Pasión Cap 56 Noche de Fuego Insaciable
Ana caminaba por las calles empedradas de la Roma, con el corazón latiéndole como tambor en fiesta. El aire de la noche traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los taquitos al pastor que se asaban en la esquina. Hacía calor, pero no tanto como el que le subía por el cuerpo cada vez que pensaba en él. Rafael, el wey que la tenía loca desde hace meses. Habían quedado en el bar de siempre, ese rinconcito con luces tenues y salsa de fondo que hacía que todo pareciera una película de pasión cap 56, de esas novelas eróticas que leía a escondidas en el metro.
Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas justito, sin brasier para sentir la tela rozándole los pezones cada vez que se movía. Se miró en el reflejo de una vitrina: labios rojos, ojos ahumados, pelo suelto cayéndole por la espalda. Neta, estoy para comerme, pensó, y soltó una risita nerviosa. La tensión ya le picaba entre las piernas, un cosquilleo que la hacía apretar los muslos al caminar.
Al entrar al bar, el sonido de las risas y copas chocando la envolvió como un abrazo. Lo vio de inmediato, sentado en la barra con una chela en la mano, su camisa blanca arremangada mostrando esos antebrazos fuertes que tanto le gustaban. Rafael volteó, y sus ojos se clavaron en ella como si ya la estuviera desnudando. Se levantó, la abrazó fuerte, su aliento a tequila y menta rozándole el cuello.
Chingado, huele tan rico. Quiero morderle el hombro ahorita mismo, pensó Ana mientras se apretaba contra su pecho.
—Órale, mi reina, qué chingona te ves esta noche —le murmuró al oído, su voz grave vibrándole en la piel.
Se sentaron, pidieron unos tequilas reposados con limón y sal. Charlaron de la chamba, de lo pendejo que era su jefe, pero entre líneas, las miradas decían otra cosa. Sus rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada toque era como una chispa. Ana sentía el calor subiendo, el pulso acelerado en el cuello, el sabor salado del limón aún en la lengua.
La cosa escaló cuando él le puso la mano en el muslo, subiendo despacito por debajo del vestido. Ana jadeó bajito, mordiéndose el labio. No aguanto más, wey. Llévame de aquí. El bar se sentía más chico, el aire cargado de su olor a hombre, a colonia cara y sudor fresco.
Salieron tomados de la mano, riendo como chavos. Caminaron hasta su depa en la esquina, el viento nocturno fresco contra su piel caliente. En el elevador, ya no pudieron más. Rafael la acorraló contra la pared, besándola con hambre, su lengua invadiendo su boca, saboreando el tequila compartido. Ana le clavó las uñas en la espalda, gimiendo contra sus labios.
—Te necesito, pinche Rafael. Me tienes mojadísima desde que te vi —susurró ella, voz ronca.
Él gruñó, manos amasándole las nalgas, apretándola contra su verga dura que ya se notaba a través del pantalón. El ding del elevador los separó por un segundo, pero apenas cruzaron la puerta, la ropa voló. Ana se quitó el vestido de un jalón, quedando en tanguita negra que apenas cubría nada. Rafael se desabrochó la camisa, mostrando ese pecho moreno y peludo justo como a ella le gustaba.
La llevó a la recámara, luces bajas de la ciudad filtrándose por la ventana. La cama king size los esperaba, sábanas blancas oliendo a suavizante de lavanda. La tumbó suave pero firme, besándole el cuello, bajando por los pechos. Sus labios chuparon un pezón, lengua girando lento, mientras la mano libre le metía dedos por la tanga, encontrándola empapada.
¡Ay, cabrón! Sus dedos gruesos me abren como nadie. Siento el calor subiendo, el corazón retumbando en el clítoris.
Ana arqueó la espalda, gemidos saliendo sin control. Qué rico su toque, áspero pero cariñoso. Huele a sexo, a nosotros. Él lamió bajito, mordisqueando la piel de su vientre, hasta llegar al monte de Venus. Le quitó la tanga con los dientes, sopló suave sobre su sexo húmedo, haciendo que ella temblara.
—Estás deliciosa, mi amor. Sabes a miel caliente —dijo antes de hundir la lengua.
Ana gritó de placer, manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose solas contra su boca. Él lamía despacio al principio, saboreando cada pliegue, chupando el clítoris con succiones que la volvían loca. El sonido húmedo de su lengua, los jadeos de ella, el tráfico lejano de la ciudad... todo se mezclaba en una sinfonía de deseo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola creciendo en el bajo vientre, pulsos en las sienes.
Pero no quería acabar todavía. Lo jaló arriba, besándolo para probarse en su boca, salada y dulce. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo la piel suave sobre el acero duro. Pinche verga chingona, justo lo que necesito para llenarme.
Rafael se puso un condón rápido —siempre cuidadosos, siempre responsables— y se posicionó entre sus piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ana sintió cada vena rozando sus paredes, el placer quemándole las entrañas.
—Métemela toda, wey. Fuerte —suplicó ella.
Él obedeció, embistiéndola profundo, ritmo creciente. La cama crujía, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. Ana le clavaba uñas en los hombros, piernas enredadas en su cintura, gimiendo alto. Siento su peso, su calor, el olor a sexo puro. Cada empujón me acerca al borde. Él le mordía el hombro, gruñendo su nombre, acelerando hasta que el mundo se volvió blanco.
El clímax la golpeó como rayo, contracciones apretándolo fuerte, grito ahogado en su cuello. Rafael la siguió segundos después, cuerpo tenso, semen caliente llenando el condón mientras rugía de placer. Se quedaron así, unidos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.
Se separaron suave, él se quitó el condón y lo botó. Se acurrucaron bajo las sábanas, piel pegajosa de sudor, olor a ellos impregnando todo. Ana trazaba círculos en su pecho con la uña, escuchando su corazón volver a normal.
—Esto fue como pasión cap 56 de esa serie erótica que tanto te gusta, ¿no? —bromeó él, besándole la frente.
Ella rio bajito, sintiendo una paz profunda. Sí, wey. Pero mejor, porque es real. Tú y yo, esta conexión que no se apaga. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, solo existían ellos, saciados, envueltos en el afterglow de su fuego.
Se durmieron así, prometiendo más noches como esta, con la pasión cap 56 grabada en la piel como un tatuaje invisible.