Pasión de Gavilanes Capítulo 189 Fuego en las Entrañas
La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara. Yo, María, estaba recargada en el pecho de Juan, mi carnal de tantos años, viendo la tele en la sala. El ventilador zumbaba perezoso arriba, moviendo el aroma a jazmín de mi loción que se mezclaba con el sudor fresco de él. Habíamos cenado tacos de arrachera con mucha salsa, y el picor todavía me picaba en la lengua, recordándome lo vivo que estaba todo.
Pasión de Gavilanes capítulo 189, decían los créditos en la pantalla. Esa novela nos tenía clavados, wey. Las hermanas Elizondo y los hermanos Reyes, con sus venganzas y sus pasiones que ardían como chile en la boca. Juan me apretó la cintura con su mano grande, callosa de tanto trabajar la tierra. "Mira nomás a esa Sarita, qué chula se ve cuando se enoja", murmuró él, su aliento caliente contra mi oreja. Yo reí bajito, sintiendo un cosquilleo que bajaba por mi espinazo.
En la pantalla, la escena se ponía intensa. Los amantes se miraban con ojos de fuego, el pecho subiendo y bajando como si ya se estuvieran comiendo. El sonido de la música de fondo, esa ranchera sensual con violines, llenaba la habitación. Juan deslizó su mano por mi muslo, bajo la falda ligera que traía puesta.
¿Por qué carajos no nos dejamos llevar como ellos? Hace semanas que no nos revolcamos como animales, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un calor que se juntaba entre mis piernas.
Apagué la tele de un jalón. "Ya estuvo, Juan. Esta noche somos nosotros los de la pasión", le dije, volteándome para verlo de frente. Sus ojos cafés brillaban con esa picardía mexicana que me derretía. Me jaló hacia él, y nuestros labios se chocaron como tormenta. Sabía a cerveza Corona y a hombre, ese sabor salado que me hacía agua la boca. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maña de experto. Sentí mis pechos libres, los pezones endureciéndose al roce del aire y luego de sus dedos ásperos.
Nos paramos tambaleando, besándonos mientras íbamos al cuarto. El pasillo olía a las velas de cera de abeja que había encendido antes, dulce y embriagador. Juan me cargó como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la camisa. "Eres mi gavilana, María. Mi reina del rancho", gruñó, tirándome suave sobre la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me quité la falda de un movimiento, quedando en tanga de encaje rojo. Él se desvistió rápido, su verga ya parada, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada.
Me arrodillé en la cama, gateando hacia él. El colchón se hundía bajo mis rodillas, suave pero firme. Tomé su miembro en la mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro al rojo. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, ese gusto almizclado que me volvía loca. "Ay, wey, qué rica boca tienes", jadeó él, enredando los dedos en mi pelo negro largo. Chupé más profundo, dejando que mi lengua jugara alrededor del glande, oyendo sus gemidos roncos que rebotaban en las paredes de adobe.
Pero no quería que terminara tan pronto. Lo empujé de espaldas, montándome encima. Mi panocha ya estaba empapada, resbalosa de jugos que olían a deseo puro, a mujer en celo. Froté mi clítoris contra su verga, sintiendo la fricción eléctrica que me hacía arquear la espalda.
Como en Pasión de Gavilanes capítulo 189, cuando se entregan sin freno. Neta, esto es mejor, se me cruzó por la mente mientras bajaba despacio, empalándome en él. ¡Qué estirón tan delicioso! Llenándome hasta el fondo, sus pelotas contra mi culo.
Empecé a mover las caderas, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El sudor nos cubría, goteando entre mis tetas que rebotaban con cada embestida. Juan me agarraba las nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. "¡Muévete más, mamacita! ¡Dame todo!", pedía, su voz quebrada. Aceleré, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto, chapoteando húmedo. Olía a sexo, a sudor mezclado con mi perfume y su colonia Barbasol.
Me incliné para besarlo, nuestras lenguas enredándose salvajes. Sus manos subieron a mis pechos, pellizcando los pezones hasta que grité de placer. El orgasmo se acercaba, esa ola que sube desde el estómago, apretándome el pecho. Pinche intenso, pensé, mientras cabalgaba más duro. Juan se tensó debajo de mí, sus caderas golpeando arriba. "Me vengo, María... ¡juntos!", rugió.
Explotamos al mismo tiempo. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras chorros calientes me inundaban por dentro. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco, solo sensaciones: el latido de su corazón contra mi piel, el sabor de su cuello salado que lamí, el aroma espeso de nuestro clímax. Me derrumbé sobre él, jadeando, nuestros cuerpos pegajosos y temblorosos.
Pasaron minutos en silencio, solo el zumbido del ventilador y nuestras respiraciones calmándose. Juan me acarició la espalda, trazando círculos suaves. "Eso fue mejor que cualquier capítulo de la novela, ¿verdad?", dijo riendo bajito. Yo levanté la cabeza, sonriendo con labios hinchados. "Neta, Juan. Pasión de Gavilanes capítulo 189 nos prendió la mecha, pero nosotros somos el fuego".
Nos quedamos así, enredados, con la luna filtrándose por la ventana, iluminando nuestras pieles bronceadas. Sentí una paz profunda, esa conexión que va más allá de la carne. Mañana seguiría el rancho, los caballos relinchando al amanecer, el café humeante en la cocina de azulejos. Pero esta noche, éramos invencibles, dos almas mexicanas unidas en pasión pura.
Me acurruqué más, inhalando su olor a tierra y hombre. Que vengan más noches así, deseé en silencio. El deseo no se apaga; solo espera el próximo capítulo.