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Pasión y Poder Niña

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Pasión y Poder Niña

La luz dorada del atardecer se colaba por las ventanas altas del bar en Polanco, tiñendo de ámbar los vasos de mezcal reposado. Yo, Nina, me recargaba en la barra de madera pulida, con mi vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como una promesa. Tenía treinta años, pero todos me decían niña por esa frescura en la mirada, esa chispa que no se apaga con los tratos cerrados en la oficina. Era la jefa de marketing en una firma de lujo, y esa noche buscaba soltar la tensión de la semana.

Él apareció como un imán. Alto, moreno, con esa camisa blanca entreabierta que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Se llamaba Diego, un empresario de bienes raíces que olía a colonia cara y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el aire se cargara de electricidad.

Órale, niña, ¿qué hace una reina como tú sola aquí? —dijo con esa voz grave, ronca, mientras pedía un trago para mí sin preguntar.

Le sonreí, juguetona, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poco. —Buscando un poco de pasión y poder, wey. ¿Tú qué traes?

Su risa fue profunda, vibrando en mi piel. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de los antojitos en la Condesa, de cómo el poder en los negocios se siente como un fuego que quema si no lo controlas. Pero bajo las palabras, había un pulso, un deseo que crecía con cada sorbo. Su mano rozó la mía al pasar el vaso, y fue como una descarga: piel cálida, dedos firmes.

Salimos al balcón, el bullicio de la ciudad abajo como un río vivo. El viento traía olor a jacarandas y escape de autos. Me acerqué, mi pecho rozando su brazo. —Muéstrame tu poder, Diego —susurré, mi aliento caliente en su oreja.

Él me volteó, sus ojos oscuros devorándome. —Tú eres la que manda, niña. Pero esta noche, jugamos parejo.

El beso fue inevitable. Sus labios duros, con sabor a humo y mezcal, se apoderaron de los míos. Mi lengua bailó con la suya, explorando, probando esa hambre contenida. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi cintura, y gemí bajito contra su boca. El mundo se redujo a eso: el calor de su cuerpo, el latido acelerado de mi corazón, el roce de su barba incipiente en mi piel sensible.

¿Por qué me enciende tanto este pendejo? Es como si supiera exactamente dónde tocar para que mi cuerpo traicione mi mente.

Acto uno cerrado, subimos a su penthouse en Periférico. El elevador era un horno de anticipación; no nos aguantamos y nos besamos contra las paredes de espejo, mis uñas clavándose en su nuca, su rodilla abriéndose paso entre mis muslos. Olía a su sudor fresco, a mi perfume de vainilla mezclado con excitación.

Adentro, la suite era puro lujo: luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio, vista al skyline de la CDMX parpadeando como estrellas caídas. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de deseo, no de nervios. Quedé en lencería negra, tetas altas, culo redondo que él devoró con los ojos.

—Eres pasión y poder, niña —murmuró, mientras yo lo desabotonaba, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas marcadas, el pre-semen salado en la punta que lamí despacio.

Él gruñó, un sonido animal que me mojó más. Me cargó a la cama como si no pesara nada, su fuerza masculina despertando mi lado sumiso y dominante a la vez. Me besó el cuello, chupando, mordiendo suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Sus manos amasaron mis pechos, pulgares en los pezones duros como piedras, enviando chispas directo a mi clítoris hinchado.

Yo no me quedé atrás. Le arañé la espalda, bajando hasta su culo firme, apretándolo mientras lo montaba. —Chíngame, Diego. Muéstrame quién manda.

Pero era un baile de poder. Él me volteó boca abajo, lamiendo mi espalda, bajando hasta mi concha empapada. Su lengua era fuego: lamió mis labios mayores, succionó el clítoris, metió dos dedos gruesos que curvó justo en mi punto G. Grité, el placer como olas rompiendo, mi jugo chorreando en su boca. Olía a sexo puro, a mi esencia dulce y salada mezclada con su saliva.

¡Madre santa, este hombre sabe comer verga... digo, concha. Me va a hacer venir sin piedad.

El medio acto ardía. Me puso de rodillas, su verga en mi boca. La chupé con ganas, garganta profunda, babeando, mirándolo fijo para ver su cara de éxtasis. —Así, nena, trágatela toda —jadeó, cogiendo mi pelo sin jalar fuerte, puro control consensuado.

La tensión crecía, mis paredes internas palpitando, pidiendo más. Lo empujé a la cama y lo monté, empalándome despacio en su pija dura. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba como reina, caderas girando, tetas rebotando, sus manos en mi cintura guiándome pero dejándome el ritmo.

El sonido era sinfonía: piel chocando húmeda, plaf plaf, mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos. Sudor nos unía, resbaloso, salado en mi lengua cuando lo besé. Olía a nosotros, a macho y hembra en celo, a sábanas revueltas.

—Más fuerte, cabrón —exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con poder brutal pero tierno. Mi orgasmo se acercó como tormenta: vientre contrayéndose, piernas temblando, visión nublada. Exploté gritando su nombre, chorros de placer mojando su verga, mi concha apretándolo como vicio.

Él no paró, volteándome a cuatro patas, cogiéndome por atrás. Su mano en mi clítoris, frotando en círculos, mientras su pija me taladraba. Sentí sus bolas golpeando mi culo, el calor de su vientre contra mi espalda. —Te voy a llenar, niña de pasión y poder —dijo, voz quebrada.

El clímax nos alcanzó juntos. Su semen caliente brotó dentro, pulsos y pulsos, mientras yo volvía a correrme, cuerpo arqueado, uñas en las sábanas. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, yacíamos enredados, el aire acondicionado zumbando suave, ciudad ronroneando afuera. Me acarició el pelo, besó mi frente. —Eres increíble, Nina. Pasión y poder en una sola mujer.

Yo sonreí, satisfecha, empoderada. —Y tú no estás tan pendejo, wey. Esto podría repetirse.

En sus brazos, sentí no solo placer, sino fuerza. La niña que todos ven esconde un huracán, y él lo despertó sin romperme.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, promesas susurradas en la penumbra. México despertaba con su caos hermoso, pero en esa cama, solo existía nuestra conexión, cruda, real, eterna en su fugacidad.

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