Pasion Prohibida Capitulo 107 Completo
La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de los autos ricos reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. Ana se miró en el espejo del lobby del hotel, ajustándose el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante impaciente. Neta, ¿qué chingados estoy haciendo? pensó, mientras el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el olor a café recién molido del bar cercano. Hacía meses que esta pasión prohibida la consumía, como si fuera el guion de una telenovela que no podía apagar.
Diego la esperaba en la suite, el wey que le robaba el aliento cada vez que sus miradas se cruzaban en las fiestas familiares. Él era el hijo del socio traidor de su papá, el enemigo juramentado de su familia en el mundo de los negocios inmobiliarios. Pero ¿a quién le importaba eso cuando sus cuerpos gritaban por unirse? Ana subió en el elevador, sintiendo el pulso acelerado en su cuello, el roce suave de la seda contra sus muslos. El ding del piso la sacó de su trance, y ahí estaba él, recargado en la puerta con esa sonrisa pícara que la derretía.
—Ven acá, mi reina —le dijo Diego con voz ronca, jalándola adentro con un brazo fuerte que olía a colonia cara y a deseo puro. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el mundo exterior. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el tequila reposado que él había probado antes. Ana sintió el calor de su lengua explorando la suya, el vello de su barba raspando deliciosamente su piel sensible.
Esto es nuestro Capítulo 107 completo de esta pasión prohibida, y no me arrepiento de ni una página, se dijo Ana mientras sus manos subían por la camisa de él, desabotonándola con dedos temblorosos.
Acto primero: la habitación era un nido de lujo, con sábanas de algodón egipcio y velas parpadeando que proyectaban sombras danzantes en las paredes. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la tela. La depositó en la cama, besando su cuello, inhalando el sudor ligero que ya perlaba su piel. —Te extrañé tanto, pinche loca —murmuró él, mordisqueando su oreja. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por el zumbido del aire acondicionado y la lluvia que repiqueteaba en la ventana.
Sus manos expertas bajaron el zipper del vestido, revelando la lencería negra de encaje que ella había elegido pensando en él. El aire fresco besó sus pechos expuestos, endureciendo sus pezones al instante. Diego los miró con hambre, lamiendo sus labios. —Estás de infarto, Ana. Eres mi vicio. —Sus dedos trazaron círculos lentos alrededor de uno, luego lo chupó con delicadeza, succionando hasta que ella jadeó, clavando las uñas en su espalda. El sabor salado de su piel lo enloquecía, mezclado con el dulzor de su loción.
Ana no se quedó atrás. Desabrochó el cinturón de Diego, liberando su erección dura como piedra. La tomó en su mano, sintiendo el pulso latiendo contra su palma, el calor irradiando. —Órale, wey, mírate —le dijo juguetona, acariciándolo de arriba abajo con movimientos firmes. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, empujándola suavemente contra las almohadas. La tensión crecía como una tormenta, cada roce electricificando el aire entre ellos.
En el medio del acto, la cosa se puso intensa. Diego se quitó la ropa restante, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue, marcado por horas en el gym de Las Lomas. Se posicionó entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Ana temblaba, sus pensamientos un torbellino: Mi familia me mataría si supiera, pero neta, esto vale cada riesgo. Es como si estuviéramos escribiendo el Capítulo 107 completo de nuestra pasión prohibida, sin censura.
Su lengua encontró su clítoris, lamiendo con maestría, círculos lentos que la hicieron arquearse y gemir alto. —¡Ay, Diego, no pares, cabrón! —suplicó ella, enredando los dedos en su cabello oscuro. Él obedeció, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El sonido húmedo de sus movimientos se mezclaba con sus jadeos, el olor a sexo llenando la habitación como incienso prohibido. Ana sintió el orgasmo construyéndose, una ola caliente en su vientre, hasta que explotó en espasmos, gritando su nombre mientras su cuerpo convulsionaba.
Diego subió, besándola para que probara su propio sabor en sus labios. —Ahora tú me vas a volver loco —le dijo, guiándola para que se arrodillara. Ana lo tomó en su boca con avidez, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con ritmo experto. Él jadeaba, sujetando su cabeza con ternura, no la voy a dejar ir nunca, esta mujer es mía, pensó. Los gemidos de él eran música, graves y urgentes, mientras ella aceleraba, sintiendo cómo se hinchaba más en su garganta.
Pero querían más. La subió a horcajadas sobre él, sus pechos rozando su torso sudoroso. Ana se hundió lentamente en su miembro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo, el estiramiento delicioso. —¡Qué rico, amor! —exclamaron al unísono, moviéndose en sincronía. El slap de piel contra piel resonaba, sus cuerpos brillantes de sudor, el olor a ellos dos embriagador. Diego apretaba sus caderas, guiándola más rápido, mientras ella clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas.
La intensidad subía: cambiaron a misionero, él embistiéndola profundo, besos fieros y lenguas enredadas. Ana envolvía sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo cada vena, cada pulso. Esto es puro fuego, nuestra pasión prohibida en su Capítulo 107 completo, reflexionaba en medio del éxtasis. Diego gruñía contra su cuello, —Te amo, Ana, aunque sea un pecado —confesó, acelerando hasta que ambos alcanzaron el clímax juntos. Ella se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se vaciaba dentro con un rugido primal, oleadas de placer sacudiéndolos.
En el final, yacían enredados, el afterglow envolviéndolos como una manta cálida. La lluvia había cesado, dejando solo el latido compartido de sus corazones y el aroma persistente de sexo y amor. Diego trazaba patrones perezosos en su espalda, besando su frente. —Esto no termina aquí, mi vida. Somos más que un capítulo —le susurró.
Ana sonrió, acurrucándose contra su pecho, el sabor de él aún en sus labios. Este capitulo 107 completo de nuestra pasión prohibida fue perfecto, y vendrán más, pensó, mientras el sueño los reclamaba, dejando una promesa de futuros encuentros en el aire nocturno de la ciudad.