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Las Pasiones del Alma en Frases Ardientes

6334 palabras

Las Pasiones del Alma en Frases Ardientes

Entré al café de Coyoacán con el corazón latiéndome a mil, ese lugar bohemio lleno de aromas a café de olla y pan dulce fresco que te envuelve como un abrazo caliente. Era una tarde de esas en que el sol de México pinta todo de dorado, y yo, Ana, andaba buscando inspiración para mis relatos. Llevaba mi libreta en la mano, garabateando las pasiones del alma frases que se me venían a la mente, palabras que ardían como chile en la lengua.

Ahí lo vi, sentado en una mesita junto a la ventana, con una sonrisa que parecía salida de un sueño. Diego, se llamaba, alto, moreno, con ojos negros que te miraban hasta el fondo del alma. Pedí un café cortado y me senté cerca, fingiendo leer, pero neta, mi mirada se clavaba en él. Olía a colonia fresca mezclada con el sudor ligero de la ciudad, un olor que me erizaba la piel.

¿Y si le hablo? ¿Y si este pendejo es el que enciende mis frases?

Él levantó la vista, me pilló mirándolo y soltó una carcajada suave. “Órale, güerita, ¿ya te conquisté con solo existir o qué?” dijo con esa voz ronca que vibra en el pecho. Me reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Empezamos a platicar, de libros, de la vida en el DF, y pronto sacó un cuaderno igualito al mío. “Mira, yo también escribo las pasiones del alma frases, esas que te queman por dentro.”

Me leyó una: “Tu alma se enciende cuando mi aliento roza tu piel, como fuego en la noche mexicana.” Sentí un cosquilleo entre las piernas, el pulso acelerado. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue tanto. El café humeaba entre nosotros, su vapor subiendo como deseo contenido.

La tarde se estiró, el sol bajando y tiñendo el café de rosas y naranjas. Hablamos de todo: de cómo el amor duele y goza como un buen tequila, de las noches en que el cuerpo pide a gritos ser tocado. Diego me tomaba la mano, sus dedos ásperos de artista rozando mi palma suave, enviando chispas por mi espina. Esto es el principio, Ana, no lo arruines por miedosa.

“¿Vienes a mi depa? Vivo cerquita, en una casa chiquita con jardín.” Su invitación fue como un susurro al oído, y yo, con el cuerpo ya encendido, dije que sí. Caminamos por las calles empedradas, el aire fresco de la noche trayendo olores a jazmín y tacos al pastor de la esquina. Su mano en mi cintura, firme pero suave, me hacía sentir mujer, poderosa.

Al llegar, su casa era un nido acogedor: velas de colores, posters de Frida y Diego Rivera, música de Carlos Gardel sonando bajito. Me sirvió un mezcal ahumado, el sabor terroso explotando en mi boca, quemándome la garganta. Nos sentamos en el sofá, cercanos, y él sacó su cuaderno otra vez.

“Déjame leerte más las pasiones del alma frases.” Su voz era miel caliente. “Tus labios son versos que mi lengua quiere devorar, tu piel un poema que mis manos recitan sin fin.” Me acerqué, mi aliento mezclándose con el suyo, olor a mezcal y hombre. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, explorando como turistas en una ciudad nueva. Su lengua danzó con la mía, saboreando el mezcal compartido, un beso que sabía a promesas.

Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Él gimió bajito, un sonido ronco que me mojó entera. Qué rico se siente esto, güey, como si el mundo se redujera a su boca. Me quitó la blusa despacio, sus dedos trazando mi espalda, erizándome la piel. Besó mi cuello, chupando suave, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume de gardenias.

Caímos al piso sobre una cobija gruesa, el suelo fresco contra mi espalda desnuda. Diego se arrodilló, besando mi vientre, bajando lento. “Eres preciosa, Ana, neta que me tienes loco.” Sus manos separaron mis muslos, y su aliento caliente rozó mi centro, haciendo que arqueara la cadera. Lamio despacio, su lengua cálida y hábil encontrando mi clítoris, succionando con maestría. Gemí fuerte, el placer subiendo como ola en la playa de Acapulco, sonidos de mi voz mezclándose con su jadeo.

Lo jalé hacia arriba, queriendo sentirlo todo. Le bajé el pantalón, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, oliendo a deseo puro. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, palpitando. “Te quiero adentro, cabrón, ya no aguanto.” Él se rio, juguetón, y se colocó entre mis piernas, frotando la punta contra mi entrada húmeda, lubricándonos mutuamente.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Dios mío, qué completo se siente, como si mi alma se uniera a la suya. Empezamos a movernos, ritmos lentos al principio, sus caderas chocando contra las mías con un slap suave y húmedo. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho, salado al lamerlo. Aceleramos, el sofá crujiendo cerca, la música ahora un fondo salvaje.

Sus manos amasaban mis nalgas, apretando fuerte, mientras yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. “Más duro, Diego, dame todo.” Él obedeció, embistiéndome profundo, el placer construyéndose como tormenta en el desierto sonorense. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, mi humedad chorreando entre nosotros, olor almizclado llenando la habitación.

El clímax llegó como volcán, mi cuerpo temblando, contrayéndome alrededor de él en espasmos. Grité su nombre, olas de éxtasis rompiendo, visión borrosa de luces. Él gruñó, profundo, y se vino dentro, caliente y abundante, pulsando conmigo. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas, corazones galopando al unísono.

Después, en la cama con sábanas frescas oliendo a lavanda, nos abrazamos. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. “Eso fueron las pasiones del alma frases hechas carne, ¿no?” murmuró, y reí suave, besando su frente.

Esto no es solo sexo, es poesía viva, y quiero más versos con él.

La noche nos envolvió, prometiendo más frases ardientes, más toques que queman el alma. En México, el amor se vive así: intenso, sin reservas, como un buen mole que pica y endulza al mismo tiempo.

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