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Prefiero Morir de Pasión que de Aburrimiento

6474 palabras

Prefiero Morir de Pasión que de Aburrimiento

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se escapaban de los bares. Yo, Ana, llevaba semanas ahogada en la rutina de la oficina, reportes interminables y un novio que ya ni me tocaba. Neta, pensaba, prefiero morir de pasión que de aburrimiento. Entré al bar con un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, el aire cargado de perfume caro y humo de cigarros electrónicos. Pedí un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, y ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luz ámbar.

Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y algo salvaje, como mar y arena. "Qué onda, güey, ¿vienes a conquistar o nomás a verte bonita?", dijo con voz grave, ese acento chilango que me erizaba la piel. Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "A conquistar, pendejo, ¿y tú qué traes?". Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de tacos al pastor que extrañaba en sus viajes, de cómo la vida se ponía chafa si no le metías chispa. Su nombre era Marco, un diseñador gráfico que andaba de fiesta por la ciudad. Cada vez que rozaba mi brazo al gesticular, un calor subía por mi espina, como si su piel gritara tócame más.

La música retumbaba, un remix de cumbia rebajada que hacía vibrar el piso. Bailamos pegados, su mano en mi cintura firme pero suave, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a hombre, a deseo crudo mezclado con el limón de su trago. "Estás cañona", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Mi corazón latía desbocado, y en mi mente solo giraba esa frase: prefiero morir de pasión que de aburrimiento. Lo jalé hacia la salida, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente, taxis pitando a lo lejos.

¿Qué chingados estoy haciendo? ¿Ir con un desconocido? Pero su mirada, esa promesa de fuego...

Llegamos a su depa en la Roma, un loft chido con ventanales que daban a la calle iluminada. No hubo palabras innecesarias; la puerta apenas se cerró y sus labios cayeron sobre los míos, urgentes, saboreando a tequila y menta. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, tirando suave para que se pegara más. Me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo, el roce de su dureza contra mí enviando chispas por todo mi cuerpo. "Te quiero ya", jadeó, su voz ronca como grava.

Me llevó a la cama, una king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa despacio, revelando un torso marcado por gym, músculos que se tensaban bajo mi mirada hambrienta. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas, mis uñas arañando su pecho mientras besaba su piel salada. "Qué rico hueles", susurré, lamiendo el hueco de su clavícula, probando el sudor que empezaba a brotar. Él rio, un sonido gutural que vibró en mi centro, y sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta dejarme expuesta.

El aire se llenó de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo el peso. Me desvistió con calma tortuosa, besando cada centímetro: el valle entre mis senos, el ombligo, bajando hasta donde el calor me quemaba. Su lengua experta me exploró, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, mis dedos clavados en sus hombros. "¡Ay, cabrón!", grité, el placer como olas rompiendo en la playa de Acapulco. Olía a mí, a excitación dulce y almizclada, y él gemía contra mi piel, bebiendo cada gota.

Esto es vida, no esa mierda de días grises. Prefiero esto mil veces.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga erecta, gruesa y palpitante, me llamó como un imán. La tomé en mi mano, sintiendo las venas bajo la piel suave, el calor que irradiaba. La lamí desde la base, saboreando la sal de su pre-semen, hasta meterla entera en mi boca, chupando con hambre. Marco gruñó, sus caderas empujando leve, "Me vas a matar, mamacita". El sonido de su placer, ese ronroneo animal, me empapaba más. Jugamos así un rato, turnándonos el control, mordidas juguetonas en el cuello, lamidas en los pezones que me ponían la piel de gallina.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense, pesada, inevitable. Me recostó de nuevo, separando mis piernas con rodillas firmes. "Dime que sí", pidió, ojos clavados en los míos, respetuoso pero ardiendo. "Sí, métemela ya, no aguanto", rogué, mi voz temblorosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, su grosor rozando cada nervio, me hizo gritar. Nos movimos en ritmo perfecto, lento al principio, sintiendo cada embestida: el slap de piel contra piel, el olor a sexo puro invadiendo la habitación, sus bolas golpeando suave mi culo.

Aceleramos, salvajes. Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él, yo clavando uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Sudor goteando de su frente a mi pecho, resbaloso y caliente. "¡Más fuerte, wey!", exigí, y él obedeció, follándome como si el mundo se acabara. Mi clítoris rozaba su pubis en cada thrust, building esa presión que me nublaba la vista. Gemidos se volvieron gritos, la cama temblando, el eco en las paredes.

El orgasmo me golpeó primero, un tsunami que me contrajo alrededor de él, pulsos interminables, luces estallando tras mis párpados. "¡Vente conmigo!", jadeé, y él lo hizo, gruñendo mi nombre, su semen caliente llenándome en chorros. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. Su peso sobre mí reconfortante, piel pegajosa, corazones martilleando al unísono.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro en la ventana, el skyline de la ciudad parpadeando abajo. Me acurruqué en su pecho, oliendo su piel ahora calmada, a hombre satisfecho. "Neta, chido lo que pasó", dijo, besando mi frente. Sonreí, recordando mi mantra: prefiero morir de pasión que de aburrimiento. No era amor, pero era vida, pura y vibrante. Mañana volvería a la rutina, pero esta noche me había recordado por qué valía la pena respirar.

Nos despedimos al amanecer, un beso largo en la puerta, promesa de repetir. Caminé a mi auto con piernas flojas, el sol tiñendo el cielo de rosa, sintiéndome renacida. La pasión no mata, revive. Y yo, lista para más.

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