Novela Mexicana Pasión y Poder
Isabella caminaba por el lobby del hotel en Polanco, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. El aire olía a jazmines frescos y a ese perfume caro que usaban los ejecutivos de la alta sociedad mexicana. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y sus tacones resonaban contra el mármol pulido. Había venido a esta gala de empresarios por trabajo, pero algo en el ambiente la ponía nerviosa, como si el destino estuviera tramando una de esas novelas mexicanas llenas de pasión y poder.
¿Por qué carajos acepté esta invitación? –pensó–. Solo porque mi jefa dijo que era clave para el próximo lanzamiento. Pero yo no soy de las que se dejan impresionar por trajes italianos y relojes que valen más que mi departamento.
De repente, lo vio. Alejandro Vargas, el rey de los desarrollos inmobiliarios en la Ciudad de México. Alto, moreno, con ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Él charlaba con un grupo de inversionistas, su risa grave retumbando como trueno lejano. Cuando sus miradas se cruzaron, Isabella sintió un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Él se excusó y se acercó, con una sonrisa lobuna.
—Buenas noches, preciosa. ¿Vienes a conquistar o a ser conquistada? —dijo él, su voz ronca rozándole los oídos como terciopelo áspero.
—Ni lo uno ni lo otro, licenciado. Solo vengo a cerrar un trato. Soy Isabella Ruiz, de Editorial Luna. ¿Y tú? ¿El gran Alejandro Vargas, dueño de media capital?
Él rio, inclinándose un poco para que ella oliera su colonia, una mezcla de sándalo y cuero que la mareaba. —Exacto. Pero esta noche no hablo de negocios. Baila conmigo.
La pista estaba llena de luces tenues y mariachi moderno sonando bajito. Sus cuerpos se pegaron en el primer compás, las manos de él en su cintura firme, guiándola con esa autoridad natural que gritaba poder. Isabella sentía el calor de su pecho a través de la camisa, el roce de sus muslos contra los suyos. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras su aliento caliente le erizaba la nuca.
—Eres como una protagonista de esas novelas mexicanas de pasión y poder —murmuró él al oído—. Fuerte, sensual, imposible de domar.
Ella se apartó un poco, mirándolo desafiante. —¿Y tú qué eres? ¿El galán villano que todo lo controla?
La tensión creció con cada giro. Sus dedos se clavaban en su cadera, no con fuerza bruta, sino con esa promesa de placer que la hacía mojar las bragas de encaje. Hablaron de todo: de Guadalajara, donde ella creció entre tequilas y fiestas; de sus deals millonarios; de sueños que olían a aventura. Pero debajo, bullía el deseo crudo, animal.
Después de dos canciones, la sacó a la terraza. La noche de México City los envolvía, con el skyline brillando como diamantes y el aroma de tacos callejeros subiendo desde abajo. Él la acorraló contra la barandilla, sus labios rozando los suyos. —Dime que pare, Isabella. O dime que siga.
—Sigue, carnal. Pero no creas que me vas a mandar tú solo.
El beso fue fuego. Lenguas danzando, salvajes, saboreando tequila y menta en su boca. Sus manos exploraron: él apretando sus nalgas, ella arañando su espalda. El viento fresco contrastaba con el calor entre sus piernas. Se separaron jadeantes, ojos encendidos.
—Mi suite. Ahora —gruñó él.
Subieron en el elevador, solos, devorándose con besos. Sus pechos se aplastaban contra él, sintiendo su verga dura presionando su vientre.
¡Qué rica está esta calentura! No lo conozco, pero lo quiero dentro, chingándome hasta que grite.Las puertas se abrieron y entraron tambaleándose al cuarto, iluminado por la luna filtrándose por ventanales enormes.
Alejandro la levantó como si no pesara, depositándola en la cama king size con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales duros salpicados de vello negro. Isabella se incorporó, desabrochando su vestido con lentitud tortuosa, dejando que cayera, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire acondicionado y la excitación.
—Qué chula estás, mamacita —susurró él, arrodillándose para besar su ombligo, bajando lamiendo su piel salada.
Ella enredó los dedos en su pelo. —Muéstrame ese poder tuyo, Alejandro. Hazme tuya, pero yo también te voy a romper.
Él la devoró. Lengua en su chochita depilada, saboreando sus jugos dulces y almizclados. Isabella gemía alto, "¡Ay, sí, así, pendejo caliente!", arqueando la espalda mientras él chupaba su clítoris hinchado, dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose en su punto G. El sonido húmedo de su boca la volvía loca, mezclado con su respiración agitada y los latidos de su pulso en las sienes.
Pero ella no era pasiva. Lo empujó sobre la cama, montándolo como amazona. Le bajó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La olió, embriagada por ese olor macho a sudor y deseo. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado, metiéndosela hasta la garganta mientras él gruñía "¡Órale, qué chingona!".
La tensión escaló. Ella se sentó encima, guiándolo dentro. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola hasta el fondo. ¡Madre mía, qué verga tan rica! Empezó a cabalgar, tetas rebotando, uñas en su pecho marcando surcos rojos. Él embestía desde abajo, manos en sus caderas, controlando el ritmo pero dejándola liderar. Sudor perlando sus cuerpos, mezclándose; el slap-slap de piel contra piel; gemidos roncos en español mexicano crudo: "¡Cógeme más fuerte!", "¡Te voy a llenar, nena!".
El clímax se acercó como tormenta. Isabella aceleró, su chochita contrayéndose alrededor de él, olas de placer subiendo desde el útero. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, penetrándola profundo, una mano en su clítoris frotando, la otra jalando su pelo suave. El olor a sexo impregnaba el cuarto, espeso, adictivo. Ella explotó primero, gritando "¡Me vengo, cabrón!", temblores sacudiéndola, jugos chorreando por sus muslos.
Alejandro la siguió, rugiendo su nombre, corriéndose dentro con chorros calientes que la bañaban por dentro. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Él la abrazó por detrás, besando su hombro sudado.
En la quietud, con la ciudad zumbando afuera, Isabella sonrió. —Esto fue mejor que cualquier novela mexicana de pasión y poder. Tú y yo, puro fuego.
Él rio bajito, acariciando su vientre. —Y apenas empieza, mi reina. Mañana negociamos en serio... en la cama y en los negocios.
Se durmieron así, enredados, con el sabor del otro en la piel y el eco de sus gemidos en el aire. Al amanecer, el sol tiñó las sábanas de oro, prometiendo más capítulos de esta historia suya, donde el poder se rendía al placer y la pasión conquistaba todo.