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Pasión Inocente Reparto

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Pasión Inocente Reparto

Entré al teatro con el corazón latiéndome como tambor en fiesta patronal. El reparto de Pasión Inocente ya estaba reunido en el escenario del Teatro de la Ciudad, luces tenues bailando sobre las tablas gastadas. Yo era la nueva, Ana, la chica de provincia que llegó a la capital soñando con brillar. Olía a madera vieja y a café recién molido de la taquería de la esquina. Marco, el galán principal, me miró desde el centro del escenario, sus ojos cafés profundos como pozos de tequila.

¿Qué onda con este cuate? Neta, me late desde el primer vistazo. Pero hay que portarse bien, esto es trabajo.
Pensé mientras me sentaba en el círculo de sillas plegables. El director, un tipo regordete con bigote de charro, nos presentó la obra: una historia de amores prohibidos en un pueblo ranchero, llena de pasión inocente que se desborda como río en temporal.

Los ensayos empezaron suaves. Marco y yo hacíamos la escena del primer encuentro, bajo la luna falsa de focos amarillos. "¡Órale, Ana! Ponle sentimiento", gritó el director. Marco se acercó, su mano rozando mi cintura. Su piel olía a jabón de lavanda y un toque de sudor fresco, como después de un partido de fut. Mi cuerpo se erizó, pezones endureciéndose bajo la blusa de algodón.

Al final del día, todos aplaudimos. "¡Qué chido equipo!", dijo Marco, guiñándome el ojo. Caminamos juntos hacia la salida, el bullicio de la Alameda de fondo con sus vendedores de elotes asados. "Me caes bien, Ana. Tienes esa pasión inocente que necesita el reparto", me soltó, su voz ronca como gravel de ranchera. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas enloquecidas.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Ensayábamos besos castos que se volvían eternos. Sus labios rozaban los míos, su aliento cálido con sabor a chicle de tamarindo.

¡Puta madre, si no para esto me voy a volver loca! Quiero más, neta lo quiero todo.
En una pausa, nos quedamos solos en el camerino. El espejo empañado por el vapor de la regadera, olor a talco y loción aftershave flotando en el aire.

"Ana, ¿sabes? Desde que entraste al reparto, siento esta chispa. Como si la pasión inocente de la obra fuera real", murmuró Marco, acorralándome contra la pared. Su pecho ancho presionaba el mío, latidos sincronizándose como tambores aztecas. Le respondí con un beso verdadero, lenguas danzando, saboreando su saliva dulce y salada.

Pero nos frenamos. "Hay que esperar, carnal. No vaya a ser que el director nos corra", reí nerviosa. Él asintió, pero sus manos apretaron mis nalgas un segundo más, carne suave cediendo bajo sus dedos fuertes. Esa noche, en mi depa de la colonia Roma, me masturbé pensando en él. Dedos hundiéndose en mi humedad, imaginando su verga dura, gruesa como mazorca tierna. Gemí bajito, el colchón crujiendo, olor a mi propia excitación llenando la habitación.

La tensión crecía con cada ensayo. Escenas más intensas: él desabrochándome el vestido en la obra, sus dedos temblando de verdad sobre mis tetas. Tocaban pezones rosados, erectos como botones de chile. "¡Más pasión, cabrones!", pedía el director. Marco susurraba en mi oído: "Esto no es solo actuación, ¿verdad?". Su erección presionaba mi muslo, caliente y pulsante a través del pantalón.

Una noche de tormenta, el teatro se vació temprano. Truenos retumbando como cañonazos, lluvia azotando los techos de lámina. Solo quedamos nosotros, revisando líneas en el escenario vacío. Luces bajas, sombras alargadas como amantes enredados. "Ana, no aguanto más esta pasión inocente del reparto", dijo Marco, jalándome hacia él.

Sus labios devoraron los míos, beso salvaje con dientes mordisqueando. Manos expertas quitándome la falda, exponiendo mis bragas empapadas. Olía a sexo inminente, a piel caliente y lluvia filtrándose por las rendijas. "Estás chingona, nena. Tan mojada por mí", gruñó, arrodillándose. Su lengua lamió mi concha a través de la tela, sabor salado de mi flujo mezclándose con su saliva.

Me tendí en el escenario, tablas ásperas raspando mi espalda desnuda. Marco se quitó la camisa, músculos definidos brillando bajo la luz, tatuaje de águila en el pecho. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando precum como rocío matutino.

¡Qué pendeja fui por esperar tanto! Esto es lo que necesitaba, su carne dentro de mí.

Lo monté despacio, guiando su pija a mi entrada resbaladiza. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Marco! ¡Qué rico, cabrón!", jadeé, caderas girando como en baile de cumbia. Él embestía desde abajo, manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Sonidos húmedos de choques, slap-slap contra piel sudorosa, mezclados con nuestros gemidos roncos.

Cambié de posición, él encima, misionero apasionado. Piernas enredadas, uñas clavándose en su espalda. Su olor masculino, mezcla de sudor y colonia, me embriagaba. "Te quiero, Ana. Esta pasión es nuestra, no de la obra", susurró, acelerando. Mi clítoris frotándose contra su pubis, ondas de placer subiendo como tequila puro.

El clímax llegó como avalancha. Sentí contracciones en mi coño, ordeñando su verga. "¡Me vengo, Marco! ¡No pares!", grité. Él rugió, chorros calientes inundándome, semen espeso goteando por mis muslos. Colapsamos, pechos agitados, respiraciones entrecortadas. El escenario olía a sexo crudo, a nosotros fundidos.

Después, acurrucados bajo una manta del guardarropa, fumamos un cigarro robado. "Esto cambia todo en el reparto", reí. Él besó mi frente. "Para bien, mi amor. Nuestra pasión inocente apenas empieza". La lluvia amainó, dejando un DF limpio y brillante. Caminamos de la mano hacia la taquería, tacos al pastor humeando, salsas picantes como nuestro deseo renovado.

Los ensayos siguientes fueron eléctricos. Miradas cómplices, toques disimulados. El director notó la química: "¡Ahora sí, pinches tortolitos! Esto va a romper taquillas". Y rompió algo más: barreras entre realidad y ficción. Cada noche, en su depa o el mío, explorábamos cuerpos con hambre insaciable. Lenguas en culos redondos, dedos en culitos vírgenes, 69 con sabores entremezclados de concha y verga.

Una vez, en el baño del teatro, me puso contra el lavabo. Espejo reflejando mi cara de puta en éxtasis mientras me taladraba por atrás. "¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!", exigí. Su mano en mi clítoris, círculos rápidos, hasta que exploté chorreando. Él se corrió en mi espalda, semen caliente resbalando como crema.

La pasión inocente del reparto se volvió leyenda entre nosotros. No era solo sexo; era conexión profunda, risas compartidas en fondas de mixiotes, bailes en cantinas con corridos de fondo. Marco me enseñó a amar la ciudad, sus mercados vibrantes, sus noches eternas.

El estreno fue un éxito rotundo. Aplausos ensordecedores, flashes cegadores. En el camerino, celebramos con mezcal y besos.

Esto es vida, neta. De provincia a estrella, con un hombre que me hace mujer completa.
Nuestra historia continuaba, más allá del telón, en la pasión inocente que no se apaga.

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