Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasión Vega María Se Bebe Las Calles Pasión Vega María Se Bebe Las Calles

Pasión Vega María Se Bebe Las Calles

7325 palabras

Pasión Vega María Se Bebe Las Calles

Las luces de neón parpadeaban como corazones latiendo en la Zona Rosa, y el aire olía a tacos al pastor chamuscados mezclados con el perfume dulzón de las flores de nochebuena que vendían en la esquina. Caminaba por esas calles vivas, con el pulso acelerado por el ritmo de la ciudad que nunca duerme. Órale, qué chido está esto esta noche, pensé, mientras el sonido de un mariachi lejano se colaba entre los beats electrónicos de los antros. Entonces la vi. María. Salió de un bar como si las calles fueran su trago favorito, moviendo las caderas con una pasión vega que me dejó clavado en el sitio. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, el cabello negro suelto ondeando al viento caliente de la medianoche.

Se paró en la banqueta, riendo con unas amigas, pero sus ojos negros barrían la calle como si se la estuviera bebiendo entera. María se bebe las calles, me vino a la mente de repente, recordando esa rola de Pasión Vega que sonaba en la radio de un taquero cercano. Neta, encajaba perfecto con ella: salvaje, insaciable, devorando la noche con cada sorbo de vida. Me acerqué sin pensarlo dos veces, el corazón tronándome en el pecho como tambores de una fiesta patronal.

—Órale, mamacita, ¿tú sí o qué? —le dije, con una sonrisa pendeja que no pude evitar.

Ella giró la cabeza, me midió de arriba abajo con una mirada que quemaba como chile de árbol, y soltó una carcajada ronca que me erizó la piel.

—¿Y tú quién te crees, carnal? ¿El rey de la calle? —respondió, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo, el aroma a vainilla y tequila en su aliento.

Conversamos como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de la ciudad que nos masticaba y escupía, de cómo las luces de Reforma se reflejaban en sus ojos como estrellas caídas. Sus amigas se despidieron con guiños pícaros, dejándonos solos en medio del bullicio. La tensión crecía con cada palabra, cada roce accidental de su mano en mi brazo. Esta morra es fuego puro, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los jeans, latiendo al ritmo de su risa.

La invité a caminar, y ella aceptó con un "sí, güey, pero no me hagas pendejadas". Recorrimos las calles empedradas de la Condesa, donde los árboles susurraban secretos al viento. Sus tacones repiqueteaban como un desafío, y cada vez que se paraba a mirar un mural callejero, su vestido se subía un poco, dejando ver la piel suave de sus muslos. La tomé de la mano, y no la soltó. Sus dedos entrelazados con los míos eran cálidos, eléctricos, prometiendo más.

—Neta, María, tú se bebes las calles como si fueran tu mezcal favorito —le dije, deteniéndome frente a un parque iluminado por faroles dorados.

Ella se mordió el labio, esa boca carnosa que imaginaba saboreando todo lo prohibido.

—Y tú, ¿qué? ¿Quieres probar un sorbo? —susurró, presionando su cuerpo contra el mío. Sentí sus tetas firmes contra mi pecho, los pezones endurecidos rozando la tela fina. Mi polla se puso dura como piedra, palpitando con urgencia.

¡Carajo, esta chava me va a volver loco. Su piel huele a jazmín y deseo, y quiero lamer cada centímetro de ella hasta que grite mi nombre.

La besé ahí mismo, bajo las ramas de un ahuehuete centenario. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a limón y picardía. Su lengua danzó con la mía, explorando, reclamando, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretar mi culo. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el tráfico lejano y el crujir de las hojas. La cargué contra un muro cubierto de enredaderas, y ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, frotándose contra mi erección con una lentitud tortuosa.

—Te quiero adentro, pendejo —me rogó al oído, su voz ronca como un tango prohibido.

La llevé a mi depa cerca, un loft chido con vistas a la ciudad que brillaba como un diamante sucio. Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa como animales en celo. Su cuerpo desnudo era una obra de arte mexicana: piel morena reluciente bajo la luz tenue, curvas generosas que invitaban a pecar, un piercing en el ombligo que centelleaba. La tumbé en la cama king size, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Bajé por sus tetas perfectas, chupando un pezón rosado hasta que arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, no pares!".

Mis manos exploraban su vientre plano, bajando hasta el monte de Venus depilado, húmedo de anticipación. Olía a almizcle femenino, a sexo puro y consentido. Deslicé dos dedos en su coño empapado, caliente como lava, y ella cabalgó mi mano con gemidos que retumbaban en las paredes. Sus paredes internas me apretaban, succionando, como si quisiera tragarme entero. La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo, invitador. Le di una nalgada juguetona, y ella rio, meneando las caderas.

—¡Dame verga, amor! —exigió, mirándome por encima del hombro con ojos de víbora.

Me puse un condón —siempre seguro, carnal— y la penetré de un solo empujón. Su coño era apretado, resbaladizo, envolviéndome como terciopelo mojado. Embestí lento al principio, sintiendo cada vena de mi polla rozar sus pliegues, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Aceleré, agarrando sus caderas, el sudor chorreando por mi espalda. Ella gritaba "¡Más duro, hijo de tu puta madre!", clavando las uñas en las sábanas. El olor a sexo llenaba la habitación, denso, embriagador.

Cambié de posición: ella encima, cabalgándome como una amazona en el desierto. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y yo las amasaba, pellizcando pezones hasta que su coño se contrajo en espasmos. ¡Qué rica, qué puta deliciosa! La volteamos de lado, cucharita, penetrándola profundo mientras lamía su oreja, mordisqueándola. Nuestros cuerpos se movían en sincronía perfecta, el clímax construyéndose como una tormenta en el Popo.

Esto no es solo follar, es fusionarnos. Su alma se bebe la mía, como ella se bebe las calles.

Explotamos juntos. Ella primero, gritando mi nombre mientras su coño ordeñaba mi verga en oleadas de placer. Yo la seguí, corriéndome con un rugido gutural, el mundo explotando en blanco. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón tronando al unísono. La abracé, besando su frente perlada de sudor, mientras la ciudad murmuraba afuera.

—Qué chingón estuvo eso, ¿verdad? —dijo ella, trazando círculos en mi pecho con un dedo.

—Neta, María, tú eres pasión vega pura. Me bebiste entero.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de nada y todo, riendo de tonterías. Las calles seguían vivas allá abajo, pero en ese momento, el mundo era nuestro. Ella se levantó al fin, vistiéndose con gracia felina, prometiendo volver a beberse la noche conmigo. La vi irse desde la ventana, silueta recortada contra el sol naciente, y supe que María se bebe las calles, pero anoche, por un rato, me bebió a mí.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.