Pasión Capítulo 86 Fuego en la Carne
En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes, Ana caminaba por las calles empedradas de la Condesa. El aire nocturno olía a jazmín y a tacos de la esquina, un aroma que siempre le recordaba su juventud salvaje. Llevaba un vestido rojo ceñido que rozaba su piel morena con cada paso, haciendo que sus caderas se balancearan con un ritmo hipnótico. Hacía meses que no sentía esa chispita en el estómago, esa hambre que no se sacia con comida ni con trabajo.
Entró al bar clandestino, un antro chido con música de cumbia rebajada que retumbaba en sus huesos. Ahí estaba él, Marco, recargado en la barra con una cerveza en la mano. Alto, moreno, con esa barba recortada que le picaba delicioso en el cuello. Sus ojos se encontraron y fue como si el mundo se detuviera.
"Órale, Ana, ¿tú por aquí? Sigues siendo la misma diosa que me volvía loco", pensó él, mientras su mirada bajaba por sus curvas.
Ana sintió un calor subirle por el pecho. Habían sido amantes años atrás, en esos veranos locos de Guadalajara, donde se perdían en moteles baratos besándose hasta el amanecer. Pero la vida los separó: ella a la capital con su carrera de diseñadora, él con su negocio de autos tuneados. Ahora, viéndolo, el deseo renacía como un volcán dormido. Se acercó, su perfume de vainilla envolviéndolo.
—¡Ey, pendejo! ¿Qué onda? —dijo ella con una sonrisa pícara, dándole un empujón juguetón en el hombro.
Él rio, esa carcajada grave que le erizaba la piel. —Mamacita, ¿vienes a matarme de un infarto? —La jaló por la cintura, su mano grande y cálida presionando justo donde dolía la falta de él.
Charlaron horas, shots de tequila quemándoles la garganta, risas mezcladas con miradas que prometían más. El bar se llenaba de cuerpos sudados bailando, pero ellos solo sentían su propio pulso acelerado. Ana notaba cómo la camisa de Marco se pegaba a sus pectorales por el calor, oliendo a hombre, a sudor limpio y colonia barata. Quiero arrancársela con los dientes, pensó, cruzando las piernas para calmar el cosquilleo entre sus muslos.
Acto uno terminaba cuando Marco le susurró al oído: —Vámonos a mi depa, Ana. Este es el comienzo de Pasión Capítulo 86. Ella tembló, recordando cómo él siempre inventaba títulos para sus noches de fuego, como si fueran episodios de una telenovela erótica solo para ellos.
En el taxi rumbo a Polanco, la tensión era un cable vivo. Marco le acariciaba el muslo por debajo del vestido, sus dedos ásperos trazando círculos lentos que la hacían morderse el labio. El conductor ni se inmutaba, acostumbrado a parejas calientes. Ana giró la cabeza, inhalando su aliento a tequila y menta. —Si no paras, te voy a comer aquí mismo, murmuró ella, su voz ronca.
Él sonrió malicioso. —Promesa es deuda, nena.
Al llegar al departamento, un loft moderno con vistas al skyline, Marco la cargó en brazos como si no pesara nada. La puerta se cerró con un clic que sonó a libertad. La besó contra la pared, sus labios duros y urgentes devorando los suyos. Sabía a sal y deseo, su lengua explorando con maestría, haciendo que Ana gimiera bajito. Sus manos subieron por su espalda, bajando el zipper del vestido con un siseo suave. La tela cayó al suelo, dejando sus senos libres, pezones endurecidos por el aire fresco.
Marco se arrodilló, besando su ombligo, bajando más.
"Dios, qué rica hueles, a mujer en celo, a miel caliente", pensó, mientras lamía la piel suave de su vientre. Ana enredó los dedos en su cabello negro, tirando suave. —¡Ay, cabrón, no me hagas rogar!
La llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, haciendo que Ana se humedeciera al instante. Se recostó, abriendo las piernas en invitación. Él se colocó entre ellas, besando el interior de sus muslos, mordisqueando hasta llegar a su centro. Su lengua la encontró, lamiendo despacio, saboreando su néctar dulce y salado. Ana arqueó la espalda, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Esto es el paraíso, su boca es fuego puro.
Pero no era solo físico. En su mente, Ana luchaba con recuerdos: el miedo a enamorarse de nuevo, a que él desapareciera como antes. —¿Esto es solo una noche, Marco? —preguntó entre jadeos.
Él levantó la vista, ojos oscuros brillando. —No, mi reina. Esto es Pasión Capítulo 86, y hay muchos más por venir. La penetró con dos dedos, curvándolos justo ahí, mientras chupaba su clítoris hinchado. Ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, olas de placer recorriendo su cuerpo como electricidad.
La intensidad subía. Marco se posicionó, frotando su punta contra su entrada resbaladiza. —Dime que lo quieres, Ana.
—¡Sí, métemela toda, pendejo! —gritó ella, clavando uñas en su espalda.
Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ambos jadearon al unísono, piel contra piel sudada, el slap de sus cuerpos uniéndose. Él embestía profundo, círculos de cadera que rozaban su punto G. Ana lo montó después, cabalgando como amazona, senos rebotando, cabello azotando su rostro. Olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a pasión desatada. Sus gemidos se volvían gritos: ¡Más duro! ¡Qué chingón!
En el clímax del medio acto, se corrieron juntos, él llenándola con chorros calientes mientras ella contraía alrededor de él, el mundo disolviéndose en blanco puro.
Después, yacían enredados, el sudor enfriándose en su piel, corazones latiendo al unísono. Marco trazaba patrones en su espalda con dedos perezosos, besando su sien. —Eres mi vicio, Ana. No te suelto esta vez.
Ella sonrió, el afterglow envolviéndola como manta tibia. Sabía a él en su boca aún, sentía su semen goteando entre sus piernas, un recordatorio íntimo.
"Pasión Capítulo 86 termina así, pero el 87 ya late en mi sangre", pensó, acurrucándose más.
La ciudad ronroneaba afuera, autos pitando lejanos, pero en esa cama, solo existían ellos. Ana reflexionó sobre el deseo que no envejece, el fuego que regresa más fuerte. Marco dormía ya, su respiración profunda calmándola. Ella cerró los ojos, sabiendo que amanecería con él, lista para más capítulos de su historia ardiente.
El sol se coló por las cortinas, tiñendo sus cuerpos desnudos de oro. Ana se estiró, sintiendo el dolor placentero entre las piernas, marca de su noche épica. Marco abrió un ojo, sonriendo. —Buenos días, mi pasión.
Se besaron lento, manos explorando de nuevo. No había prisa, solo la promesa de eternidad en cada caricia. Pasión Capítulo 86 había sido el reencuentro perfecto, un lazo que ni el tiempo rompería.