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Ardores Ocultos en el Vestuario de la Pasión de Cristo

6348 palabras

Ardores Ocultos en el Vestuario de la Pasión de Cristo

El aire en el vestuario de la Pasión de Cristo olía a tela vieja mezclada con incienso de la iglesia cercana. Era Semana Santa en mi pueblo de Jalisco, y yo, Lupe, la costurera que todos llamaban la maestra de las túnicas, pasaba las tardes allí arreglando los trajes para la obra anual. Las luces tenues de las bombillas colgantes iluminaban estantes repletos de coronas de espinas falsas, túnicas blancas raídas y sandalias de cuero gastado. El calor de abril hacía que el sudor perlase mi piel morena, pegando mi blusa ligera al pecho.

Entró él, Marco, el actor que interpretaba a Jesús ese año. Alto, con barba espesa y ojos cafés que brillaban como charcos bajo la luna. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y jeans desteñidos. Órale, qué chulo está el carnal, pensé, mientras lo veía acercarse con esa sonrisa pícara. "Lupe, mi reina, ¿me ayudas con la túnica? Se me queda chica en los hombros", dijo con voz grave, como si ya supiera el efecto que causaba.

Me levanté de la máquina de coser, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Simón, pásame, aquí la ajustamos rapidito". Le pasé la prenda, nuestras manos rozándose un segundo de más. Su piel era cálida, áspera por el trabajo en el campo. Se quitó la camiseta sin pena, quedando en torso desnudo. El olor a su sudor fresco, mezclado con jabón de lavanda, me invadió. Pinche hombre, me vas a matar. Lo ayudé a ponerse la túnica, mis dedos rozando su espalda ancha, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela áspera.

"¿Así está mejor?", preguntó él, girándose frente al espejo empañado. La túnica caía suelta sobre sus caderas, pero yo notaba cómo su mirada me recorría, deteniéndose en el escote de mi blusa. "Falta un poco aquí atrás", murmuré, acercándome. Mi aliento le rozó el cuello mientras anudaba las tiras. Él se quedó quieto, y oí su respiración acelerarse. El silencio del vestuario se llenó de esa tensión eléctrica, como antes de una tormenta en mayo.

De repente, su mano cubrió la mía. "Lupe, neta que desde que te vi cosiendo el año pasado, no dejo de pensar en ti". Su voz era un ronroneo. Me giré, nuestros rostros a centímetros. Olía a él, a hombre de pueblo, a tierra y deseo. "¿Y qué piensas, Marco?", pregunté juguetona, con el corazón latiéndome como tambor en fiesta. "Que quiero probar si eres tan suave como pareces".

Nos miramos un eterno segundo. Luego, sus labios cayeron sobre los míos. Bésame suave al principio, explorando, con sabor a chicle de menta y algo salado de su piel. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello negro. Esto está chido, pero ¿y si nos cachan?, pensé, pero el deseo ya ardía más fuerte. Él me levantó contra la mesa de corte, la madera fría contra mis nalgas calientes. La túnica se abrió, revelando su pecho velludo. Lamí su piel, saboreando el salado del sudor, mientras él gemía bajito: "Ay, Lupe, qué rico".

¿De verdad estoy haciendo esto en el vestuario de la Pasión de Cristo? ¡Qué ironía, con Jesús mismo entre mis piernas!

Sus manos bajaron mi blusa, liberando mis senos. Los amasó con ternura, pulgares rozando pezones que se endurecieron al instante. Un jadeo se me escapó, eco en el cuarto cerrado. El olor a tela y nuestro arousal se mezclaba, embriagador. "Eres preciosa, mi reina", murmuró contra mi oreja, mordisqueándola suave. Bajó la cabeza, chupando un pezón mientras la otra mano se colaba bajo mi falda. Sentí sus dedos gruesos apartar la tela de mis panties, rozando mi humedad.

"Estás mojada para mí, ¿verdad?", dijo triunfante, con ese acento jalisciense que me derretía. "Sí, pendejo, hazlo ya", respondí riendo, jalándolo más cerca. Metió un dedo, luego dos, moviéndolos lento, curvándolos justo donde dolía de placer. Mis caderas se movían solas, chocando contra su palma. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el aire, junto con mis gemidos ahogados. Afuera, se oían voces lejanas de los ensayos, pero aquí éramos solos en nuestro propio calvario de placer.

Lo empujé contra el espejo, queriendo devolvérsela. Bajé sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mano, sintiendo el calor y las venas marcadas. "Mira lo que me haces, Lupe", gruñó él. La lamí desde la base, saboreando su esencia salada, pre-semen perlado en la punta. Él se apoyó en la pared, jadeando, manos en mi cabello. La chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus "¡Ay, cabrón!" entre dientes.

Pero quería más. Me puse de pie, quitándome la falda y panties de un tirón. "Fóllame, Marco, aquí mismo". Él no se hizo rogar. Me volteó, apoyándome en la mesa, falda arriba. Su verga rozó mi entrada, caliente, insistente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué chingón se siente! Gemí fuerte cuando bottomed out, llenándome por completo. Empezó a bombear, lento al inicio, manos en mis caderas, piel contra piel chapoteando.

El ritmo creció, salvaje. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi espina, pechos rebotando, sudor chorreando. Olía a sexo crudo, a nosotros. "Más fuerte, carnal", supliqué. Él obedeció, una mano en mi clítoris frotando círculos. La tensión se acumulaba, como olla exprés. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. "Me vengo, Lupe", avisó ronco. "Yo también, ¡ahora!" El orgasmo me golpeó como rayo, cuerpo temblando, grito ahogado contra mi brazo. Él se corrió dentro, caliente chorros llenándome, gruñendo mi nombre.

Nos quedamos unidos un rato, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos. Se salió suave, semen goteando por mis muslos. Me giró, besándome tierno. "Neta que fue lo mejor de mi vida", dijo, ojos brillando. Limpiamos rápido con trapos del vestuario, riendo bajito como niños pícaros. Volvió a ponerse la túnica, ahora ajustada perfecta, como si nada.

Al salir, el sol del atardecer teñía la iglesia de oro. "Mañana ensayamos de nuevo, ¿me esperas?", guiñó. "Simón, pero trae más pasión", contesté coqueta. Caminé a casa con piernas flojas, el recuerdo de su tacto quemándome la piel. El vestuario de la Pasión de Cristo nunca volverá a ser el mismo. Y en mi pecho, una chispa nueva ardía, prometiendo más noches de pecado santo.

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