Pasión Prohibida Final
El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el patio de la casa de mis suegros, con ese calor pegajoso que se te mete en la piel como un amante insistente. Yo, Ana, estaba ahí parada, sirviendo refrescos en vasos helados que sudaban gotitas frías, mientras el olor a barbacoa de carne asada flotaba en el aire, mezclado con el humo dulzón de las cebollas caramelizadas. Mi marido Luis charlaba animado con su carnal Marco, los dos riendo a carcajadas por alguna tontería de la infancia. Pero mis ojos, neta, no se despegaban de Marco. Ese wey con su camiseta ajustada que marcaba los músculos del pecho, el sudor brillándole en el cuello moreno, y esa sonrisa pícara que me hacía sentir un cosquilleo traicionero entre las piernas.
"¿Por qué chingados me pasa esto? Es el hermano de mi marido, pendejo deseo que no debería ni nombrar."Pensé mientras le pasaba un vaso, y nuestros dedos se rozaron un segundo de más. Su piel áspera, cálida, envió una descarga eléctrica directo a mi centro. Él me miró fijo, con esos ojos cafés que prometían pecados, y yo aparté la vista, fingiendo interés en el mantel floreado.
La familia estaba completa: tías gordas platicando de chismes, primos correteando con chelas en mano, y el mariachi de fondo tocando La Bikina con trompetas que vibraban en el pecho. Pero para mí, el mundo se reducía a él. Habían pasado meses desde esa noche en la boda de mi cuñada, cuando bailamos pegaditos y su aliento caliente me rozó la oreja susurrando "Ana, tú me vuelves loco". Desde entonces, la pasión prohibida ardía en secreto, mensajes coquetos en el celular que borraba rápido, miradas robadas en las reuniones familiares. Luis, mi buen Luis, ni en cuenta. Él era el estable, el proveedor, pero Marco... Marco era fuego puro.
La tarde avanzaba, el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y rosa, como un beso ardiente. Todos entraron a cenar, pero yo me quedé recogiendo, pretextando cansancio. Sentí sus pasos detrás de mí. Órale, corazón latiendo como tamborazo. Se acercó por la espalda, su cuerpo grande envolviéndome sin tocarme aún, solo el calor irradiando.
"Ana, ¿todo chido?", murmuró, su voz grave como ronca de tequila.
"Sí, wey, ¿y tú?", respondí, fingiendo normalidad, pero mi voz salió temblorosa, traidora.
Sus manos se posaron en mis caderas, firmes pero suaves, y me giró despacio. Olía a hombre: sudor limpio, loción barata con notas de madera, y algo más, ese aroma almizclado de deseo que me hacía mojarme sin remedio. Nuestros labios se encontraron en un beso feroz, hambriento, lenguas enredándose con sabor a refresco de tamarindo y sal de la carne. Gemí bajito contra su boca, mis pechos aplastándose contra su torso duro.
"Esto es una locura, pero no mames, lo necesito. Solo esta vez, la final."
Me levantó en brazos como si nada, y corrimos a la recámara de huéspedes al fondo del pasillo, lejos de las risas de la familia. Cerró la puerta con llave, y el clic fue como un disparo de inicio. Me tiró en la cama con sábanas frescas que olían a lavanda del tendedero, y se quitó la camisa de un jalón, revelando ese abdomen marcado por horas en el gym del barrio. Yo me desabroché el vestido floreado, dejándolo caer al piso, quedando en brasier de encaje rojo y tanguita que ya estaba empapada.
Sus ojos me devoraban, recorriendo mis curvas generosas, mis nalgas redondas, mis pezones duros asomando. "Eres una diosa, Ana", gruñó, arrodillándose entre mis piernas abiertas. Sus manos grandes subieron por mis muslos, ásperas de trabajar en la construcción, rozando la piel sensible del interior hasta llegar a mi concha hinchada. Metió los dedos por un lado de la tanga, tocando mi clítoris con círculos lentos, y yo arqueé la espalda, jadeando, el aire cargado de mi aroma dulce y salado.
"Marco... ay, cabrón, no pares", suplico, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Él sonrió malicioso, bajando la cabeza para lamer mi humedad, lengua plana y caliente lamiendo desde el ano hasta el botón, chupando con succión que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chap chap de su boca devorándome, mis gemidos ahogados contra la almohada. Sentía mi jugo corriendo por sus labios, su barba raspándome delicioso.
La tensión crecía como tormenta en el cerro, mi cuerpo temblando, cojeando al borde. Pero él se detuvo, quitándose los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precum. Neta, era más grande que la de Luis, palpitando con vida propia. Me jaló al borde de la cama, colocándome de rodillas, y la embutió en mi boca de un empujón suave. Saboreé su piel salada, venas gruesas deslizándose en mi lengua, hasta la garganta. Él gemía ronco, "Qué rica mamada, mami", manos enredadas en mi pelo largo, follando mi cara con ritmo creciente.
Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándome a horcajadas. Tomé su polla dura, frotándola contra mi raja empapada, lubricándola con mis jugos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Puta madre! El placer era punzante, mi concha apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando mi piel oliva. Él me amasaba las nalgas, azotando suave, plaf plaf, el sonido ecoando en la habitación.
"Esta pasión prohibida tiene que acabar aquí, esta noche es el final. No puedo seguir traicionando a Luis, pero órale, qué chingón se siente."
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, polla golpeando mi cervix con cada pum pum, mis piernas enredadas en su cintura. Besos salvajes, mordidas en el cuello que dejarían marcas escondidas bajo el escote. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, olor a sexo crudo impregnando el aire. Mi clítoris rozaba su pubis peludo, acumulando placer hasta el punto de no retorno.
"Me vengo, Marco... ¡me vengo!", grité bajito, mi concha convulsionando, ordeñando su verga en oleadas de éxtasis. Él rugió, clavándose hasta el fondo, chorros calientes de semen inundándome, mezclándose con mis jugos que chorreaban por mis muslos.
Colapsamos, jadeantes, su peso delicioso sobre mí. El corazón tronando en sincronía, pieles pegajosas enfriándose. Besos suaves ahora, caricias en la espalda. "Esto fue el final, ¿verdad?", murmuró él, voz ronca de satisfacción.
"Sí, carnal. La pasión prohibida final. Por Luis, por nosotros. Pero gracias, wey, por hacerme sentir viva."
Nos vestimos en silencio, robándonos últimos roces. Salimos por separado, yo con las mejillas sonrojadas y un paso flojo, disimulando entre la familia que ya cantaba rancheras con guitarras. Esa noche, en la cama con Luis dormido a mi lado, sentí el semen de Marco aún goteando dentro, un secreto cálido. Mañana todo volvería a la normalidad, pero en mi alma quedaría grabado ese fuego eterno, ese clímax prohibido que me hizo mujer completa.