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Maldita Pasion Irresistible

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Maldita Pasion Irresistible

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Estaba en la boda de mi prima Lupe, una de esas fiestas chidas donde todos bailan cumbia y se echan unos tequilas hasta que el sol sale. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, no esperaba verlo a él. Javier, el wey que me robó el corazón en la prepa y luego lo hizo trizas cuando se fue a estudiar a Guadalajara sin decir adiós.

Lo vi de lejos, recargado en la barra, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y tatuado. Neta, el tiempo lo había puesto más pendejo guapo, con esa barba de tres días y ojos que brillaban como el Pacífico al atardecer. Mi corazón dio un brinco, y sentí un calorcillo traicionero entre las piernas. ¿Qué chingados hago aquí pensando en él? me dije, pero mis pies ya se movían solas hacia la barra.

Qué onda, Ana —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras me ofrecía un shot de tequila reposado—. Estás cañón, como siempre.

Chocamos los vasos, y el líquido ardiente bajó por mi garganta, quemándome hasta el estómago. Nuestros ojos se clavaron, y ahí empezó todo. Esa maldita pasión que nunca se apagó, que me había perseguido en sueños húmedos durante años. Hablamos de pendejadas, de la boda, de cómo Lupe se casó con un gringo simpático, pero el aire entre nosotros vibraba como cuerdas de guitarra. Su mano rozó la mía al pasar el limón, y juro que sentí chispas, un cosquilleo que subió por mi brazo hasta mis pezones, que se endurecieron bajo el vestido.

La música retumbaba, salsa y banda mezcladas, y la gente bailaba como loca. Me jaló a la pista, su cuerpo pegado al mío, sus caderas moviéndose al ritmo, rozando mi culo de forma que no era accidental. Olía a colonia fresca y a hombre sudado, un olor que me mareaba.

No puedo hacer esto, es mi pasado, pero neta quiero que me bese hasta ahogarme
, pensé mientras sus manos bajaban por mi espalda, deteniéndose justo en la curva de mis nalgas. El deseo crecía como marea alta, latiendo en mi clítoris, humedeciéndome las bragas de encaje.

Nos escabullimos de la fiesta, caminando por la playa bajo la luna llena. La arena tibia se metía entre mis sandalias, y el viento jugaba con mi pelo. Nos sentamos en una cabaña abandonada pero chula, con hamacas y vista al mar. Ahí, solos, la tensión explotó. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a tequila y a mí. Gemí contra sus labios, mis manos enredándose en su pelo negro.

Te extrañé tanto, Ana. Esta maldita pasión no me deja vivir —murmuró, mientras sus dedos desabotonaban mi vestido, exponiendo mis tetas al aire salado. Las lamió, chupando mis pezones duros como piedras, enviando descargas eléctricas directo a mi panocha. Yo arqueé la espalda, jadeando, el sonido de las olas mezclándose con mis suspiros. Su piel era cálida, salada al tacto, y olía a mar y a deseo puro.

Lo empujé al suelo, arena suave bajo nosotros, y le quité la camisa. Besé su pecho, mordisqueando sus tetillas, bajando hasta su abdomen marcado. Desabroché su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. Él gruñó, un sonido animal que me puso más caliente.

Chíngame, Javier. No pares —le rogué, montándome en él. Su pija entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Era perfecto, como si mi concha hubiera estado esperando por él todos estos años. Me moví despacio al principio, sintiendo cada centímetro rozando mis paredes internas, el roce delicioso en mi punto G. El olor de nuestros sexos mezclados, sudor y jugos, era embriagador. Sus manos apretaban mis caderas, guiándome, mientras yo aceleraba, mis tetas rebotando, el placer acumulándose como tormenta.

Pero no era solo físico. En mi mente, revivía todo: las tardes en el malecón de Mazatlán, besándonos a escondidas; la noche que me desvirgó en su camioneta, con reggaetón a todo volumen. Esta maldita pasión es mi bendición y mi ruina, pensé, mientras él volteaba y me ponía a cuatro patas. El sonido de sus huevos chocando contra mi clítoris, chapoteando en mis fluidos, me volvía loca. Me jaló el pelo suave, no violento, solo para arquearme más, y metió un dedo en mi ano, lubricado con mi propia excitación. Doble penetración simulada que me hizo gritar.

El clímax llegó en oleadas. Primero el mío, un estallido que me dejó temblando, contrayendo mi coño alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se corrió segundos después, llenándome de semen caliente, pulsando dentro de mí. Colapsamos en la arena, jadeantes, el mar lamiendo nuestros pies. Su brazo alrededor de mi cintura, su aliento en mi cuello.

Nos quedamos así un rato, escuchando el pacífico susurrar secretos. Limpiamos con agua de una botella que traía, riéndonos como pendejos de lo intenso que había sido. Caminamos de regreso a la fiesta, tomados de la mano, sabiendo que esto no era el fin. La maldita pasión nos había reunido de nuevo, y esta vez no la soltaríamos.

Al amanecer, en mi habitación del hotel, nos amamos otra vez, lento y tierno. Sus besos en mi vientre, su lengua explorando mi panocha hinchada, lamiendo hasta que corrí en su boca. Yo lo mamé con devoción, tragándome su leche cremosa. Dormimos enredados, el sol filtrándose por las cortinas, oliendo a sexo y promesas.

Neta, Javier es mi vicio, reflexioné mientras él dormía. Esta pasión, aunque maldita por el tiempo perdido, era lo más vivo que sentía. Y por fin, la abrazaba sin miedos.

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