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Pasión Águila Refuerzos Ardientes

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Pasión Águila Refuerzos Ardientes

El Estadio Azteca vibraba como un corazón desbocado esa noche de sábado. Yo, Daniela, estaba en la grada de sol, rodeada de la pasión águila que nos une a todos los americanistas. El olor a chela fría y el humo de los cohetes se mezclaba con el sudor de miles de cuerpos gritando goles. Mis ojos no se despegaban del campo, especialmente de él: Marco, el nuevo refuerzo que acababa de llegar al equipo. Alto, moreno, con esa camiseta azulcrema pegada al torso musculoso por el esfuerzo. Cada vez que corría, sus muslos se tensaban como cables de acero, y yo sentía un calor subiéndome por el vientre.

¿Por qué carajos me pongo así con un pendejo que ni conozco? me pregunté mientras masticaba un elote asado, el maíz dulce y picante explotando en mi lengua. Pero era inevitable. La pasión águila refuerzos me tenía loca; el América acababa de ficharlo y ya era mi fantasía andante. Grito el gol de Henry Martín, salto, mi falda corta se sube un poco, revelando mis piernas bronceadas por el sol de la CDMX. No me importa, aquí todos somos familia.

El partido termina 3-1, victoria crema que nos deja eufóricos. Bajo con la multitud hacia la zona de prensa, el pulso acelerado no solo por el triunfo.

Órale, Daniela, ni loca te vas sin verlo de cerca
, me digo, el corazón latiéndome en las sienes. Ahí está, firmando autógrafos, sonriendo con dientes blancos perfectos. Nuestras miradas se cruzan. Sus ojos cafés profundos me recorren de arriba abajo, y juro que siento su mirada como una caricia en la piel.

Me acerco, el ruido de la gente ahogándose en mis oídos. —Ey, guapo, qué chingón jugaste hoy. Ese refuerzo nos va a dar campeonato, le digo con voz ronca, juguetona. Él ríe, voz grave como trueno lejano.

—Gracias, preciosa. ¿Tú eres la que gritaba mi nombre todo el partido?

Me sonrojo, pero no bajo la guardia. —Obvio, wey. Soy fan de la pasión águila desde chiquita. Y tú... tú eres el refuerzo que necesitaba mi noche. Le guiño, y él se acerca, su aroma a sudor fresco y loción masculina invadiéndome. Troca números rápido, promete vernos en el after en Polanco.

En el bar de moda, luces neón azules y cremas iluminan la pista. Pido un michelada, el limón ácido picándome la lengua, la sal crujiente. Llega Marco, fresco de ducha, camisa ajustada marcando pectorales. Nos sentamos en una esquina íntima, piernas rozándose bajo la mesa. Hablamos de fútbol, de la pasión águila refuerzos que lo trajo de Monterrey, de cómo el Estadio lo hace sentir vivo. Su mano roza mi rodilla, accidental al principio, luego intencional. Un escalofrío me recorre la espina, pezones endureciéndose bajo mi blusa escotada.

Esto es puro fuego, no mames, pienso mientras bebo, el alcohol calentándome la sangre. Él me cuenta anécdotas, risa contagiosa, y yo le toco el brazo, sintiendo músculos duros bajo piel suave. La tensión crece con cada mirada, cada roce. —Sabes, Dani, desde la grada te vi. Parecías una diosa gritando, murmura cerca de mi oído, aliento cálido erizándome la nuca.

Mi mano sube por su muslo, audaz. —Y tú pareces el refuerzo perfecto para mi pasión. ¿Vamos a algún lado? No espera. Me besa ahí mismo, labios firmes, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo. El mundo se reduce a su boca devorándome, manos en mi cintura apretando.

Salimos tambaleantes de risa y lujuria, taxi hasta su hotel en Reforma. El elevador es tortura: sus manos bajo mi falda, dedos rozando mis bragas húmedas. Gimo bajito, el ding del piso rompiendo el hechizo. Entramos a la suite, luces tenues, vista a la ciudad brillando. Me empuja contra la pared, besos hambrientos por mi cuello, dientes mordisqueando suave. Huelo su piel, mezcla de jabón y hombre excitado, mi nariz enterrada en su clavícula.

Qué rico huele, qué duro se siente todo él. Le arranco la camisa, uñas arañando su pecho velludo, pezones oscuros endureciéndose. Él me quita la blusa, bra libre, chupando mis tetas con avidez. Lengua caliente lamiendo, succionando, mi cabeza echada atrás, gemidos escapando. —Sí, cabrón, así... chúpamelas, jadeo, manos en su pelo negro revuelto.

Caemos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Le bajo el pantalón, su verga salta libre, gruesa, venosa, goteando precum. La agarro, piel aterciopelada sobre acero, masturbo lento mientras él gime ronco. —Qué verga tan chingona, refuerzo. Te la voy a mamar hasta que ruegues. Me arrodillo, lengua desde la base lamiendo hasta la cabeza salada, saboreando su esencia. Lo engullo, garganta relajada, él embiste suave, manos guiando mi cabeza. Sonidos húmedos, slurps y gemidos llenan la habitación, mi coño palpitando vacío.

Me tumba, piernas abiertas, su boca en mi entrepierna. Nariz rozando mi clítoris hinchado, lengua hurgando pliegues mojados. —Estás empapada, Dani. Deliciosa, gruñe, chupando mi jugo dulce y salado. Dedos curvados dentro, tocando ese punto que me hace arquear. Grito, caderas moviéndose solas, olor a sexo impregnando el aire.

Me voy a venir, no pares, pendejo divino
.

Exploto en su boca, ondas de placer sacudiéndome, visión borrosa. Él sube, condón puesto rápido, verga presionando mi entrada. Empuja lento, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. Lleno por completo, lo siento palpitar dentro. Nos movemos, ritmo tribal, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor perlando nuestros cuerpos, resbaloso, salado al lamer su hombro. —Fóllame duro, Marco. Dame tu pasión águila, suplico, uñas clavadas en su culo firme.

Acelera, embestidas profundas, bolas golpeando mi ass. Cambio posición, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Giro caderas, su verga rozando paredes sensibles. Él gime —Te aprietas tan chido, nena—, caderas subiendo a encontrarme. El clímax nos atrapa juntos: yo convulsiono, coño ordeñándolo, él gruñe descargando, caliente dentro del látex.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Su mano acaricia mi pelo húmedo, besos suaves en la frente. Huelo nuestro sexo mezclado, siento su corazón latiendo contra el mío. Esto fue más que un polvo. Fue la pasión águila en su máxima expresión, pienso serena.

Refuerzo perfecto, murmuro, riendo bajito. Él aprieta mi culo. —Y tú, mi aficionada favorita. Mañana hay entrenamiento... ¿vienes?

Duermo en sus brazos, el skyline de México testigo de nuestra noche. Al amanecer, café en la terraza, promesas de más. La pasión águila refuerzos no termina en el estadio; vive en la piel, en el alma. Y yo, Daniela, soy adicta.

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