Pasion Prohibida Capitulo 10 El Fuego que Quema el Alma
Ana se miró en el espejo del baño del hotel en Polanco, el corazón latiéndole como tambor de mariachi en fiesta. Llevaba un vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como manos ansiosas, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Esta noche no hay vuelta atrás, pensó, mientras se pasaba labial rojo sangre por los labios carnosos. Hacía meses que Marco y ella jugaban con fuego, esa pasion prohibida que los consumía desde que se conocieron en la boda de su mejor amiga, ahora esposa de él. Culpable, sí, pero el deseo era más fuerte que cualquier juramento.
El pasillo del hotel olía a jazmín y a promesas rotas. Ana caminó con tacones que resonaban como latidos acelerados, cada paso avivando el calor entre sus muslos. Llegó a la suite 1010, el número que Marco le había mandado por WhatsApp: "Capitulo 10 de nuestra pasion prohibida. Ven nena". Golpeó suave, y la puerta se abrió revelando a Marco, camisa desabotonada mostrando el pecho moreno y tatuado, ojos cafés brillando con hambre.
—Pásale, mamacita. Neta que te ves cañón —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Ana entró, el aire cargado de su colonia masculina mezclada con el aroma sutil de tequila reposado sobre la mesa. La habitación era lujo puro: cama king size con sábanas de hilo egipcio, luces tenues pintando sombras danzantes en las paredes. Se abrazaron apenas cruzó el umbral, sus cuerpos chocando como imanes. Sintió los músculos duros de él presionando contra su suavidad, el bulto en sus pantalones ya despierto rozándole el vientre.
—Wey, me tienes loca —susurró Ana, hundiendo la nariz en su cuello, inhalando ese olor a hombre que la volvía loca—. Tu carnal no sospecha nada, ¿verdad?
Marco rio bajito, manos bajando por su espalda hasta apretarle las nalgas con fuerza juguetona.
—Ese pendejo está en su mundo. Pero tú y yo... esto es nuestro. —La besó entonces, lento al principio, labios suaves explorando, lenguas danzando como en un tango prohibido. Ana saboreó el tequila en su boca, dulce y ardiente, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de él.
Acto primero de su noche: el coqueteo en el balcón. Salieron a tomar aire fresco de la ciudad, luces de Reforma parpadeando abajo como estrellas caídas. Marco la acorraló contra la barandilla, besos bajando por su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ana jadeó, el viento nocturno enfriando el rastro húmedo de su lengua. Siento su aliento caliente, su barba raspándome delicioso, pensó, arqueando la espalda. Manos expertas subieron el vestido, dedos rozando el encaje de su tanga, ya empapada.
—Estás mojada para mí, ¿eh? —murmuró él, voz grave vibrando contra su oreja.
—Sí, chulo. Tócame más —rogó ella, voz entrecortada.
Pero se detuvieron, riendo nerviosos. No querían apresurarse. Volvieron adentro, sirviéndose shots de tequila con sal y limón. Lamió la sal de su mano, chupó el limón de su boca, cada roce eléctrico. Conversaron de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de cómo extrañaban esto en sus vidas de casados infelices. La tensión crecía, invisible pero palpable, como tormenta antes de llover.
En el medio del acto, la escalada. Se tumbaron en la cama, Marco encima, peso delicioso oprimiéndola. Desabotonó el vestido con calma tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus pechos libres, pezones duros como piedras preciosas bajo su mirada. Qué rico se siente su boca, gimió Ana internamente cuando él los lamió, succionó, dientes rozando lo justo para enviar chispas al clítoris palpitante.
Manos de ella bajaron, desabrochando su cinturón, liberando la verga gruesa y venosa que saltó ansiosa. La tocó, piel aterciopelada sobre acero, pré-semen brillando en la punta. Marco gruñó, caderas moviéndose en su puño.
—Qué chingona mano tienes, Ana. Pero quiero más.
Ella se arrodilló, ojos fijos en los suyos, lengua plana lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando salado almizcle. Lo tomó en la boca, profunda, garganta relajada por práctica. Sonidos húmedos llenaron la habitación, succiones, gemidos ahogados. Marco enredó dedos en su melena, guiándola suave, nunca forzando. Esto es poder, pensó ella, mirándolo deshacerse.
La volteó, boca hambrienta entre sus piernas. Ana abrió amplio, exponiendo la panocha hinchada, jugos brillando. Lengua de él trazó círculos en el clítoris, dedos curvándose adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Olor a sexo puro, dulce y almizclado, mezclándose con sudor. Gritó su nombre, caderas buckeando contra su cara, orgasmo construyéndose como ola gigante.
—¡Marco, no pares! ¡Me vengo! —chilló, explosión sacudiéndola, piernas temblando, jugos inundando su boca.
Él subió, verga rozando su entrada húmeda. Se miraron, consentimiento mudo en ojos nublados de lujuria.
—Entra, amor. Fóllame duro —pidió ella, uñas clavándose en su espalda.
Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Lleno total, pulsando dentro. Ritmo empezó suave, piel contra piel chocando suave, luego feroz, cama crujiendo, cabezas golpeando cabecera. Sudor perlando cuerpos, pechos rebotando, bolas azotando su culo. Ana clavó talones en su espalda, internalizando cada embestida: Siento cada vena, cada pulso. Es mío esta noche.
Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgando como amazona. Manos en su pecho, melena cayendo salvaje, caderas girando, apretando interno. Marco gruñía, pellizcando pezones, pulgares en clítoris. Segundo orgasmo la golpeó, paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
—¡Ana, carajo! —rugió, volteándola a perrito, embistiendo profundo, manos en caderas. El clímax lo alcanzó, chorros calientes llenándola, gemido gutural vibrando aire.
Colapsaron, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Afterglow dulce: besos perezosos, dedos trazando patrones en piel húmeda. Olor a sexo impregnado, sábanas revueltas testigos mudos.
En su mente, Ana sonrió: Pasion prohibida capitulo 10 completado. ¿Cuándo el 11?
Marco la abrazó fuerte, susurros de cariño prohibido.
—Eres mi vicio, nena. No puedo sin ti.
Ella besó su hombro, sabiendo que volverían. La culpa vendría mañana con el sol, pero esta noche, el fuego los consumía perfectos. Se durmieron así, cuerpos fundidos, almas enredadas en secreto ardiente.