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Pasion Prohibida Capitulo 106

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Pasion Prohibida Capitulo 106

El corazón me latía como tamborazo en las fiestas de pueblo, sentada en esa cama king size del hotel boutique en la Roma Norte. El aire olía a jazmín fresco mezclado con el perfume caro que siempre usaba él, ese que me volvía loca desde la primera vez que lo olí en la boda de mi prima. Javier. Neta, ¿cómo carajos llegué aquí? Casada con Roberto desde hace cinco años, él mi carnal de toda la vida, y Javier, su mejor amigo, el wey que siempre andaba de traje impecable, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos.

Esto era nuestra pasión prohibida, el secreto que guardábamos como tesoro en el fondo del armario. Capítulo 106, porque desde aquel beso robado en la cocina de la casa de mis papás, habíamos contado cada encuentro como páginas de una novela erótica que solo nosotros escribíamos. Hoy, el pretexto era perfecto: Roberto en un viaje de negocios a Monterrey, y yo "de spa con las morras". Mentira piadosa, pero órale, la adrenalina valía cada mentirita.

¿Y si nos cachan? ¿Y si Roberto se entera? Ay, Ana, eres una pendeja, pero una pendeja feliz.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Javier, con el cabello revuelto por el viento de la ciudad, camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver ese pecho moreno y torneado de tanto gym. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el encaje negro de mi lencería que asomaba bajo la bata de seda. "Mamacita", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, "te extrañé como loco". Cerró la puerta y avanzó hacia mí, el sonido de sus zapatos contra el piso de madera resonando en mi pecho acelerado.

Acto primero: la anticipación. Me puse de pie, temblando un poquito, y él me tomó de la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Olía a Tequila Don Julio y a hombre sudado del tráfico de Insurgentes. Sus labios rozaron mi cuello, y sentí el calor de su aliento, como fuego lento. "Dime que lo quieres tanto como yo", susurró, mientras sus manos subían por mis muslos, abriendo la bata con delicadeza. "Más, chulo", respondí, mi voz un hilito ronco, "me tienes mojadita desde que te mandé el mensaje".

Sus dedos juguetones encontraron mi piel, trazando círculos en mis pezones que se endurecieron al instante. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca que ahora devoraba la mía. Beso profundo, lenguas enredadas con sabor a menta y deseo puro. Lo empujé hacia la cama, queriendo tomar el control, porque en esta pasión prohibida capítulo 106, yo mandaba un rato. Se dejó caer, riendo esa carcajada grave que me hacía cosquillas en el estómago. "Eres fuego, Ana".

Me subí encima de él, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi panocha a través de la tela. La froté despacio, torturándolo, mientras le desabotonaba la camisa. Su piel era cálida, salada al gusto cuando lamí su pecho, bajando hasta el ombligo. Él gruñó, manos en mi pelo, "No pares, neta, me vas a matar". El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, el tráfico lejano de la Ciudad de México como banda sonora prohibida.

Pero no era solo carnal. En mi cabeza, las dudas bailaban: Esto está cañón, Ana. Roberto es bueno, pero Javier... Javier me hace sentir viva, como si mi cuerpo gritara por más. Él lo notó, se incorporó y me miró fijo. "Ey, preciosa, estamos aquí por gusto, ¿verdad? Nada de culpas". Asentí, besándolo de nuevo, dejando que el deseo ahogara los remordimientos. Sus manos bajaron mi tanga, dedos expertos explorando mi humedad, rozando el clítoris con maestría. Arqueé la espalda, un gemido largo escapando, "¡Sí, ahí, pendejo!"

Acto segundo: la escalada. Me volteó boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo. Sus labios en mis senos, chupando, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi centro. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia. "Estás deliciosa", dijo, bajando más, lengua trazando mi ingle. Cuando llegó a mi panocha, casi me vengo de puro nervio. Lamidas lentas, circulares, succionando mi botón con hambre. Mis caderas se movían solas, manos aferradas a las sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nosotros. "Javier, carajo, no pares... ¡me vengo!" Explosión, olas de placer sacudiéndome, el grito ahogado en la almohada.

Él se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, lista. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo despacio mientras lo miraba a los ojos. "Quiero sentirte dentro, ya". Se puso condón –siempre responsable, mi chulo– y se hundió en mí de un empujón suave. Llenura total, estirándome delicioso. Empezamos lento, ritmos sincronizados, piel contra piel chapoteando húmeda. Sus embestidas se aceleraron, yo clavando uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana escondería bajo el traje.

Capítulo 106 de nuestra pasión prohibida, y cada vez duele más dulce. ¿Hasta cuándo?

El sudor nos unía, resbaloso, salado en mi lengua cuando lamí su cuello. Gemidos más fuertes, "¡Más duro, wey!", "¡Así, nena, apriétame!". El cama crujía, cabezas golpeando la cabecera rítmicamente. Sentía su pulso en mi interior, latiendo con el mío, tensión creciendo como tormenta en el Popo. Él me volteó a cuatro patas, entrando desde atrás, mano en mi clítoris frotando. Visión borrosa, placer cegador. "¡Me vengo otra vez!", grité, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.

Javier rugió, embistiendo salvaje, "¡Ana, mamacita!" y se vino conmigo, temblores compartidos, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso. Acto tercero: el afterglow. Quedamos jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, caricias perezosas. El cuarto olía a sexo puro, a nosotros. "Eres lo mejor que me ha pasado", murmuró, trazando mi espina con dedos. Sonreí, corazón lleno pero con esa punzada. Neta, esta pasión prohibida nos va a quemar vivos algún día.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados, jabón espumoso en curvas y músculos. Risitas tontas, besos bajo la regadera. "La próxima, ¿Playa del Carmen?", propuso. "Simón, pero cuídate, chulo". Vestimos, últimos abrazos en la puerta. Él se fue primero, yo esperé quince, como siempre. Afuera, el neon de la Roma parpadeaba, tacos al pastor humeando en la esquina, vida normal.

En el Uber de regreso, miré mi reflejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados, marca de mordida en el cuello camuflada con makeup. Capítulo 106 cerrado, pero el libro sigue abierto. Pasión prohibida, sí, pero nuestra, consensual, ardiente. Roberto me recibiría con cena, y yo sonreiría, guardando el secreto que me hace arder. Por ahora, valía cada riesgo.

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