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Pasión Desnuda en Motors del Valle

6008 palabras

Pasión Desnuda en Motors del Valle

Entré a Pasión Motors del Valle con el sol de la tarde pegándome en la cara, ese calor mexa que te hace sudar hasta el alma. El showroom brillaba con carros relucientes, chromados que reflejaban mi silueta cansada de tanto ajetreo en la CDMX. Yo, Karla, una chava de treinta y tantos, soltera y con ganas de un cambio radical. No solo quería un coche nuevo, quería sentir algo vivo, algo que me acelerara el pulso como un motor rugiendo.

Ahí estaba él, Diego, el vendedor estrella. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace pensar en travesuras. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que dejaban poco a la imaginación. Órale, qué tipo, pensé mientras me acercaba al Mustang rojo que me tenía loca desde la foto en internet.

—Buenas tardes, mamacita. ¿En qué te puedo ayudar? —dijo con voz grave, oliendo a colonia fresca y un toque de sudor masculino que me erizó la piel.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Busco algo potente, que me haga volar por Insurgentes. Ese Mustang me trae loca.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, no disimulando. —Es perfecto para ti. Potente, suave, y con curvas que matan. ¿Quieres probarlo?

El aire del lugar estaba cargado de ese olor a cuero nuevo y goma quemada, mezclado con el perfume de él. Mi corazón latía fuerte, como si ya estuviera pisando el acelerador.

Acto de introducción: la chispa inicial. Caminamos hacia el carro, platicando de tonterías. Él me contó que Pasión Motors del Valle era su pasión, que cada venta era como un affaire. Yo reí, sintiendo la tensión crecer. Sus manos rozaron las mías al abrir la puerta del piloto.

¿Será que este wey me está coqueteando o nomás vende?
me dije, pero su mirada decía otra cosa.

Nos subimos al Mustang. El asiento de piel se pegó a mis muslos, cálido y suave. Encendió el motor y ese ronroneo me vibró en el cuerpo entero. Salimos a la avenida, el viento entrando por las ventanas, revolviéndome el pelo.

—Acelera, Karla. Siente la potencia —me dijo, su mano en mi pierna guiándome al pedal.

El toque fue eléctrico. Pisé a fondo y el carro saltó, pero lo que me aceleró fue su palma firme, subiendo un poquito más. Neta, esto está prendiendo, pensé, con el pulso en las sienes.

En el trayecto por Del Valle, paramos en un semáforo. Nuestras miradas se cruzaron, intensas. —Tienes unas piernas que podrían manejar cualquier cosa —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

Le contesté con una sonrisa juguetona. —Y tú unas manos que prometen mucho.

Volvimos al lote, pero la vibra había cambiado. El deseo bullía como gasolina en el tanque. Él sugirió revisar el maletero, "por si acaso". Ahí, entre sombras y el olor a aceite fresco, me acorraló contra el carro, suave, preguntando con los ojos si quería más.

¿Quieres que pare? —preguntó, su voz ronca.

—Ni madres, sigue —le dije, jalándolo por la camisa.

Escalada en la tensión. Sus labios cayeron sobre los míos, saboreando a menta y deseo puro. El beso fue hambriento, lenguas danzando como en una pista de perreo intenso. Sus manos exploraron mi cintura, subiendo por mi blusa, tocando piel ardiente. Yo gemí bajito, sintiendo su erección presionando contra mí a través de los jeans.

El maletero abierto nos daba privacidad, el sonido lejano de la ciudad como banda sonora. Olía a su sudor mezclado con mi perfume floral, embriagador. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, pectorales duros bajo mi lengua. Él jadeó, —Cabróna, me vas a matar.

Lo empujé adentro del maletero, el espacio estrecho nos obligaba a pegarnos más. Le desabroché el cinturón, sintiendo su verga palpitante, gruesa y caliente en mi mano. La acaricie despacio, oyendo sus gruñidos roncos que me mojaban más.

Esto es lo que necesitaba, pura pasión sin complicaciones
, pensé mientras él me bajaba los shorts, dedos hundiéndose en mi humedad.

—Estás chorreando, corita —dijo riendo bajito, metiendo dos dedos que me hicieron arquear la espalda. El roce era perfecto, círculos en mi clítoris hinchado, el jugo chorreando por mis muslos. Gemí fuerte, mordiéndome el labio para no gritar.

Nos volteamos, yo encima, montándolo como al Mustang. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso me hizo gritar. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El maletero crujía con nuestros movimientos, sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas.

—Más rápido, wey, dame duro —le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, manos en mis nalgas apretando fuerte. El olor a sexo crudo llenaba el aire, mezclado con el cuero del carro. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordisqueando pezones duros como piedras.

La tensión subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Me vengo, me vengo, pensé, el orgasmo explotando como un motor sobrecargado. Grité su nombre, temblando, jugos empapándonos. Él gruñó, corriéndose dentro, chorros calientes que me prolongaron el placer.

Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, el corazón latiendo al unísono. El afterglow era puro, suaves caricias en mi espalda, besos perezosos.

Salimos del maletero riendo como pendejos, arreglándonos la ropa. —Ese Mustang es mío —dije, firmando los papeles con una sonrisa.

Él me guiñó el ojo. —Y yo soy tuyo cuando quieras otra prueba de manejo.

Me fui manejando mi nuevo bebé, el cuerpo aún vibrando, recordando cada roce, cada gemido. Pasión Motors del Valle no solo me dio un carro, me dio una noche que no olvidaré. La CDMX nunca se sintió tan viva.

En el espejo retrovisor, vi mi reflejo sonriente, empoderada. Qué chido es dejarse llevar.

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