Dibujos de la Pasion Muerte y Resurreccion
En el bullicioso mercado de Coyoacán, bajo el sol tibio de la tarde que olía a tamales y churros frescos, Ana paseaba con los ojos bien abiertos. Era una chava de treinta y tantos, curvas generosas que se marcaban bajo su huipil ligero, y un amor desmedido por el arte callejero. Ese día, un puesto viejo la llamó como imán: pilas de papeles amarillentos, marcos torcidos y un viejo que parecía salido de una película de Cantinflas.
Órale, mira estos dibujos, mija, le dijo el vendedor con voz rasposa, mientras sacaba un paquete envuelto en tela polvorienta. Son originales, de un artista loco de los setenta. Dibujos de la pasión muerte y resurrección. Neta que te van a volar la cabeza.
Ana se acercó, el corazón latiéndole un poquito más rápido. Desató la tela y ahí estaban: trazos en carbón y acuarela, figuras retorcidas en éxtasis. La primera hoja mostraba una mujer desnuda, brazos abiertos como en una cruz, pero en lugar de clavos, manos masculinas la tocaban con devoción, pezones endurecidos bajo dedos ansiosos. El rojo de la pasión sangraba en gotas que parecían semen. La segunda, la muerte: cuerpos entrelazados en espasmos, rostros en agonía placentera, como si el orgasmo fuera el último aliento. Y la tercera, resurrección: la misma mujer renaciendo, cabalgando al hombre con furia renovada, alas de fuego brotando de su espalda. El aroma a papel viejo y tinta se mezcló con el calor de su piel, y Ana sintió un cosquilleo entre las piernas.
No mames, ¿cuánto? preguntó, voz entrecortada. Regateó un rato, pero se los llevó por dos mil varos. En el taxi de regreso a su depa en la Roma, no podía dejar de hojearlos.
¿Qué chingados es esto? No es arte sacro normal, es puro fuego erótico disfrazado de religión, pensó, mientras sus muslos se frotaban involuntariamente.
Ya en casa, con una chela fría en la mano y el ventilador zumbando, extendió los dibujos sobre la mesa de madera. La luz del atardecer los bañaba en dorado, haciendo que las sombras de los cuerpos parecieran moverse. Ana se quitó la blusa, solo en brasier, sintiendo el aire fresco en su piel morena. Se imaginó dentro de esas imágenes: ella como la virgen pecadora, tocada, penetrada, muriendo en placer para resucitar más viva. Sus dedos bajaron por su vientre, rozando el encaje de las calzas. Pero neta, ¿quién los hizo? Necesito saber más.
Al día siguiente, regresó al mercado. El viejo no estaba, pero en su lugar, un morro alto, de unos treinta y cinco, con barba recortada y ojos cafés intensos, atendía el puesto. Se llamaba Diego, nieto del vendedor original. Mis abuelos los encontraron en una casa vieja de Xochimilco. El artista era un tal Ezequiel, un pintor bohemio que mezclaba lo sagrado con lo carnal. Decían que inspiraba orgías en sus expos, contó con una sonrisa pícara, mientras le mostraba más bosquejos.
Ana sintió el pulso acelerarse. Diego olía a jabón y tierra húmeda, como después de la lluvia. Sus manos grandes, manchadas de pintura, rozaron las de ella al pasar un dibujo. ¿Quieres ver el original en mi taller? Vivo cerca, en San Ángel, propuso él, voz grave que vibró en el pecho de Ana. Ella dudó un segundo, pero el deseo la picó como chile. Sí, wey. Llévame.
En el taller de Diego, un espacio luminoso con lienzos por todos lados y olor a trementina y café molido, los dibujos cobraron vida. Él los colgó en la pared, y se pararon juntos, hombros tocándose. Mira cómo la pasión lleva a la muerte... y de ahí, la resurrección, murmuró Diego, su aliento cálido en la oreja de Ana. Ella giró el rostro, labios a centímetros.
Esto no es solo arte, es una invitación, pensó, y lo besó.
Los labios de Diego eran suaves pero firmes, sabían a menta y algo dulce, como ate. Sus lenguas se enredaron lento, explorando, mientras manos subían por espaldas. Ana sintió su verga endurecerse contra su cadera, gruesa y caliente a través del jeans. Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa de trabajo, entre pinceles y paletas. Le quitó el vestido con delicadeza, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, clavículas, senos plenos que se desbordaban del brasier. Eres preciosa, como la de los dibujos, jadeó, lamiendo un pezón hasta endurecerlo, succionando con hambre que hacía arquear la espalda de Ana.
Ella metió mano en su pantalón, liberando esa verga venosa, palpitante, coronada de un glande rosado. La masturbó despacio, sintiendo la piel sedosa deslizarse, el olor almizclado de su excitación llenando el aire. Chúpamela, Diego, pidió ella, voz ronca. Él se arrodilló, separando sus muslos con reverencia. Su lengua trazó la raja de la panocha, ya empapada, saboreando el néctar salado-dulce. Lamía el clítoris hinchado en círculos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que hacía estallar estrellas detrás de los párpados de Ana. Ella gemía alto, ¡Ay, cabrón, sí así! Más duro, agarrando su cabello, caderas moviéndose al ritmo.
La tensión crecía como tormenta. Diego se puso de pie, ojos fijos en los de ella, pidiendo permiso mudo. Ana asintió, abriendo más las piernas. Él se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Estás tan chingona, tan apretada, gruñó, mientras empezaba a bombear, profundo y constante. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con jadeos y el chirrido de la mesa. Ana clavó uñas en su espalda, oliendo sudor fresco y pasión cruda. Cada embestida rozaba su interior, building up el fuego.
Se movieron a un colchón en el piso, rodeados de los dibujos que ahora parecían testigos. Diego la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, nalgadas leves que enrojecían la piel. Entró de nuevo, más salvaje, bolas golpeando el clítoris. Ana gritaba placer,
Esto es la pasión... me voy a morir de gusto. El clímax la alcanzó como muerte: cuerpo convulsionando, panocha ordeñando la verga en espasmos, chorros de jugo empapando sábanas. Diego la siguió, rugiendo, semen caliente llenándola hasta rebosar.
Pero no pararon. Resurrección pura. Ana lo montó, cabalgando con furia, senos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Él chupaba sus tetas, dedos en el ano para más placer. Otro orgasmo los sacudió juntos, más intenso, como renacer en llamas.
Agotados, yacieron enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El sol se ponía, tiñendo los dibujos de naranja. Esos dibujos de la pasión muerte y resurrección... los viviste conmigo, susurró Diego, besando su frente. Ana sonrió, dedo trazando su pecho. Neta que sí, amor. Y quiero más rondas.
En los días siguientes, el taller se volvió su santuario. Cada trazo de Ezequiel inspiraba nuevas formas de pasión: aceite en la piel simulando acuarelas, ataduras suaves como cruces de placer, muertes diarias en éxtasis para resucitar al amanecer. Ana se sentía viva, empoderada, dueña de su deseo. Y Diego, su compañero perfecto en esa danza eterna.