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Cristo Crucificado La Pasión Carnal de Cristo

7434 palabras

Cristo Crucificado La Pasión Carnal de Cristo

Era Viernes Santo en mi pueblo de Guanajuato, y el sol pegaba como si quisiera quemar hasta el alma. La plaza principal estaba a reventar de gente, todos con sus veladoras y rosarios, gritando "¡Ay mi Jesús!" mientras veían la representación de Cristo crucificado La Pasión de Cristo. Yo, Ana, estaba ahí parada entre la multitud, con el corazón latiéndome a mil por hora. No era por la fe, neta, era por él. El vato que hacía de Jesús, un morro alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo esa túnica raída. Cuando lo subieron al crucifijo de madera, con las manos clavadas y el cuerpo arqueado en agonía, sentí un calor entre las piernas que no era del sol. Su sudor brillaba en la piel, oliendo a tierra y hombre puro, y sus ojos, ay wey, me clavaron como si supiera que lo estaba devorando con la mirada.

¿Qué chingados me pasa? —pensé—. Esto es pecado, pero qué rico pecado.

El tamborileo de los atabales retumbaba en mi pecho, mezclándose con los gemidos fingidos del Cristo. Su pecho subía y bajaba, los pectorales tensos, y yo imaginaba mi lengua recorriendo ese camino de sudor salado. La gente lloraba a su alrededor, pero yo solo quería que bajara de esa cruz y me cargara a mí. Cuando terminó la obra, el aplauso fue ensordecedor, y él se bajó tambaleándose, aún con la corona de espinas falsa puesta. Nuestras miradas se cruzaron un segundo eterno. Sonrió de lado, como diciendo "Te vi, carnala". Me quedé helada, con las bragas empapadas.

Después de eso, la procesión se armó con todo: el Cristo cargando la cruz, la Virgen Dolorosa, y el olor a incienso invadiendo todo. Yo lo seguí de lejos, el corazón en la garganta. ¿Y si me acerco? ¿Y si le digo que su pasión me prendió fuego? Llegamos a la iglesia, y ahí, en el patio trasero donde guardaban las escenografías, lo vi solo, quitándose la túnica. Se llamaba Javier, supe después. Morro de veintiocho, carpintero de oficio, que hacía esto por tradición familiar. Me vio y no se espantó.

Órale, güerita, ¿vienes a confesar tus pecados? —me dijo con voz ronca, el cuerpo semidesnudo brillando bajo la luz de la luna que ya asomaba.

Me acerqué, temblando. Olía a sudor fresco, a madera del crucifijo y algo más, como almizcle de deseo. —Neta, tu Cristo crucificado me dejó loca. La Pasión de Cristo nunca la había sentido así de... carnal.

Se rio bajito, un sonido que me erizó la piel. —Ven, no muerdo... a menos que quieras. Me jaló suave por la mano, y entramos a un cuartito improvisado detrás del altar. Ahí estaba la cruz, recargada contra la pared, testigo muda. Nos besamos como hambrientos, sus labios gruesos sabiendo a sal y vino de la comunión que había fingido tomar. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo por mi blusa hasta encontrar mis chichis, endurecidas como piedras.

El beso se volvió feroz, lenguas enredadas, respiraciones jadeantes. Le arranqué la tela que le quedaba, revelando su verga ya tiesa, gruesa y venosa, palpitando contra mi muslo. —Chíngame como si fuera tu María Magdalena, Cristo mío —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

Acto dos: la escalada

Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps flexionados recordándome al crucifijo. Me sentó en una mesa vieja de madera, el mismo material áspero que rozaba su espalda horas antes. Desabroché mi falda, dejándola caer, y él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos. Su aliento caliente me hacía arquearme, el olor de mi propia excitación mezclándose con el suyo. —Estás chingona mojada, Ana —gruñó, y metió la lengua en mi concha, lamiendo despacio, saboreando cada pliegue. Gemí fuerte, agarrándole el pelo, el sabor de su boca en mi mente mientras él chupaba mi clítoris como si fuera el último sorbo de agua en el desierto.

Mi mente era un torbellino:

Esto es blasfemia pura, pero qué padre blasfemia. Su lengua es mi salvación, su verga mi cruz.
Le jalé para que se parara, y lo besé saboreándome en él. Le acaricié la verga, dura como el madero de la cruz, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. La masturbé lento, oyendo sus jadeos roncos, el sonido húmedo de mi mano en su piel. —Quiero montarte como a tu cruz, Javier.

Me volteó, apoyándome contra la pared fría de la iglesia, el eco de nuestros cuerpos chocando como un pecado amplificado. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité bajito, el estirón delicioso, su verga rozando cada nervio. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida un latigazo de placer. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne ahogando los rezos lejanos de la procesión.

Pero no era solo físico; neta, sentía su alma en la mía. —Eres mi redentora, Ana —me dijo al oído, mordiéndome el cuello mientras aceleraba. Yo le clavaba las uñas en la espalda, marcándolo como los clavos a Cristo. La tensión crecía, mis piernas temblando, el orgasmo acechando como la muerte en la cruz. Lo volteé, lo empujé contra la escenografía. Ahora él era el crucificado, yo la que lo poseía. Me subí encima, hundiéndome en su verga hasta el hueso, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis nalgas, guiándome, el sudor goteando de su frente como lágrimas de sangre.

Los sentidos explotaban: el sabor salado de su piel en mi boca, el olor almizclado de sexo puro, el tacto de sus músculos contraídos bajo mis palmas, el sonido de mis gemidos mezclados con los suyos —¡Más, chíngame más!—, y la vista de su rostro en éxtasis, ojos cerrados como en oración. La intensidad subía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro. Ya mero...

Acto tres: la resurrección

Explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como un terremoto, chorros de placer saliendo de mí, empapándolo todo. Él gruñó profundo, ¡Ana, mi puta santa!, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, el pulso de su verga vaciándose en mí. Nos quedamos pegados, jadeando, el aire espeso de nuestro aroma. Me derrumbé sobre su pecho, oyendo su corazón galopando como tambores de pasión.

Después, en el afterglow, nos vestimos despacio, riéndonos bajito. —Neta, eso fue mejor que cualquier misa —dijo él, besándome la frente. Yo asentí, sintiendo una paz chida, como si hubiéramos resucitado algo nuestro. Salimos del cuartito tomados de la mano, la cruz recargada viéndonos de reojo. La procesión seguía afuera, pero para nosotros, Cristo crucificado La Pasión de Cristo había cobrado vida carnal.

Caminamos por las calles empedradas, el fresco de la noche calmando nuestra piel ardiente. Hablamos de todo: de su vida como carpintero, de mis sueños de dejar el pueblo, de cómo esa noche nos había unido en algo más que sexo. —¿Volveremos a pecar? —le pregunté juguetona. —Todos los viernes, mi Magdalena —respondió con guiño.

Al día siguiente, en mi cama, reviví cada toque en mi mente, el fantasma de su verga aún latiendo en mí. No era solo un polvo; era redención en carne viva, pasión que trasciende la cruz. Y supe que mi Cristo crucificado había bajado por mí, no por todos.

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