocho años que andaba soltero y con ganas de joder, me pedí un ron con cola y me quedé clavado en la barra, oliendo a tabaco y perfume barato mezclado con el aroma dulce de sus pieles.

La líder, una tal Carla con ojos verdes que cortaban como machete, me miró directo mientras giraba, su culo redondo rebotando al compás. Órale, wey, esta noche va a ser la buena, pensé, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Las otras tres, Sofia, Luna y Mari, no se quedaban atrás: tetas firmes que saltaban libres bajo la tela fina, piernas largas que se enredaban en el aire. El público gritaba, pero yo solo oía sus risas guturales, ese acento paisa que me erizaba la piel. Terminaron su rutina con un beso colectivo al aire, y el antro explotó en aplausos. Me acerqué al escenario con una chela en la mano, fingiendo casualidad.

—¡Qué chingonería, mamacitas! —les grité, y Carla bajó de un salto, pegándose a mí con un roce que me dejó el brazo ardiendo.

—Gracias, guapo. ¿Bailas? —me dijo, su aliento a menta y ron rozándome el oído.

No lo pensé dos veces. La pista estaba hirviendo, cuerpos pegados sudando al ritmo de la salsa choke. Carla me tomó de la cintura, su mano bajando despacio hasta mi nalga, apretando con fuerza. Neta, esta tipa sabe lo que hace, me dije mientras mi verga se endurecía contra su muslo. Sofia se unió por detrás, sus tetas aplastándose en mi espalda, oliendo a coco y deseo. Luna y Mari nos rodearon, formando un círculo de carne caliente. Sus risas se mezclaban con la música, sus dedos trazando líneas de fuego en mi pecho.

El baile se volvió un enredo de lenguas y manos. Probé el sabor salado del cuello de Carla, mientras Luna me mordía el lóbulo de la oreja, susurrando "Ven con nosotras después, papi". El corazón me latía como tambor, el sudor nos unía como pegamento, y el olor a pussy mojada empezaba a filtrarse en el aire cargado.

La after en el depa de Carla fue el detonante. Nos subimos a un Uber, yo en medio de ellas, con manos metiéndose por todos lados. El depa en Polanco olía a incienso y vainilla, luces tenues que pintaban sus cuerpos de oro. Nos quitamos la ropa entre risas y besos, sin prisas. Carla me empujó al sofá, sus rodillas a los lados de mis caderas, mientras Sofia me chupaba los pezones, el calor de su boca enviando descargas a mi verga.

Esto no puede ser real, wey. Cuatro kolombianas del Grupo Pasion Kolombiana queriendo follarme. No mames.

—Relájate, mexicano —me dijo Mari, arrodillándose para lamerme la verga desde la base hasta la punta, su lengua experta saboreando el precum salado. Luna se sentó en mi cara, su coño depilado goteando jugos dulces en mi boca. Lamí con hambre, sintiendo sus muslos temblar, su clítoris hinchado pulsando contra mi lengua. El sabor era adictivo, mezcla de mar y miel, mientras oía gemidos en stereo: ahhh, sí, así, cabrón.

Carla montó mi verga despacio, su interior apretado y caliente envolviéndome centímetro a centímetro. Chingada madre, qué rico, gemí contra el coño de Luna, que se mecía frotándose con furia. Sofia y Mari se besaban entre ellas, dedos hundiéndose en coños húmedos, el slap slap de piel mojada llenando la habitación. El aire estaba espeso de feromonas, sudor resbalando por espaldas curvas, pechos rebotando al ritmo de embestidas.

Rotamos posiciones como en una coreografía del Grupo Pasion Kolombiana. Yo de rodillas, cogiendo a Sofia por detrás mientras ella lamía a Mari. Su culo se abría perfecto, tragándose mi verga hasta las bolas, contrayéndose en espasmos. Carla se unió, lamiendo mis huevos desde abajo, su lengua danzando con la de Sofia en mi eje. Luna me besaba, metiéndome la lengua profunda, saboreando sus propios jugos en mi boca. El tacto de sus pieles morenas, suaves como seda pero calientes como lava, me volvía loco. Oía sus jadeos roncos, "¡Más duro, papi! ¡Fóllanos!", y el olfato captaba ese musk inconfundible de sexo puro.

La tensión crecía como una tormenta. Mi verga palpitaba, al borde, pero ellas controlaban el ritmo, expertas en alargar el placer. No quiero acabar todavía, carajo, pensaba, mientras cambiábamos otra vez. Ahora en el piso, alfombra áspera contra mi espalda, Carla y Luna turnándose para cabalgarme, sus coños alternando apretados y jugosos. Sofia y Mari se frotaban contra mis manos, tetas en mi cara, pezones duros como piedras que chupaba con avidez. El sonido era una sinfonía: carne chocando, lenguas chasqueando, gemidos subiendo de tono.

Carla se corrió primero, su cuerpo convulsionando, uñas clavándose en mi pecho mientras gritaba "¡Ay, Dios, sí!", chorros calientes empapando mi pubis. Eso me prendió la mecha. Luna aceleró, su culo rebotando furioso, y exploté dentro de ella, chorros potentes llenándola mientras ella se deshacía en orgasmos múltiples. Sofia y Mari se vinieron mutuamente, dedos profundos y lenguas expertas, sus cuerpos temblando en cadena.

Caímos en un montón jadeante, pieles pegajosas unidas, el olor a semen y coños satisfechos impregnando todo. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Carla me susurró al oído:

—Vuelve cuando quieras, mi amor. El Grupo Pasion Kolombiana siempre tiene sitio para ti.

Neta, esta noche cambió todo. Su pasión kolombiana me marcó la piel, el alma. Volveré, aunque me deje seco.

Me vestí con piernas flojas, el sabor de ellas todavía en mis labios. Salí a la madrugada fresca de Polanco, el eco de sus gemidos retumbando en mi cabeza, prometiendo más fuegos por venir.

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