Pasion Prohibida Capitulo 56 Parte 2
Ana sintió el corazón latiéndole con fuerza mientras subía en el ascensor del hotel en Polanco. El aire acondicionado olía a limón fresco y a ese perfume caro que usaban en los lugares de lujo, pero nada podía calmar el calor que le subía por el pecho. Hacía semanas que no veía a Diego, su prohibido, el hombre que le hacía olvidar las broncas eternas de sus familias. Los papás de ella, dueños de una cadena de restaurantes en Guadalajara, y los de él, con sus bodegas de tequila en Tequila, se odiaban desde una pelea por tierras hace veinte años. Neta, era como una novela de Televisa, pero en vez de balazos, había miradas que quemaban.
El ding del ascensor la sacó de sus pensamientos. Salió al pasillo alfombrado, suave bajo sus tacones altos, y caminó hasta la suite 1204. Golpeó suave, tres veces, como siempre. La puerta se abrió y ahí estaba Diego, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando el vello oscuro que Ana adoraba recorrer con las yemas de los dedos.
—Ven pa'cá, ricura —murmuró él, jalándola adentro y cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa.
Ana se dejó envolver por sus brazos fuertes, inhalando su olor a colonia terrosa mezclada con sudor fresco. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia. Esto es lo que necesito, pensó ella, mientras sus manos bajaban por la espalda de él, apretando sus nalgas firmes bajo el pantalón de vestir.
Se separaron un segundo, jadeantes. La habitación era un sueño: luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas, una cama king size con sábanas de seda negra, y una botella de champagne enfriándose en un balde de hielo.
—No sabes cuánto te extrañé, mi amor —dijo Diego, su voz ronca como grava mojada—. Cada noche sueño con tu cuerpo pegado al mío.
Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. —Yo igual, wey. En la casa, con mis viejos regañándome por todo, solo pienso en ti. En cómo me haces sentir viva.
Se sentaron en la cama, bebiendo champagne que burbujeaba en la lengua con sabor a fresas y pecado. Hablaron de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de la última bronca familiar vía WhatsApp, pero el aire se cargaba de electricidad. Las manos de Diego rozaban su muslo desnudo bajo la falda corta roja, subiendo despacio, enviando ondas de calor directo a su centro.
¿Y si nos descubren? pensó Ana por un segundo, recordando las amenazas de su papá. Pero el roce de sus dedos borró todo. Ella se inclinó, besando su cuello, saboreando la sal de su piel. —Tócame más —susurró, guiando su mano entre sus piernas.
Diego gimió bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Sus dedos encontraron su humedad a través de las panties de encaje, frotando suave al principio, luego con más presión. Ana arqueó la espalda, el roce haciendo que sus pezones se endurecieran contra el top ajustado. El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con el champagne derramado un poco en la sábana.
—Estás chorreando por mí —dijo él, con esa voz juguetona que la volvía loca—. Mi pasión prohibida, lista para explotar.
Ana lo empujó sobre la cama, montándose a horcajadas sobre él. Desabotonó su camisa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel expuesta: el pecho ancho, los abdominales marcados por horas en el gym. Su boca bajó hasta un pezón, lamiéndolo con la lengua plana, succionando hasta que Diego gruñó y apretó las sábanas.
—Qué rico te sientes —jadeó ella, sintiendo su verga dura presionando contra su entrepierna a través de la tela.
Las manos de Diego subieron por sus caderas, quitándole la falda con un tirón experto. Quedó en panties y top, la piel erizada por el aire fresco y su mirada hambrienta. Él se incorporó, arrancándole el top y capturando un seno con la boca. Sus dientes rozaron el pezón sensible, tirando suave, mientras su mano masajeaba el otro. Ana lanzó un gemido largo, el sonido rebotando en las paredes acolchadas. Sus labios son fuego, pensó, mientras ondas de placer bajaban directo a su clítoris palpitante.
Se besaron de nuevo, rodando en la cama hasta que ella quedó debajo. Diego se quitó el pantalón, liberando su miembro erecto, grueso y venoso, con una gota de presemen brillando en la punta. Ana lo miró, lamiéndose los labios. —Ven, déjame probarte —pidió, con voz ronca.
Él se arrodilló frente a su rostro, y ella lo tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. Lo acercó a su boca, lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado almizcle. Diego metió los dedos en su pelo, guiándola suave mientras ella lo chupaba profundo, la garganta relajándose para tomarlo todo. Los gemidos de él eran música, graves y desesperados, haciendo que su propia excitación goteara por los muslos.
—Para, o me vengo ya —gruñó Diego, apartándose con esfuerzo.
La volteó boca abajo, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas. Sus manos separaron sus piernas, y su lengua encontró su entrada húmeda. Ana gritó de placer cuando lamió su clítoris, succionando con hambre, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos contra ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su boca en ella, el roce de su barba incipiente en los muslos internos, el olor de sexo puro... todo la volvía loca.
—Más, Diego, no pares... ¡órale!
Él obedeció, acelerando hasta que el orgasmo la golpeó como ola en Acapulco. Ana tembló entera, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza, el placer explotando en colores detrás de sus párpados cerrados. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando mientras jugos calientes mojaban la sábana.
Pero no pararon. Diego se posicionó detrás, frotando su verga contra su entrada resbaladiza. —Dime que me quieres dentro —exigió, voz tensa.
—Sí, métemela toda, mi amor —suplicó ella, empujando hacia atrás.
Entró de un empujón lento, llenándola por completo. Ana sintió cada centímetro estirándola, el placer rayando en dolor exquisito. Se movieron juntos, primero despacio, sintiendo cada roce, cada vena pulsando dentro. El slap de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con jadeos y susurros sucios.
—Eres tan chingona, tan apretada para mí —gemía él, embistiendo más fuerte.
Ana se volteó, queriendo verlo a la cara. Quedó misionero, piernas enredadas en su cintura, uñas clavándose en su espalda. Cada penetración profunda tocaba su alma, el sudor de él goteando en sus senos, el ritmo acelerando como tambores de mariachi en fiesta. Esto es nuestro, prohibido pero nuestro, pensó, mientras otro orgasmo crecía.
—Me vengo... ¡juntos! —gritó Diego, su cuerpo tensándose.
Explosions compartidas: él llenándola con chorros calientes, ella contrayéndose alrededor, ordeñándolo. Gemidos se fundieron en uno solo, el mundo reduciéndose a ese pulso compartido, el olor de semen y sudor, el sabor de su beso final salado.
Se derrumbaron, entrelazados, respiraciones calmándose poco a poco. Diego la besó en la frente, suave ahora. —Capitulo 56 parte 2 de nuestra pasion prohibida, susurró juguetón, refiriéndose a cómo siempre numeraban sus encuentros como episodios secretos.
Ana rio bajito, acurrucándose en su pecho. El corazón de él latía fuerte aún, un ritmo que la arrullaba. Miró por la ventana, las luces de la Reforma parpadeando como estrellas. ¿Cuánto durará esto? se preguntó, pero por ahora, el afterglow era perfecto: pieles pegajosas, músculos laxos, paz profunda.
—Te amo, a pesar de todo —dijo ella, besando su hombro.
—Y yo a ti, mi reina. Mañana planeamos cómo mandarlos a la chingada a todos.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de su pasión prohibida resonando en el silencio de la noche mexicana.