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Pasión Deportiva BC Desnuda

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Pasión Deportiva BC Desnuda

El sol de Rosarito pegaba como boxeador en el cuadrilátero, y la arena de la playa se sentía caliente bajo mis pies descalzos. Yo, Ana, había llegado temprano al torneo Pasión Deportiva BC, ese evento que cada verano junta a lo mejor del voleibol playero en Baja California. El olor a sal del mar se mezclaba con el humo de las parrilladas cercanas y el sudor fresco de los cuerpos en movimiento. Mi equipo, las Tiburonas del Pacífico, estaba listo para romperla. Llevaba mi bikini deportivo negro ajustado, que marcaba mis curvas sin piedad, y el top empapado ya de anticipación.

Desde la red, vi cómo se armaban los equipos. Ahí estaba él, Marco, el capitán de los Lobos de Ensenada. Alto, moreno, con músculos tallados por horas de entrenamiento y esa sonrisa pícara que gritaba trouble. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo mientras calentábamos, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la arena se me metiera por dentro.

Órale, güey, ¿por qué me mira así? Neta que este torneo se va a poner interesante
, pensé, mientras lanzaba la pelota con más fuerza de la necesaria.

El primer set fue un pinche baile. Nuestros equipos chocaban como olas furiosas. Cada salto, cada bloqueo, hacía que el sudor corriera por mi espalda, pegajoso y salado. Escuchaba los gritos de la multitud: "¡Vamos, Tiburonas!", "¡Lobos, no se rajen!". Marco saltaba para rematar, y su cuerpo en el aire era poesía pura: pectorales tensos, abdominales marcados brillando bajo el sol, el short flojo dejando ver el bulto que me distraía más que la pelota. En un punto, nuestras manos se rozaron al pelear la bola; su piel áspera y caliente contra la mía fue como un chispazo. Me miró fijo, mordiéndose el labio. ¿Coincidencia o qué?

Perdimos el primer set por poco, 22-25. En el descanso, me acerqué a la mesa de aguas, jadeando. Él estaba ahí, bebiendo de una botella, el agua goteando por su barbilla hasta el pecho. "Buen juego, tiburona", dijo con voz ronca, ese acento bajacaliforniano que suena a mar y tequila. "Tú tampoco estás mal, lobo. Pero la próxima te comemos vivo", respondí, guiñándole un ojo. Nuestras miradas se engancharon, y el aire se cargó de algo eléctrico, más denso que la humedad del Pacífico.

El segundo set escaló la cosa. Cada punto era personal. Yo remataba con toda la furia, sintiendo mis pechos rebotar, el bikini hundiéndose en mi piel húmeda. Él bloqueaba como un muro, y cuando fallaba, maldecía bajito: "¡Puta madre!". En un rally eterno, nos quedamos frente a frente al otro lado de la red. Sus ojos bajaron a mi boca, a mi cuello sudado. Mi pulso se aceleró, no solo por el juego.

Quiero que me agarre ya, neta. Esta pasión deportiva BC me está volviendo loca
. Ganamos 25-23, empatando el partido. La multitud rugía, pero yo solo oía mi corazón latiendo como tambor.

El set decisivo fue fuego puro. El sol bajaba un poco, tiñendo el cielo de naranja, pero el calor entre nosotros subía. Sudor goteaba de mi frente al escote, y sentía mis pezones duros rozando la tela. Marco gritaba órdenes a su equipo, voz grave que me erizaba la piel. En el punto clave, 24-23 a nuestro favor, él saltó para rematar directo a mí. Bloqueé perfecto, y la pelota voló fuera. ¡Victoria! Mis compañeras me abrazaron, saltando, cuerpos pegajosos chocando. Pero mis ojos buscaban a Marco. Él aplaudía desde el otro lado, asintiendo con respeto... y hambre.

Después del partido, mientras recogíamos las redes, se acercó. "Felicidades, Ana. Eres una chingona". Su mano en mi hombro era pesada, cálida, enviando ondas hasta mis muslos. "Gracias, Marco. Tú tampoco te quedas atrás. ¿Celebramos?". Sonrió, mostrando dientes perfectos. "En mi cabaña, a dos cuadras. Hay chelas frías y vista al mar". No lo pensé dos veces. Caminamos por la playa, pies hundiéndose en la arena tibia del atardecer. El viento traía olor a yodo y jazmín silvestre. Hablamos de todo: de cómo empezó la Pasión Deportiva BC como un torneo chiquito y ahora era legendario, de sueños de ir a competencias nacionales, de lo que el deporte hace con el cuerpo... y el alma.

La cabaña era rústica, de madera con hamaca en el porche. Adentro, luz tenue, ventilador zumbando. Abrió chelas, el pop del corcho rompiendo el silencio. Brindamos, espuma fría en labios. "A la pasión", dijo, ojos clavados en mí. Nuestras rodillas se tocaron en el sofá. El aire olía a su colonia mezclada con sudor seco, masculino y adictivo. "Sabes, desde que te vi en la cancha, no pude dejar de imaginarte así", murmuró, mano subiendo por mi muslo. Mi piel ardía bajo su toque. "Yo igual, wey. Ese remate tuyo me mojó más que el mar". Reí, pero era verdad; sentía mi centro palpitando, húmedo.

Nos besamos como si el mundo se acabara. Sus labios gruesos, urgentes, sabían a cerveza y sal. Lenguas enredadas, manos explorando. Le quité la playera, revelando ese torso esculpido, vello oscuro bajando al ombligo. Lamí su pecho, gusto salado en mi lengua, oyendo su gemido grave: "¡Carajo, Ana!". Él desató mi bikini, pechos libres saltando. Sus manos grandes los amasaron, pulgares en pezones, tirando suaves. Jadeé, arqueándome.

Su piel quema, huele a hombre de playa, a deseo puro. No pares
.

Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Colchón hundió bajo nosotros. Besos bajaron por mi cuello, mordidas suaves dejando marcas rojas. Chupó mis tetas, lengua girando, succionando hasta que grité: "¡Más, pendejo!". Sus dedos bajaron mi short, hallando mi coño empapado. "Estás chorreando, tiburona", gruñó, metiendo dos dedos lentos, curvándolos. El sonido húmedo, chapoteo obsceno, me volvía loca. Bombeaba, pulgar en clítoris, mientras lamía mi ombligo. Olía mi excitación, almizclada y dulce.

No aguanté más. Le bajé el short, liberando su verga dura, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándola firme. Él siseó: "¡Así, güey!". Me puse de rodillas, lengua lamiendo la cabeza salada, tragando hasta la garganta. Él enredó dedos en mi pelo, follando mi boca suave. Gemidos suyos, roncos, vibraban en mí.

Me volteó boca arriba, piernas abiertas. "Te voy a follar como en la cancha", prometió. Entró despacio, estirándome delicioso. Lleno, pulsando. Empezó lento, caderas girando, rozando mi punto G. El slap de piel contra piel, sudor volando, mar rugiendo afuera. Aceleró, embestidas profundas, tetas rebotando. "¡Duro, Marco! ¡Rompe mi pasión deportiva!", grité. Él obedeció, martillando, bolas golpeando mi culo. Sentí el orgasmo subir, tidal wave. "¡Me vengo!", aullé, coño apretándolo como puño, jugos chorreando.

Él siguió, gruñendo: "¡Aguanta, chingada!". Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje. Sus manos en mis caderas, guiando. Reboté, clítoris frotando su pubis, vista de su cara extasiada. Olía nuestro sexo, intenso, animal. "¡Córrete dentro!", supliqué. Se tensó, rugió mi nombre, chorros calientes llenándome, desbordando.

Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. El ventilador secaba nuestro sudor lento. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue mejor que ganar el torneo", murmuró, acariciando mi espalda. Reí bajito. "La Pasión Deportiva BC siempre deja huella". Afuera, la noche bajaba, estrellas sobre el Pacífico. Me quedé ahí, en sus brazos, sintiendo el latido compartido, el afterglow envolviéndonos como manta tibia. Mañana otro partido, pero esta noche, éramos invencibles.

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