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Pasión de Gavilanes Telenovela Completa en Carne Viva

6745 palabras

Pasión de Gavilanes Telenovela Completa en Carne Viva

Ana se recostó en el sofá mullido de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. La pantalla del tele plana brillaba con las primeras escenas de Pasión de Gavilanes telenovela completa, esa joya colombiana que había devorado una y otra vez en maratones nocturnos. El olor a tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume dulce de su loción de vainilla. Diego, su carnal de aventuras, se sentó a su lado, su pierna fuerte rozando la suya, enviando chispas por su piel morena.

Órale, qué chido que pusiste esto, murmuró él, su voz grave como un ronroneo. Ana sonrió, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre. Diego era alto, con ojos oscuros que prometían travesuras, y un cuerpo forjado en el gym que la volvía loca. Habían empezado como amigos con derechos hace meses, pero noches como esta amenazaban con cambiarlo todo. La telenovela arrancó con los hermanos Reyes, machos cabrones llenos de venganza y deseo, y Ana sintió su pulso acelerarse.

En la pantalla, Franco besaba a Sarita con hambre salvaje, sus manos grandes explorando curvas bajo la luz de la luna. Ana tragó saliva, el calor subiendo por su cuello.

Si Diego me tocara así, me derrito como mantequilla en comal caliente
, pensó, cruzando las piernas para calmar la humedad que ya se asomaba entre sus muslos. Él notó su inquietud, su mano grande posándose en su rodilla, el roce áspero de sus callos contra su piel suave como terciopelo.

La historia avanzaba, pasiones desbordadas, traiciones que olían a jazmín y sudor. Ana se mordió el labio, el sonido de las respiraciones jadeantes en la tele invadiendo la habitación. Diego se acercó más, su aliento cálido en su oreja. Neta, Ana, esto me prende como diablo en gasolina, susurró, sus dedos subiendo despacio por su muslo, trazando círculos que la hicieron arquear la espalda. Ella giró la cara, sus labios rozando los de él, sabor a tequila y menta fresca.

El beso empezó suave, lenguas danzando como en un tango prohibido, pero pronto se volvió feroz. Ana metió las manos por su playera, palpando los músculos duros de su pecho, el vello rizado que le raspaba las yemas. Es como vivir la Pasión de Gavilanes telenovela completa, pero con esteroides, jadeó ella contra su boca. Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, levantándola en brazos como si no pesara nada. La llevó al cuarto, la cama king size esperándolos con sábanas de algodón egipcio frías al tacto.

Acto dos de su propia telenovela privada. Diego la tumbó con cuidado, sus ojos devorándola mientras le quitaba la blusa, exponiendo sus tetas firmes coronadas de pezones oscuros ya tiesos como piedras preciosas. El aire fresco los besó, pero su boca caliente los reclamó al instante, chupando uno mientras pellizcaba el otro. Ana gimió alto, ¡Ay, cabrón, no pares!, sus uñas clavándose en su nuca, oliendo su shampoo de romero mezclado con macho puro. Él bajó por su panza suave, lamiendo el ombligo, hasta desabrocharle los jeans y arrancárselos con los dientes.

La tanga de encaje negro estaba empapada, el aroma almizclado de su excitación llenando el cuarto como incienso erótico. Diego inhaló profundo, Qué rico hueles, mamacita, antes de enterrar la cara ahí, su lengua ancha lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su miel salada. Ana se retorcía, las caderas alzándose solas, el placer como olas chocando en su espina.

No aguanto más, lo quiero dentro, llenándome hasta reventar
, su mente gritaba mientras sus dedos se enredaban en su pelo revuelto.

Él se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. Ana la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar, sintiendo el pulso furioso bajo la piel caliente. Ven, pendejito, fóllame como en la telenovela, lo provocó, guiándolo a su entrada resbaladiza. Diego empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el roce interno enviando descargas eléctricas. Ambos jadearon al unísono, sus cuerpos encajando perfecto como piezas de rompecabezas calientes.

El ritmo creció, embestidas profundas que hacían golpear la cama contra la pared, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus gemidos. Ana clavó las uñas en su espalda ancha, oliendo el sudor fresco que perlaba su piel, probándolo en su lengua cuando lo lamió del cuello. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, penetrándola más hondo, su saco pesado chocando contra su clítoris hinchado. ¡Más fuerte, Diego, hazme tuya!, rogó ella, el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte.

La tensión psicológica explotó primero en su cabeza: recuerdos de noches solas viendo la Pasión de Gavilanes telenovela completa, fantaseando con ser una de esas hembras fogosas. Ahora era real, Diego su galán personal, empoderándola con cada thrust que la hacía sentir reina del mundo. Él aceleró, gruñendo su nombre, ¡Ana, te voy a llenar, carajo!. El clímax la golpeó como rayo, su panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas, gritos ahogados en la almohada.

Diego la siguió segundos después, su verga hinchándose al eyacular chorros calientes dentro de ella, marcándola con su esencia. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El tele seguía sonando lejano, risas y dramas de la telenovela como banda sonora de su afterglow.

Ana rodó sobre él, besando su pecho salado, sintiendo su corazón galopante bajo la palma. Qué chingón fue eso, murmuró, trazando círculos en su piel. Diego la abrazó fuerte, su mano grande cubriendo su nalga suave. Mejor que cualquier telenovela, neta. Tú eres mi pasión de gavilanes, respondió, su voz ronca de satisfacción. Se quedaron así, envueltos en el olor a sexo y tequila, el mundo afuera olvidado. En ese momento, Ana supo que esto no era solo un polvo; era el comienzo de su propia historia completa, llena de fuego y entrega mutua.

La noche se extendió perezosa, con caricias suaves y risas compartidas, el eco de la telenovela desvaneciéndose como un sueño dulce. Ana cerró los ojos, el sabor de él aún en su boca, sabiendo que al día siguiente buscaría más episodios para encender la chispa de nuevo. Pero nada superaría esta versión en carne viva, suya y de Diego, eterna como las pasiones que tanto amaba.

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