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Pasión Americanista Carnal

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Pasión Americanista Carnal

El Estadio Azteca rugía como un volcán en erupción esa noche de sábado. Yo, Karla, una americanista de hueso colorado, me había colado en la grada de sol cerca del medio tiempo. La pasión americanista me corría por las venas como tequila puro, el amarillo y azul de las chamarras ondeando alrededor mío. El olor a hot dogs chamuscados, cerveza derramada y sudor colectivo me envolvía, mientras los gritos de ¡Sí se puede! retumbaban en mi pecho. Llevaba mi playera ajustada del Henry Martín, que me marcaba las curvas justito, y unos shorts que dejaban ver mis piernas bronceadas por el sol de la CDMX.

Ahí lo vi por primera vez. Un wey alto, moreno, con el torso tatuado bajo una camiseta de América sin mangas, gritando goles con los ojos brillando de esa pasión americanista que solo los verdaderos carnales entienden. Se llamaba Alex, lo supe después, cuando nuestras miradas se cruzaron durante un córner. Él sonrió, yo le devolví la guiñada, y neta, sentí un cosquilleo en el estómago que no era solo por la adrenalina del partido.

¿Qué pedo con este pendejo? Pienso, mientras mi pulso se acelera. Su mirada me recorre como si ya me estuviera desnudando, y yo, qué chido, siento que mi piel se eriza bajo la playera sudada.

América metió el golazo del triunfo en el minuto 87, y la grada explotó. Saltamos juntos, chocando cuerpos en el éxtasis colectivo. Sus manos rozaron mis caderas al celebrarlo, un toque fugaz pero eléctrico, como un chispazo en la noche húmeda. Olía a hombre, a colonia barata mezclada con el aroma terroso del césped lejano y el humo de los cuervos pirotécnicos.

Después del pitazo final, la afición no paraba de corear. Bajamos despacio, perdidos en la marea humana, hasta que terminamos en un bar chido cerca del estadio, uno de esos con pantallas gigantes repitiendo jugadas y mesas llenas de chelas heladas. Pedimos dos Indias frías, el vidrio empañado goteando en mis dedos calientes.

—Órale, morra, qué pasión americanista la tuya —me dijo Alex, su voz grave cortando el ruido del lugar, mientras chocábamos botellas–. Neta, te vi en la grada y pensé: esa chava es de las buenas, americanista hasta los huesos.

Reí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Y tú, carnal, con esos gritos parecías que ibas a comerte al portero. Me prendiste con esa energía.

Conversamos de partidos épicos, de traiciones del TRI, de cómo el América nos unía en esta ciudad caótica. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía dejar de notar cómo su camiseta se pegaba a los músculos del pecho, sudados por el calor de la noche. El bar olía a limones exprimidos en las micheladas, a papas fritas con chile y a esa tensión creciente entre nosotros, como el preludio de un penal decisivo.

Una hora después, sus dedos rozaron los míos al pasar la sal para las chelas. No los quité. En cambio, apreté su mano, sintiendo la aspereza de su palma callosa, de tanto trabajar quién sabe dónde, pero con esa fuerza que me hacía imaginar otras presiones.

Quiero que me toque más, pienso, mientras mi corazón late como tambores americanistas. Esta pasión americanista nos está llevando a otro nivel, y qué rico se siente dejarse llevar.

Salimos del bar tambaleantes no por el alcohol, sino por el fuego que nos consumía. Caminamos por Insurgentes, el tráfico zumbando a lo lejos, luces de autos reflejándose en charcos recientes de lluvia. Me jaló hacia un callejón discreto, iluminado por un farol anaranjado, y me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y sal, su lengua explorando la mía con urgencia contenida. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro revuelto, oliendo a shampoo de herbolaria y hombre en celo.

—Ven conmigo —me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo–. Mi depa está cerca, en Narvarte. Nada fancy, pero lo suficientemente chido para esto.

Asentí, empoderada en mi deseo, porque neta quería esto tanto como él. Tomamos un Uber rápido, las manos entrelazadas en el asiento trasero, dedos trazando círculos en las palmas, promesas silenciosas. El conductor ni nos peló, y el trayecto se sintió eterno, con mi piel ardiendo bajo la playera.

En su depa, un lugar sencillo con posters de América en las paredes y una cama king size que parecía esperarnos, nos desnudamos con calma al principio. Él me quitó la playera despacio, besando mi clavícula, inhalando el olor salado de mi sudor mezclado con perfume de vainilla. Yo le bajé los bóxers, admirando su verga dura, palpitante, lista para mí. Tocarla fue como agarrar un trofeo: gruesa, venosa, caliente como el sol de mediodía en el Azteca.

—Qué rica estás, Karla —gruñó, mientras sus manos amasaban mis tetas, pulgares rozando los pezones endurecidos. Yo arqueé la espalda, gimiendo, el sonido de mi voz rebotando en las paredes desnudas.

Nos tumbamos en la cama, sábanas frescas contra nuestra piel febril. Él besó mi cuello, bajando por el valle de mis senos, lamiendo hasta mi ombligo. El olor de nuestra excitación llenaba la habitación: almizcle dulce, fluidos preparándose. Introduje mis uñas en su espalda, arañando suave, mientras él separaba mis muslos y hundía la cara entre ellos.

Su lengua es fuego puro, pienso, mientras ondas de placer me recorren. Chúpame así, wey, hazme volar como un gol de chilena.

Lamió mi clítoris con maestría, círculos lentos que aceleraban mi respiración, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Saboreé mi propio gemido ahogado cuando metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas amarillas y azules. El sonido húmedo de succión, mis jugos chorreando, era música más chida que cualquier cántico americanista.

No aguanté más. —Chíngame ya, Alex, no mames —le rogué, voz ronca de necesidad.

Se posicionó encima, su peso delicioso aprisionándome, y entró despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemimos juntos, sincronizados como un contraataque perfecto. Empezó a moverse, embestidas profundas que hacían crujir la cama, mi piel chocando contra la suya con palmadas rítmicas. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo invadiendo todo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust.

Cambié de posición, montándolo como una jinete en el Azteca. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba con manos ansiosas, pellizcando pezones que dolían de placer. Cabalgué fuerte, sintiendo su verga golpear mi G, mis paredes contrayéndose alrededor. ¡Más, cabrón, más! gritaba en mi mente, mientras el clímax se acercaba como el minuto 90.

Esta pasión americanista nos ha transformado en bestias, pienso, perdida en el vaivén, en el sabor de su piel salada que lamo de su cuello.

Me vine primero, un orgasmo que me sacudió entera, jugos empapando sus huevos, un grito largo escapando de mi garganta. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente inundándome, pulsos interminables que sentía en mis entrañas.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, yo trazaba los tatuajes en su pecho: un águila americanista, irónica y perfecta. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida, con el eco distante de cláxones celebrando el triunfo del equipo.

—Neta, Karla, esto fue lo más chido después de un golazo —dijo él, besándome la frente.

Sonreí, sintiendo una paz profunda. —La pasión americanista siempre deja huella, carnal. Y esta noche, la tuya y la mía se fusionaron para siempre.

Nos quedamos así hasta el amanecer, piel contra piel, saboreando el afterglow. Afuera, la ciudad despertaba, pero nosotros ya habíamos ganado nuestro propio campeonato.

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