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Ropa para Noche de Pasión Irresistible

7264 palabras

Ropa para Noche de Pasión Irresistible

Me paré frente al espejo de cuerpo entero en mi recámara, con el corazón latiéndome a mil por hora. Había pasado toda la tarde buscando la ropa para noche de pasión perfecta en esa tiendita chula del centro de la Roma. Un conjunto de encaje negro, diminuto, que apenas cubría lo necesario: un bra que empujaba mis chichis hacia arriba como si fueran trofeos, un tanga que se perdía entre mis nalgas y ligas que se ceñían a mis muslos como promesas de placer. La tela era suave como el pétalo de una rosa, pero con un toque rasposo que me erizaba la piel cada vez que me movía. Olía a nuevo, a esa mezcla de lavanda y misterio que traen las prendas caras.

¿Y si Marco no llega pronto? ¿Y si el vato se tarda en el tráfico de la Reforma? pensé, mientras me rociaba perfume en el cuello y entre las piernas. El aroma dulce y almizclado se mezclaba con mi propia esencia, esa humedad que ya empezaba a traicionarme. Me miré de nuevo: curvas en su punto, piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas que encendí por todos lados. La recámara olía a vainilla y jazmín, con la cama king size esperándonos como un altar pagano. Puse música suave, un bolero ranchero que Marco adora, con esa guitarra que rasguea el alma.

De repente, el sonido de la llave en la puerta principal me hizo saltar.

"¡Nena, ya llegué! ¿Dónde está mi morrita?"
gritó él desde el pasillo, con esa voz grave que me pone los vellos de punta. Me acomodé el encaje, sintiendo cómo el tanga se clavaba un poquito más, recordándome lo que vendría. Salí caminando despacio, contoneándome como en esas novelas que leo a escondidas.

Marco se quedó parado en la sala, con la camisa desabotonada a medias, corbata floja y esa sonrisa de cabrón que sabe lo que provoca. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la ropa para noche de pasión que tanto me había costado elegir.

"¡Órale, güey! ¿Qué es esto? ¿Me trajiste un regalito?"
dijo, acercándose con pasos lentos, como un lobo oliendo su presa. Su colonia invadió el aire, mezclándose con el mío, y sentí su calor antes de que me tocara.

Acto uno apenas empezaba. Lo tomé de la mano y lo jalé hacia la recámara, sin decir ni madres. Esta noche mando yo, me dije, empoderada por el encaje que me hacía sentir como una diosa azteca lista para el sacrificio placentero. Nos besamos en la puerta, sus labios gruesos devorando los míos, lengua danzando con sabor a menta y tequila del trago que se echó en el camino. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el bra con un chasquido experto. Lo dejé caer al suelo, y mis chichis saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana rozando su pecho peludo.

En el centro de la cama, nos tumbamos. Sus dedos trazaban patrones en mi piel, bajando por el estómago hasta el tanga.

"Esta ropa para noche de pasión me va a matar, Ana. Estás de puta madre"
, murmuró contra mi oreja, mordisqueándola suave. Yo reí bajito, arqueándome para que sintiera mi calor. Qué rico se siente su aliento caliente, su barba raspando mi cuello. Le quité la camisa, lamiendo sus abdominales marcados, saboreando el sudor salado de un día largo. Olía a hombre, a Marco, a deseo acumulado.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como resorte. La tomé en la mano, sintiendo las venas gruesas bajo la piel aterciopelada, el calor que emanaba.

"Mira lo que me haces, pendejo"
, le dije juguetona, mientras la lamía desde la base hasta la punta, probando el gusto salado de su pre-semen. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. No aguanto más, pero hay que alargar esto.

Me subí encima, frotándome contra él a través del tanga. El encaje húmedo rozaba su tronco, enviando chispas por mi espina. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas, un dedo juguetón rozando mi ano.

"¡Ay, cabrón! No seas menso, ve despacio"
, jadeé, pero en realidad quería más. Bajó el tanga lo justo, exponiendo mi concha empapada, labios hinchados brillando bajo la luz de las velas. El aire fresco besó mi intimidad, haciendo que me estremeciera.

Ahora el medio acto, donde todo se intensifica. Marco me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. Sus dientes mordieron las ligas, jalándolas con la boca hasta romperlas una a una. Qué salvaje, qué mío. Me abrió las piernas, su lengua encontró mi clítoris como imán. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando mis labios como mango maduro. Saboreaba mis jugos, gruñendo de placer.

"Sabes a miel, nena. A noche de pasión pura"
. Yo me retorcía, uñas clavadas en las sábanas de algodón egipcio, olores mezclados: mi almizcle, su sudor, vainilla quemándose.

El sonido de succión era obsceno, húmedo, acompañado de mis gemidos ahogados. Me vengo, me vengo. Pero él paró justo antes, torturándome deliciosamente. Me puso de rodillas, penetrándome de una embestida profunda. Su verga me llenó, estirándome, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Embestidas lentas al principio, piel contra piel chapoteando, mis chichis rebotando con cada golpe.

"¡Más fuerte, Marco! ¡Dame todo, chulo!"
grité, empujando contra él.

Acceleramos. Sudor goteando, respiraciones entrecortadas, la cama crujiendo como si se fuera a romper. Sus bolas chocaban mi clítoris, enviando ondas de placer. Me volteó de nuevo, misionero para vernos a los ojos. Esos ojos cafés, llenos de amor y lujuria. Te amo, pendejo, pensé mientras contraía mis paredes alrededor de él, ordeñándolo. Él aceleró, gruñendo mi nombre,

"¡Ana, mi reina! ¡Me vengo!"
.

El clímax explotó como fuegos artificiales en el Zócalo. Mi orgasmo me sacudió, concha pulsando, jugos chorreando por mis muslos. Él se derramó dentro, chorros calientes pintando mis entrañas. Gemimos juntos, cuerpos temblando, unidos en éxtasis. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso, adictivo.

Acto final, el afterglow. Nos quedamos abrazados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. Marco me besó la frente, suave, tierno.

"Esa ropa para noche de pasión fue lo mejor que has comprado, morra. Pero tú eres el verdadero fuego"
, susurró, acariciando mi cabello revuelto. Yo sonreí, lamiendo el sudor de su cuello. Esto es lo que necesitaba, conexión pura, placer compartido.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, pero no el recuerdo. En la cocina, preparamos tacos de carnitas con una chela fría, riendo de tonterías. La noche se extendió en charlas profundas, planes para Acapulco, promesas de más noches así. Me sentía empoderada, amada, saciada. La ropa para noche de pasión yacía tirada en el suelo, testigo mudo de nuestra entrega. Y mientras nos dormíamos enlazados, supe que esto era solo el principio de muchas pasiones más.

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