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Pasión de Gavilanes Capítulo 102 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 102 Fuego en las Venas

La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto de terciopelo negro, punteado por las luces parpadeantes de los autos en Reforma. Gabriela se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, el aire cargado con el aroma dulce del café de olla que acababa de preparar. Llevaba un camisón de seda roja que rozaba su piel como una caricia prohibida, y el calor de la tarde aún se colaba por las ventanas entreabiertas. Frente a ella, la pantalla del televisor brillaba con la intensidad de un fuego lento.

Pasión de Gavilanes, capítulo 102, murmuró para sí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Era su guilty pleasure, esa telenovela colombiana que la tenía enganchada con sus dramas ardientes y amores imposibles. Javier, su amante de ojos negros y sonrisa pícara, acababa de llegar de su turno en la constructora. Olía a sudor fresco y a esa colonia barata que a ella le volvía loca, como a tierra mojada después de la lluvia.

—Órale, Gaby, ¿ya vas a ver el capítulo sin mí, mamacita? —dijo él, quitándose la camisa con un movimiento fluido que dejó al descubierto su pecho moreno y musculoso, marcado por el sol del norte.

Ella lo miró de reojo, mordiéndose el labio inferior.

Qué chingón está este pendejo, pensó, el corazón latiéndole más rápido que el tambor de una cumbia rebajada.
Javier se dejó caer a su lado, su muslo rozando el de ella, enviando chispas eléctricas por su espina dorsal.

El episodio empezó con la tensión habitual: los hermanos Reyes enfrentando a las Urrutia en una escena cargada de miradas que prometían tormentas. Gabriela sintió cómo su cuerpo respondía al ritmo de la música dramática, los pechos endureciéndose bajo la seda. Javier pasó un brazo por sus hombros, su mano grande bajando despacio hasta acariciar el nacimiento de su seno.

—Mira nomás cómo se miran esos dos, como si se fueran a comer vivos —susurró él al oído, su aliento cálido oliendo a mentas y cerveza artesanal.

Ella giró la cabeza, sus labios a centímetros de los de él. Quiero que me mires así, como si fuera la única mujer en el mundo, pensó, mientras la pantalla mostraba un beso robado bajo la luna. El deseo se enredaba en su vientre como una enredadera ardiente.

La primera pausa publicitaria llegó como un respiro necesario. Javier apagó el tele con el control remoto y se volteó hacia ella, sus ojos brillando con esa hambre que Gabriela conocía tan bien. Sus dedos trazaron la curva de su cuello, bajando hasta el escote, donde la piel se erizaba al contacto áspero de sus yemas callosas.

—No aguanto más, Gaby. Ese capítulo me prendió como diablo en cuerno.

Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en su garganta. Consiente y mutuo, siempre había sido su mantra. Lo jaló por la nuca, uniéndose en un beso que sabía a café y promesas. Sus lenguas danzaron, explorando con urgencia, mientras las manos de él subían por sus muslos, arrugando la seda hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas.

El sofá crujió bajo su peso cuando Javier la recostó, su cuerpo cubriéndola como una ola. Gabriela jadeó al sentir su erección presionando contra su monte de Venus, dura y palpitante a través de los jeans.

¡Ay, Diosito, qué rico se siente su verga contra mí!
Sus uñas se clavaron en su espalda, arañando lo justo para dejar marcas rosadas que él adoraba presumir.

Él bajó los tirantes del camisón, exponiendo sus pechos plenos, los pezones oscuros y erectos como bayas maduras. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas de placer directo a su clítoris. Gabriela arqueó la espalda, el olor de su propia excitación mezclándose con el almizcle masculino de Javier, creando un perfume embriagador que llenaba la habitación.

—Te voy a hacer mía despacito, carnalita —gruñó él, deslizando la mano dentro de sus bragas. Sus dedos encontraron su entrada resbaladiza, frotando el botón hinchado con círculos expertos. Ella gimió, las caderas moviéndose al ritmo de su toque, el sonido húmedo de su coño resonando como música prohibida.

Pero no querían prisa. Javier se incorporó, quitándose los pantalones con una lentitud tortuosa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta perlada de precúm. Gabriela la tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Es mía esta noche, pensó, mientras lo masturbaba despacio, saboreando el gemido gutural que escapó de su garganta.

Lo empujó contra el sofá y se montó a horcajadas, frotando su panocha mojada contra su longitud sin penetrar aún. El roce era exquisito, sus jugos lubricando cada centímetro, el calor de sus sexos fundiéndose. Javier agarró sus nalgas, amasándolas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne suave.

—Métetela ya, Gaby, no seas mala —suplicó él, la voz ronca de necesidad.

Ella sonrió, juguetona. Yo mando aquí. Bajó despacio, sintiendo cómo la cabeza abría su entrada, estirándola deliciosamente. Un suspiro largo escapó de ambos cuando se hundió hasta la base, su clítoris rozando el vello púbico de él. Comenzó a cabalgar, lento al principio, el slap-slap de sus cuerpos uniéndose como aplausos obscenos.

La tensión crecía con cada embestida. Gabriela sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretándose en su bajo vientre. Javier la sujetaba por las caderas, follando hacia arriba con fuerza controlada, sus bolas golpeando su culo. Sudor perlaba sus frentes, goteando entre sus pechos, salado en la lengua cuando él lo lamió.

En la pantalla, el capítulo seguía pausado, pero en su mente, Gabriela revivía las pasiones de Pasión de Gavilanes, capítulo 102: traiciones, celos, amores que ardían como brasas.

Pero esto es real, nuestro, puro fuego mexicano
, pensó, mientras aceleraba el ritmo. Javier gruñó, sus músculos tensándose, y ella sintió sus contracciones internas ordeñándolo.

El clímax la golpeó como un rayo. Gritó su nombre, el coño convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer empapando sus muslos. Javier la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él latiendo contra su pecho como un tambor de banda sinaloense.

Minutos después, envueltos en una manta suave, Javier encendió el tele de nuevo. El episodio continuaba, pero ahora lo veían con sonrisas cómplices, sus cuerpos aún entrelazados. Gabriela trazó círculos perezosos en su pecho, oliendo el sexo en el aire, ese aroma almizclado que prometía más noches así.

—Ese capítulo 102 siempre me pone cachonda —confesó ella, besando su hombro.

Él rio, apretándola más. Qué chido es tenerte, pensó él, mientras la pasión de la telenovela palidecía ante la suya propia. La noche se extendía infinita, llena de promesas sensuales, y en ese momento, nada más importaba que el calor de sus pieles unidas.

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