Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Cariño Ardiente Ardiente Pasión Yo Siento Por Ti Cariño Ardiente Ardiente Pasión Yo Siento Por Ti

Cariño Ardiente Ardiente Pasión Yo Siento Por Ti

7048 palabras

Cariño Ardiente Ardiente Pasión Yo Siento Por Ti

La noche en Guadalajara estaba viva, con el aire cargado del olor a tacos al pastor asándose en la esquina y el eco lejano de un mariachi tocando La Cucaracha en alguna fiesta cercana. Yo, Mariana, había llegado a la casa de mi mejor amiga Lupita para su cumpleaños. La terraza estaba llena de luces de colores, mesas con botanas y botellas de tequila reposado que brillaban bajo la luna. Reía con las morras, pero mis ojos no dejaban de buscarlo a él: Alejandro, el hermano mayor de Lupita, ese pendejo alto y moreno que me traía loca desde la prepa.

Lo vi aparecer entre la gente, con su camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados. Su sonrisa chueca, esa que hacía que se me erizara la piel. Órale, Mari, cálmate, me dije, mientras tomaba un trago de mi chela. Pero neta, cada vez que pasaba cerca, sentía un calor en el pecho que bajaba directo al ombligo. Él me miró, guiñó un ojo y se acercó con dos tequilas en la mano.

Ey, güey, ¿qué onda? —le dije, fingiendo desinterés, aunque mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Qué onda, bonita. ¿Ya te cansaste de bailar con los chamacos? —Su voz grave me rozó como una caricia, y el olor de su colonia, mezclado con el humo de la parrilla, me mareó un poco.

Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la ciudad, de cómo Lupita seguía siendo una loca por los chismes, de los partidos del Chivas. Pero entre risas, sus ojos se clavaban en mis labios, y yo sentía sus dedos rozar los míos al pasarme el vaso. La tensión crecía como el fuego de un volcán, ese cariño ardiente que me quemaba por dentro. Quería decirle todo, pero me mordí la lengua. La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en otro rollo.

La música cambió a algo más romántico, un bolero suave que invitaba a pegar cuerpos. Alejandro me tomó de la mano sin preguntar.

Vente, vamos a bailar —murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a tequila y menta.

Me dejé llevar. Sus manos en mi cintura eran firmes, posesivas, pero suaves como si supiera que yo era de cristal. Bailamos pegaditos, mi pecho contra el suyo, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Esto es lo que quiero, pensé, mientras mi piel se erizaba con cada roce. El sudor nos unía, salado y caliente, y el mundo alrededor se borraba: solo quedábamos él y yo, en esa danza lenta que prometía más.

De repente, me jaló hacia la oscuridad del jardín trasero, lejos de las luces y las voces. El aire fresco de la noche nos golpeó, cargado del aroma de jazmines y tierra húmeda después de la lluvia. Nos paramos bajo un árbol de limón, cuyas hojas susurraban con la brisa.

—Mariana, no aguanto más —dijo, su voz ronca, mientras me acorralaba contra el tronco áspero—. Te deseo desde hace rato, neta.

Mi respuesta fue besarlo. Nuestros labios chocaron con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila dulce y pasión pura. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro y revuelto. Él me levantó contra el árbol, mis piernas envolviéndolo por instinto. Sentía su dureza presionando contra mí, dura y caliente a través de la tela, y un jadeo se me escapó.

Este es el momento, Mari. Déjate llevar por este cariño ardiente que me consume.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Olía a su sudor mezclado con el mío, un perfume primitivo que me volvía loca. Le arranqué la camisa, mis uñas arañando su pecho moreno, marcado por músculos firmes de tanto jugar fut en la colonia. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi vientre.

Estás tan rica, morra —susurró, mientras sus manos subían por mis muslos bajo la falda, rozando la humedad que ya empapaba mis panties—. Me traes bien puesto.

Lo empujé al suelo, sobre la hierba fresca y mullida que crujía bajo nuestro peso. Me quité la blusa con prisa, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras por el fresco y la excitación. Él se incorporó, chupándolos con avidez, su lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. El placer era eléctrico, subiendo por mi espina como chispas. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Saqué su verga, gruesa y venosa, palpitante en mi palma. La apreté, sintiendo su calor, el pulso rápido como el mío.

¡Ay, cabrón! —jadeó él, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen.

El jardín era nuestro mundo: el zumbido de grillos, el viento meciendo las ramas, nuestros jadeos rompiendo el silencio. Me monté en él, guiando su verga hacia mi entrada húmeda y lista. Despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome por completo. Un gemido largo se me escapó, mis paredes apretándolo como un guante caliente.

Empezamos a movernos, ritmados como en el baile de antes, pero ahora salvaje. Sus caderas subían para encontrarse con las mías, el choque de piel húmeda sonando chapoteante y obsceno. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el cítrico de los limones. Mis uñas en su pecho, sus manos amasando mis nalgas, pellizcando justo donde dolía rico.

Ardiente pasión, yo siento por ti este fuego que no se apaga.

La tensión crecía, mis músculos tensándose, el orgasmo acechando como una ola gigante. Él aceleró, gruñendo mi nombre, Mariana, Mariana, mientras yo cabalgaba más fuerte, mis tetas rebotando, el placer acumulándose en mi clítoris hinchado que rozaba su pubis. El mundo se volvió blanco, un grito ahogado saliendo de mi garganta cuando exploté, contrayéndome alrededor de él en espasmos interminables. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegados y temblorosos. El sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Bajé a su lado en la hierba, su brazo rodeándome, besos suaves en mi frente.

Qué chido estuvo eso, ¿verdad? —dijo con esa sonrisa pendeja que amaba.

Neta, Alejandro. Ese cariño ardiente ardiente pasión yo siento por ti... no es juego, le confesé, mi voz ronca de tanto gritar.

La fiesta seguía adentro, risas y música, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Me acurruqué contra su pecho, escuchando su respiración calmarse, oliendo nuestra mezcla única. En ese momento, supe que esto era solo el principio. El deseo no se apagaría tan fácil; ardía más fuerte que nunca, listo para más noches como esta.

Nos vestimos entre risas y besos robados, regresando a la terraza como si nada. Pero cada mirada que nos cruzábamos gritaba lo obvio: éramos fuego puro, y nadie nos apagaría.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.