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Programa Pasión de Sábado Noche de Fuego

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Programa Pasión de Sábado Noche de Fuego

Era sábado por la noche en mi departamentito del centro de la Ciudad de México, y como cada semana, el ritual estaba listo. La tele prendida en el canal de variedades, una chela fría en la mano y el control remoto al alcance. Yo, Laura, de veintiocho pirulos, soltera y con más ganas acumuladas que un banco, me acomodé en el sillón con mi shortcito de dormir y una playera holgada que dejaba poco a la imaginación. El aire olía a frituras de la taquería de abajo y a mi perfume dulzón de vainilla que se mezclaba con el calor pegajoso del verano.

Programa Pasión de Sábado estaba a punto de empezar, ese show que neta me ponía la piel chinita cada vez. No era cualquier programa; era como un shot de tequila directo al deseo. Presentadoras culonas en escotes profundos, invitados contando sus aventuras más calientes, retos sensuales y hasta un segmentito de baile erótico que te dejaba con el corazón latiendo a mil.

¿Por qué carajos me gustaba tanto? Porque me hacía sentir viva, deseada, aunque estuviera sola viendo cómo otros se comían con los ojos.
Apagué las luces, subí el volumen y esperé el intro con esa música de saxofón que erizaba todo.

El presentador, un tipo guapetón con sonrisa de galán de telenovela, dio la bienvenida: "¡Bienvenidos a Programa Pasión de Sábado, donde la noche se enciende!" La cámara enfocó a una pareja en el escenario, él con camisa desabotonada mostrando pectorales duros, ella en un vestidito rojo que se pegaba como segunda piel. Se miraban como si ya se estuvieran follando. Mi pulso se aceleró, sentí un cosquilleo entre las piernas. Tomé un trago de chela, el líquido helado bajando por mi garganta mientras el calor subía por mi vientre.

De repente, un golpe en la puerta. ¿Qué chingados? Miré el reloj: las diez y pico. Me levanté de un brinco, el corazón en la boca. Al abrir, ahí estaba Marco, mi vecino del de al lado, en pants y sin camisa, con el torso sudado brillando bajo la luz del pasillo. Alto, moreno, con tatuajes que se veían chingones en sus brazos musculosos. Siempre nos saludábamos con guiños y pláticas rápidas en el elevador, pero nunca habíamos pasado de ahí.

"Oye, Lau, ¿estás viendo el Programa Pasión de Sábado? Se oye hasta mi depa, wey. ¿Me dejas entrar a verlo contigo? Mi tele se descompuso y no me lo pierdo por nada." Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la nuca. Olía a jabón fresco y a hombre, un aroma que me mareaba.

Dudé un segundo, pero el show ya estaba en lo bueno: la pareja se besaba con lengua en vivo. "Pásele, carnal." Cerré la puerta y le señalé el sillón. Se sentó pegadito a mí, su muslo rozando el mío. El calor de su piel me quemaba a través del short. En la tele, el presentador retaba a la pareja a un juego de caricias prohibidas. "¡Tóquense sin quitarse la ropa, pero hagan que el otro ruegue!"

Marco soltó una carcajada ronca. "Estos cabrones siempre la arman gorda. ¿Tú qué opinas, Lau? ¿Te animarías?" Sus ojos cafés clavados en los míos, juguetones. Sentí mi concha humedecerse, el aire cargado de tensión.

Neta, este wey me trae loca desde que me mudé. Su forma de caminar, cómo suda cuando sube las escaleras... Ay, Laura, no seas pendeja, aprovéchalo.

Acto seguido, en el programa, la chica gemía bajito mientras él le pasaba las manos por las tetas por encima del vestido. Marco se removió en el asiento, su pants abultándose. No pude evitar mirar. "Está cañón, ¿verdad?" murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Asentí, la boca seca. Mi mano tembló al tomar la chela, y accidentalmente la derramé un poquito en su pierna.

"¡Ay, perdón!" Me agaché rápido a limpiar con mi playera, mi cara a centímetros de su paquete. Él rio y me tomó la mano. "No hay pedo, Lau. Mejor, déjame yo." Sus dedos gruesos rozaron mi muslo al "limpiar", subiendo despacito. El roce era eléctrico, como chispas en mi piel. En la tele, la pareja ya se manoseaba sin pudor, la audiencia aplaudiendo.

No aguanté más. Me volteé y lo besé, mis labios chocando contra los suyos suaves y calientes. Él respondió al instante, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Qué rico sabía, cabrón. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, jalándome a su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna, gruesa y palpitante. "Lau, neta te quiero desde hace rato", gruñó entre besos, mordisqueándome el cuello. Olía a sudor masculino mezclado con mi vainilla, un perfume embriagador.

Me quité la playera de un tirón, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras. Él las miró con hambre, lamiéndose los labios. "Qué chingonas, mami." Las amasó con rudeza suave, pellizcando los pezones hasta que gemí fuerte. El programa seguía de fondo, gemidos en estéreo que avivaban el fuego. Le bajé los pants y saqué su verga, venosa y tiesa, goteando precum. La envolví con mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo su pulso acelerado bajo mi palma.

"Chúpamela, Lau", suplicó con voz ronca. Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Lamí la punta, salada y almizclada, luego la tragué hasta la garganta. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo. "¡Así, wey, qué chido!" El sonido de succión y sus gemidos llenaba el cuarto, compitiendo con la tele. Mi concha chorreaba, empapando el short.

Me levantó como pluma y me tumbó en el sillón. "Quítate eso, quiero verte toda." Obedecí, abriendo las piernas. Él se hincó y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua experta lamió mi clítoris, chupando con hambre.

¡Virgen santísima, este hombre sabe lo que hace! Cada lamida era fuego líquido, mi cuerpo arqueándose.
Olía a mi excitación, dulce y pecaminosa. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. "Estás empapada, rica. Todo por el Programa Pasión de Sábado, ¿eh?"

Gemí su nombre, las uñas clavadas en su espalda. La tensión crecía, mi vientre contrayéndose. "¡Marco, métemela ya, pendejo!" Rio y se posicionó, frotando la cabeza de su verga en mi entrada resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno por completo, nos quedamos quietos un segundo, sintiendo el latido mutuo. Luego empezó a bombear, fuerte y profundo, el sillón crujiendo bajo nosotros.

Sus embestidas eran rítmicas, piel contra piel chapoteando. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire. Me monté encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando. Él las chupaba, mordiendo. "¡Más rápido, Lau, rómpeme!" El clímax se acercaba, una ola gigante. En la tele, el programa terminaba con fuegos artificiales y besos apasionados, perfecto timing.

Exploté primero, mi concha apretándolo en espasmos, gritando su nombre. Él me siguió, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su corazón tronaba contra mi pecho, el mío igual. Besos suaves ahora, caricias perezosas.

Apagamos la tele, el silencio roto solo por nuestras respiraciones. "Esto fue mejor que cualquier Programa Pasión de Sábado", murmuró, besándome la frente. Sonreí, sintiéndome plena, empoderada.

Quién iba a decir que un programita de la noche me traería esto. Mañana será otro sábado, pero ahora sé que no estaré sola.
Nos quedamos así, en afterglow, planeando la próxima noche de fuego.

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