Imágenes del Diario de una Pasión
Estaba ordenando el clóset de mi depa en la Condesa, ese que siempre parece un desmadre después de semanas de puro relajo. Entre cajas polvorientas y ropa que ya no me queda, di con un librito forrado en cuero rojo, desgastado por el tiempo. Mi diario, pensé, con el corazón latiéndome a toda madre. Lo abrí y ahí estaban: las imágenes del diario de una pasión que había guardado como tesoros prohibidos. Fotos polaroid de Carlos y yo, en noches que todavía me erizaban la piel.
La primera imagen era de aquella vez en la playa de Puerto Vallarta, con el sol poniéndose como fuego líquido sobre el Pacífico. Yo de espaldas, mi blusa medio levantada mostrando la curva de mi cintura, y su mano tatuada posada en mi cadera. Olía a sal marina y a su colonia barata pero adictiva, esa que me hacía mojarme con solo olerla. Recordé su voz ronca susurrándome al oído:
Órale, Ana, qué chingona te ves así, toda mojada por el mar... y por mí.Me acomodé en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y pasé las páginas. Cada foto era un pedazo de nosotros: su boca en mi cuello, mis uñas marcándole la espalda, nuestros cuerpos enredados en sábanas revueltas.
El deseo me pegó como un balazo. Sentí el calor subiendo por mis muslos, mi panocha palpitando con urgencia. Neta, Carlos, pendejo, ¿dónde andas? murmuré, mientras mis dedos se colaban bajo mi short. La habitación se llenó del sonido de mi respiración agitada, el aire cargado con el aroma dulce de mi propia excitación. Imaginé su verga dura presionando contra mí, ese grosor que me llenaba hasta el fondo. Me toqué despacio, trazando círculos en mi clítoris hinchado, gimiendo bajito como si él estuviera ahí, lamiéndome el sudor del cuello.
No aguanté más. Saqué mi cel y le mandé un mensaje: Wey, encontré el diario. ¿Te late revivirlo? Su respuesta llegó en segundos: Ya voy para allá, mi reina. Prepárate. El pulso se me aceleró, un nudo de anticipación en el estómago. Me duché rápido, el agua caliente resbalando por mis tetas, endureciendo mis pezones. Me puse ese vestido negro ceñido que a él le volvía loco, sin calzones, solo para provocarlo.
Media hora después, tocó la puerta. Ahí estaba Carlos, más guapo que nunca, con esa sonrisa pícara y los ojos brillando de pura lujuria. Olía a hombre, a sudor fresco y a aventura. Me jaló hacia él sin decir nada, sus labios chocando contra los míos en un beso hambriento. Saboreé su lengua, salada y urgente, mientras sus manos me amasaban el culo con fuerza.
Qué rico hueles, Ana. Sigues siendo mi vicio.
Lo empujé adentro, cerrando la puerta de una patada. Caímos en el sofá, él encima de mí, su peso delicioso aplastándome contra los cojines. Le arranqué la playera, exponiendo su pecho moreno y musculoso, cubierto de un vello que raspaba mi piel de forma exquisita. Lamí sus pezones, mordisqueándolos hasta que gruñó, un sonido gutural que me vibró en el cuerpo. Me late tanto esto, wey, pensé, mientras él bajaba el vestido y chupaba mis tetas con avidez. Sus dientes tirando de mis pezones, enviando chispas directas a mi entrepierna.
Nos quitamos la ropa como animales en celo, el piso lleno de prendas tiradas. Su verga saltó libre, venosa y tiesa, apuntándome como un arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso latiendo contra mi palma. Qué chingona está, Carlos. Más grande que en mis recuerdos. Él jadeó cuando la apreté, un chorrito de precum brotando de la punta. Me arrodillé, el suelo fresco contra mis rodillas, y la metí en mi boca. Sabía a él, salado y almizclado, mi lengua girando alrededor del glande mientras lo succionaba profundo. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome, pero suave, siempre respetando mi ritmo.
Para, mi amor, o me vengo ya, rogó con voz entrecortada. Me levantó como si no pesara nada y me llevó a la cama, tirándome sobre las sábanas. Se hundió entre mis piernas, su aliento caliente rozando mi panocha empapada. Estás chorreando, Ana. Todo por mí. Su lengua invadió mi clítoris, lamiendo con maestría, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, mis caderas arqueándose contra su cara, el sonido húmedo de su boca devorándome llenando la habitación. Olía a sexo puro, a mi jugo mezclado con su saliva. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, bombeando lento al principio, luego más rápido.
El orgasmo me pegó como ola gigante. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras él lamía sin piedad. ¡Carlos, ay wey, no pares! Me dejó temblando, besando mi interior de los muslos, subiendo hasta mi boca para que probara mi propio sabor dulce y salado.
Pero no habíamos terminado. Me volteó boca abajo, levantándome el culo como ofrenda. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, untándose con mis jugos. Dime que la quieres, Ana.
Sí, pendejo, métemela toda. Hazme tuya.Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer mezclado me arrancó un gemido ronco. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto, dejándome sentirlo palpitar dentro. Luego empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas sonoras. El sudor nos cubría, goteando entre nosotros, el olor almizclado intensificándose.
Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas de pasión, mi reflejo en ellas. Me folló con fuerza, mis piernas enredadas en su cintura, uñas clavadas en su espalda. Te sientes como en el paraíso, mi reina, jadeó, acelerando. Yo respondía con mis caderas, apretándolo con mis paredes internas, ordeñándolo. El clímax nos alcanzó juntos: él gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que sentía salpicar dentro; yo explotando en oleadas, mi panocha contrayéndose alrededor de él, exprimiéndolo hasta la última gota.
Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martilleando contra mi pecho. Besos suaves en mi frente, en mis labios hinchados. Qué chido fue eso, Ana. Como las primeras veces.
Después, saqué el diario. Tomé una polaroid nueva: nosotros desnudos, abrazados, con sonrisas de satisfacción. La pegué en una página en blanco y escribí:
Hoy revivimos las imágenes del diario de una pasión. Carlos regresó, y con él, el fuego que nunca se apagó. Neta, esto apenas empieza.
Él me vio y sonrió, jalándome para otro round. La noche se extendió en susurros, caricias y promesas mudas. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esta pasión era eterna, grabada no solo en papel, sino en cada fibra de mi ser.