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Pasión de Gavilanes Capítulo 186 Noche de Fuego Prohibido

6685 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 186 Noche de Fuego Prohibido

Tú estás recostada en el amplio sofá de la sala de tu hacienda en las afueras de Guadalajara, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que tu carnal acaba de cortar del jardín. La televisión parpadea con las luces vibrantes de Pasión de Gavilanes capítulo 186, esa escena donde los amantes se miran con ojos que arden como brasas, prometiendo una entrega total. El sonido de la telenovela llena el cuarto: suspiros ahogados, música de violines que sube y baja como el pulso de un corazón enamorado. Sientes el calor de su cuerpo pegado al tuyo, Javier, tu hombre, ese vato alto y moreno con manos callosas de tanto trabajar la tierra, pero que te toca como si fueras cristal fino.

«Neta, esta novela me prende tanto», piensas, mientras tu piel eriza bajo la blusa ligera de algodón que deja ver el encaje negro de tu brasier.
Javier gira la cabeza, su aliento cálido rozando tu oreja, oliendo a tequila reposado y tabaco fresco. «¿Verdad, mi reina? Mira cómo se comen con los ojos esos dos. Me dan ganas de hacer lo mismo contigo.» Su voz grave, con ese acento jaliciense que te derrite, te hace apretar los muslos instintivamente. El deseo ya late en tu vientre, un cosquilleo húmedo que se expande como miel caliente.

La escena avanza: en la pantalla, el galán besa el cuello de la mujer con hambre contenida, y tú sientes los labios de Javier imitando el gesto en tu propia piel. Su boca es fuego líquido, succionando suavemente justo debajo de la mandíbula, donde tu pulso galopa como caballo desbocado. ¡Órale! Tus manos suben a su nuca, enredándose en el cabello negro y revuelto, tirando un poquito para acercarlo más. El roce de su barba incipiente raspa deliciosamente, enviando chispas directas a tu centro.

Apaga la tele con el control remoto, pero la pasión de Pasión de Gavilanes capítulo 186 ya está encendida en ustedes. «Ven, mi amor, hagamos nuestra propia novela», murmura él, levantándote en brazos como si no pesaras nada. Tus piernas se envuelven alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su verga presionando contra tu entrepierna a través de los jeans. El pasillo hacia la recámara huele a madera de cedro y jazmín nocturno; cada paso hace que su miembro roce tu clítoris hinchado, arrancándote gemidos bajitos. «¡Ay, Javier, no mames, me vas a matar así!»

En la recámara, la cama king size con sábanas de satén color crema los espera bajo la luz tenue de las velas que parpadean en la mesita. Te deja caer suavemente, sus ojos devorándote mientras te quitas la blusa con lentitud provocadora, dejando que el encaje negro reluzca contra tu piel morena. Él se arrodilla al borde de la cama, besando tu ombligo, bajando despacio hacia el botón de tus shorts. El aire fresco besa tus pechos expuestos cuando desabrochas el brasier, los pezones endureciéndose al instante como cerezas maduras. Su lengua lame uno, chupando con succión experta, mientras su mano masajea el otro, pellizcando justo lo suficiente para que arquees la espalda y gimas: «¡Sí, cabrón, así!»

El medio: la tensión sube como tormenta en el horizonte. Javier te desnuda por completo, sus dedos trazando caminos de fuego por tus muslos internos, oliendo tu excitación almizclada que impregna el aire. «Qué rico hueles, mi chula, a mujer en celo», gruñe, separando tus piernas con gentileza pero firmeza. Tú lo miras, el corazón latiéndote en la garganta, recordando las miradas intensas de la novela.

«Esto es mejor que cualquier capítulo, neta que sí»
, piensas, mientras su boca encuentra tu panocha empapada. La lengua plana lame desde el perineo hasta el clítoris, saboreando tus jugos salados y dulces a la vez. El sonido húmedo de su lamida se mezcla con tus jadeos, el colchón crujiendo bajo tus caderas que se menean solas.

Quieres corresponder; lo empujas hacia atrás, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Su verga salta libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. La tocas, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada, y te la llevas a la boca con devoción. Él gime ronco: «¡Madre santa, qué mamada tan chingona das!» El sabor salado invade tu lengua, mientras succionas la punta, lamiendo el surco sensible. Sus manos en tu cabello guían sin forzar, el ritmo acelerándose. Sientes su vientre contra tu frente, el olor masculino de su sudor fresco mezclándose con el tuyo.

Pero no lo dejas acabar aún; lo montas a horcajadas, frotando tu humedad contra su longitud dura. «Te necesito adentro, Javier, ya no aguanto.» Él asiente, ojos nublados de lujuria, y te penetra de un solo empujón fluido. ¡Dios! La plenitud te estira deliciosamente, cada vena rozando tus paredes internas. Empiezas a cabalgar, lento al principio, sintiendo cómo entra y sale, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sus manos aprietan tus nalguitas, amasándolas, un dedo rozando tu ano para más placer. El sudor perla vuestros cuerpos, goteando entre tus pechos que rebotan con cada embestida.

La intensidad crece: cambian posiciones, él encima ahora, embistiéndote profundo mientras te besa con lengua hambrienta, mordisqueando tu labio inferior. Tus uñas arañan su espalda musculada, dejando surcos rojos. «¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!» gritas, y él obedece, el catre golpeando la pared al ritmo frenético. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola desde los dedos de los pies hasta la coronilla, el clítoris frotándose contra su pubis púbico. Él jadea en tu oído: «Me vengo contigo, mi vida, ¡juntos!»

El final: la liberación explota como fuegos artificiales en el cielo de Guadalajara. Tu coño se contrae en espasmos, ordeñando su verga mientras chorros calientes de semen te llenan, mezclándose con tus jugos que corren por tus muslos. Gritas su nombre, el mundo blanco y estrellado, el olor a sexo crudo impregnando todo. Él colapsa sobre ti, pesados jadeos sincronizados, besos suaves en tu frente empapada.

Después, en el afterglow, se acurrucan bajo las sábanas revueltas, el aire fresco de la noche entrando por la ventana entreabierta, trayendo ecos lejanos de mariachis. Su mano acaricia tu vientre plano, trazando círculos perezosos. «Eso fue mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 186, ¿no, mi reina?» Tú ríes bajito, besando su pecho salado.

«Mucho mejor, carnal. Tú eres mi galán eterno.»
El corazón pleno, el cuerpo saciado, sabes que esta pasión no acaba aquí; es solo el principio de muchas noches así, ardientes y tuyas.

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