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Pasión por la 57

6324 palabras

Pasión por la 57

Yo siempre he sentido una pasión por la 57, esa carretera federal que sale del corazón de México y se pierde hacia el norte, con sus rectas eternas y curvas que te hacen sudar la gota gorda. El sol pegaba como plomo derretido esa tarde de verano, y yo iba al volante de mi troca vieja, con el aire acondicionado hecho mierda y la radio escupiendo cumbia rebajada. Sudaba a chorros, la camisa pegada al pecho, pero no me quejaba. La 57 era mi escape, mi terapia contra el pinche estrés de la ciudad.

Paré en una gasolinera de esas que parecen sacadas de una película de vaqueros, con un Oxxo chiquito y un comal humeante donde un taquero volteaba cebollas y carne asada. El olor a carbón y limón me abrió el apetito. Pedí unos tacos al pastor, bien cargaditos de piña, y me senté en una mesa de plástico bajo el toldo. Ahí la vi. Salió del baño como si nada, con un short vaquero que le marcaba las nalgas redondas y una blusa escotada que dejaba ver el valle perfecto entre sus chichis. Morena clara, pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz. Órale, wey, ¿de dónde salió esta diosa? pensé, mientras le daba una mordida a mi taco.

Se acercó al mostrador, pidiendo una chela fría. Su voz era ronca, con ese acento norteño que me eriza la piel. "¿Me das unos tacos de suadero, carnal? Y una agua de jamaica, bien helada". El taquero le sonrió como pendejo, y yo no pude evitar mirarla. Nuestras miradas se cruzaron, y ella me guiñó un ojo.

¡No mames! ¿Esto me está pasando?
Me levanté, con el plato en la mano, y me acerqué. "Permiso, jefa, ¿viajas sola por la 57? Es peligrosa pa' una morra tan chida como tú". Ella se rió, mostrando dientes blancos y perfectos. "¡Ja! No seas mamón. Soy Lupita, y sí, voy pa' Saltillo a ver a mi carnal. Mi vochito se descompuso allá atrás. ¿Tú eres el héroe del día?"

Me llamo Alex, le dije, y sin pensarlo dos veces, le ofrecí llevarla. "Sube, Lupita. Mi troca aguanta hasta el fin del mundo". Ella dudó un segundo, pero el sol la estaba achicharrando. "Órale, pero no vayas a ser un loco asesino, eh". Subió, y el olor de su perfume mezclado con sudor fresco invadió la cabina. Piel de vainilla, con un toque de jazmín. Arrancé, y la carretera se abrió ante nosotros como una promesa sucia.

Al principio, platicamos de todo. De la vida en el DF, de cómo la 57 te cambia el alma con sus paisajes de magueyes y cerros pelones. Ella era de Torreón, coahuilense de pura cepa, con un cuerpo que gritaba agárrame si te atreves. Yo le contaba anécdotas de mis viajes, y ella se reía a carcajadas, tocándome el brazo cada rato. Su piel era suave como seda, caliente por el sol. El roce me mandaba chispas directas a la verga, que ya empezaba a despertarse bajo los jeans.

El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Paramos en un motel de carretera, de esos con neones parpadeantes y cuartos que huelen a desinfectante barato. "Necesito estirar las piernas, Alex. ¿Me invitas una chela ahí?", dijo ella, señalando el bar del motel. No era propuesta, era orden. Entramos, pedimos dos Indias frías, y nos sentamos en una mesa de madera astillada. La espuma de la chela sabía a lúpulo fresco, y sus labios se humedecían con cada sorbo. Hablamos de pasiones. "Yo tengo una pasión por la 57", le confesé. "Me hace sentir vivo, libre". Ella se acercó, su rodilla rozando la mía. "Yo tengo pasiones más... carnales. ¿Y tú, qué tanto aguantas?"

El aire se cargó de electricidad. Su mano subió por mi muslo, lenta, como si probara el terreno. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en los oídos. Esto va pa'lante, wey. No la cagues. La besé ahí mismo, en la barra, con hambre de lobo. Sus labios eran carnosos, su lengua juguetona, saboreando a chela y a deseo puro. Olía a mujer en celo, ese aroma almizclado que te nubla la mente. Nos levantamos, tropezando, y corrimos al cuarto. La puerta se cerró con un bang, y ya estábamos arrancándonos la ropa.

Sus chichis saltaron libres, grandes y firmes, con pezones oscuros duros como piedras. Los chupé con ganas, sintiendo su sabor salado en la lengua, mientras ella gemía bajito: "¡Ay, cabrón, qué rico!". Sus manos bajaron a mi verga, ya tiesa como poste, y la apretó con fuerza. "¡Mira nomás qué vergota! Esto me lo metes todo". La tiré en la cama, que crujió bajo nuestro peso. Le abrí las piernas, y su concha estaba empapada, rosada y hinchada, oliendo a miel caliente. Lamí despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando cada gota. Ella se arqueaba, clavándome las uñas en la cabeza: "¡No pares, pendejo! ¡Lame más fuerte!".

La tensión crecía como tormenta. Mi verga palpitaba, goteando precum. Ella se volteó, poniéndose a cuatro patas, meneando el culo como bailarina de reggaetón. "Ven, métemela ya. Quiero sentirte hasta el fondo". Empujé despacio, sintiendo cómo su concha me tragaba centímetro a centímetro, caliente y apretada como guante de terciopelo. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto, plaf plaf plaf, mezclado con sus gritos: "¡Más duro, Alex! ¡Cógetela como hombre!". Sudábamos ríos, el olor a sexo impregnando todo. Le jalé el pelo, ella lo pedía, y bombardeé su culo con embestidas feroces. Sus paredes se contraían, ordeñándome la verga.

El clímax se acercaba. Ella se tocaba el clítoris, jadeando: "¡Me vengo, wey! ¡No te salgas!". Su concha se apretó como tenaza, y explotó en oleadas, chorros calientes mojando las sábanas. Yo no aguanté más. "¡Me vengo, Lupita!", rugí, y descargué chorros espesos dentro de ella, el placer cegándome, piernas temblando. Nos derrumbamos, pegajosos y exhaustos, respirando como perros.

Después, en la cama revuelta, fumamos un cigarro compartido. El humo se enredaba con el olor a semen y sudor. Ella se acurrucó en mi pecho, su piel tibia contra la mía. "Qué chido estuvo eso, Alex. La 57 siempre me trae buena suerte". Yo la besé en la frente, sintiendo una paz que no conocía. "Mi pasión por la 57 ahora incluye a una morra como tú". Amaneció con café negro y promesas. La dejé en Saltillo, pero su número en mi cel quemaba. La carretera seguía llamándome, pero ahora con sabor a ella.

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