Delito Pasional en la Carne
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando con dedos invisibles. Yo, Valeria, acababa de salir de la fiesta en el rooftop de un hotel chido, con luces neón parpadeando sobre la ciudad y el skyline de la CDMX brillando como un sueño húmedo. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el olor a jazmín de mi perfume se mezclaba con el humo de los cigarros electrónicos que flotaba por todos lados.
Ahí lo vi, a Marco, mi ex de hace dos años, el wey que me había dejado con el corazón hecho mierda pero el cuerpo recordando cada caricia. Estaba apoyado en la barandilla, con una chela en la mano, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver ese pecho moreno y marcado que siempre me volvía loca. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si alguien me hubiera inyectado tequila puro. ¿Qué chingados hace él aquí? pensé, pero mis pies ya se movían solos hacia él.
—Valeria, neta que estás más rica que nunca —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, sus ojos oscuros devorándome de arriba abajo.
—No mames, Marco, ¿qué pedo contigo? —respondí, fingiendo enojo, pero mi cuerpo ya traicionaba, los pezones endureciéndose bajo la tela delgada.
Hablamos de pendejadas, de la vida, de cómo él ahora era gerente en una empresa de diseño y yo seguía en mi galería de arte. Pero el aire entre nosotros crujía de tensión, como antes de una tormenta. Su mano rozó la mía al pasarme la chela, y el contacto fue eléctrico, un chispazo que subió directo a mi entrepierna. Olía a colonia cara mezclada con sudor masculino, ese aroma que me hacía salivar.
La fiesta seguía rugiendo detrás, risas y música reggaetón retumbando, pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo.
Esto es un delito pasional en potencia, se me cruzó por la mente, recordando esas noticias sensacionalistas de amantes que se matan por celos, pero en mí solo despertaba un hambre primitiva.
De repente, sin decir nada, Marco me tomó de la mano y me jaló hacia las escaleras de servicio, lejos de las luces. Bajamos en silencio, el eco de nuestros pasos en el concreto húmedo, el corazón latiéndome en los oídos como tambores aztecas. Llegamos a su auto, un BMW negro estacionado en la valet, y antes de que pudiera protestar, me besó. Fue un beso feroz, labios aplastándose, lenguas enredándose con sabor a cerveza y deseo puro. Sus manos en mi cintura, apretando, y yo respondí arqueándome contra él, sintiendo su verga ya dura presionando mi vientre.
—Te extrañé, Valeria. Neta, no sabes cuánto —masculló contra mi boca, mientras sus dedos subían por mi muslo, rozando el encaje de mis panties.
—Pendejo, me rompiste el corazón —le dije, pero mis caderas se movían solas, buscando más fricción.
Acto primero cerrado: la chispa prendida, el deseo inicial ardiendo como chile en nogada.
Entramos al auto, él al volante, yo en el asiento del copiloto con las piernas abiertas sin pudor. Marco arrancó hacia su depa en Lomas, el tráfico nocturno de Reforma pasando como un borrón. En el camino, no aguanté: me incliné y le desabroché el pantalón, sacando su verga gruesa y venosa que saltó libre, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. Qué rica está, más grande de lo que recordaba, pensé, mientras la lamía desde la base hasta la cabeza, saboreando el gusto salado de su piel, el olor almizclado subiendo a mi nariz.
—Órale, Valeria, vas a hacer que me accidentemos —gruñó él, una mano en el volante, la otra enredada en mi pelo, guiándome.
Chupé con ganas, succionando, haciendo círculos con la lengua en el glande, mientras él gemía bajito, el sonido vibrando en mi pecho. Llegamos al edificio, estacionó de volada y prácticamente me cargó hasta el elevador. Ahí, contra las paredes de acero pulido, me levantó el vestido y metió dos dedos en mi panocha ya empapada. Sentí la invasión deliciosa, el jugo chorreando por mis muslos, el sonido húmedo de sus dedos follando mi interior.
—Estás chorreando, mi amor. Esto es puro delito pasional —me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo.
El elevador pitó al llegar, y tropezamos hasta su puerta, riendo como adolescentes, pero con fuego adulto en las venas. Adentro, el depa era minimalista chido: luces tenues, cama king size con sábanas de algodón egipcio, olor a limpio y a él. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas firmes y mi culo redondo. Él se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz, músculos tensos por la anticipación.
Nos besamos de pie, piel contra piel, el sudor empezando a perlar. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas, un dedo rozando mi ano con promesa. Yo arañé su espalda, sintiendo la dureza de sus hombros, el latido de su corazón contra el mío. Caímos en la cama, él encima, besando mi cuello, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, tirando con los dientes lo justo para doler rico, mientras su verga rozaba mi clítoris hinchado, lubricándonos mutuamente.
No puedo más, lo necesito dentro, rugía mi mente, mientras mis caderas se alzaban suplicantes. Pero él jugaba, lento, torturándome con lamidas en el ombligo, en los muslos internos, hasta llegar a mi centro. Su lengua en mi panocha fue éxtasis: plana y ancha lamiendo de abajo arriba, succionando mi botón con labios carnosos. Gemí fuerte, ¡Ay, Marco, qué rico!, mis jugos cubriendo su barbilla, el sabor ácido-dulce que él lamía con deleite.
Escalada perfecta: toques, besos, oral preliminar construyendo la tensión psicológica. Recordé nuestras peleas pasadas, los celos que nos consumían, cómo él coqueteaba con otras y yo lo odiaba pero lo deseaba más.
Esto es nuestro delito pasional, devorarnos así después de tanto tiempo, pensé, mientras lo volteaba y montaba su cara, follando su boca con desesperación.
Lo siguiente fue inevitable. Me acomodé a horcajadas sobre su verga, guiándola a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Dios, qué completa me hace sentir! El roce de su pubis contra mi clítoris, sus manos en mis caderas guiando el ritmo. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada palpito dentro de mí. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, nuestros jadeos llenando la habitación.
—Métemela más duro, pendejo —le exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza animal, sus bolas golpeando mi culo.
Cambié de posición: él atrás, en cuatro, agarrándome del pelo como riendas. Entró de nuevo, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, jugos, testosterona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras follábamos como poseídos. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, pulsando en mi clítoris.
—Ven conmigo, Valeria, córrete en mi verga —gruñó él, acelerando.
Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta, mi panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él siguió unos segundos más y se vino dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacíamos mirando el techo, sus dedos trazando círculos en mi vientre. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. Esto fue nuestro delito pasional, pero qué chido delito, reflexioné, sintiendo una paz que no había tenido en años.
—No te vayas esta vez —me dijo, besándome la frente.
—Simón, wey. Esto apenas empieza —respondí, sabiendo que el fuego no se apagaría fácil.
La luna entraba por la ventana, testigo de nuestro reencuentro, y en ese momento, todo era perfecto, consensual, ardiente, nuestro.