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Marlene Favela Pasion y Poder Desatados

6407 palabras

Marlene Favela Pasion y Poder Desatados

La gala en Polanco bullía de luces tenues y risas elegantes, el aroma a perfumes caros mezclándose con el humo ligero de cigarros finos. Yo, Alejandro, empresario de tech en la CDMX, no podía quitarle los ojos de encima a ella. Marlene Favela, la reina de las telenovelas, la que había incendiado pantallas con Marlene Favela Pasion y Poder, esa historia de amores intensos y venganzas calientes que todos devorábamos. Vestida con un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, se movía con esa gracia felina que prometía pecados deliciosos.

¿Será posible que una mujer así me mire a mí? Neta, pinche suerte la mía si pasa algo esta noche.
Pensé mientras me acercaba a la barra, fingiendo casualidad. Nuestras miradas se cruzaron, y su sonrisa, ay esa sonrisa pícara, me dejó el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

"¿Vienes a por un trago o a verme bailar?" me soltó con voz ronca, ese acento regio que suena a miel caliente. Le ofrecí un tequila reposado, y platicamos de todo: de la vida loca de las grabaciones, de cómo Pasion y Poder la había catapultado. "Allá todo era fuego, wey. Pasión pura, poder en cada mirada", dijo guiñándome un ojo. La tensión crecía como tormenta en el desierto, su perfume floral invadiendo mis sentidos, su piel morena brillando bajo las luces.

La invité a mi penthouse en Reforma, "solo un rato más de charla, ricura". Aceptó con un mordisco juguetón en su labio inferior. En el elevador, el silencio era eléctrico, nuestros cuerpos rozándose apenas, el calor de su muslo contra el mío enviando chispas directas a mi entrepierna.

Adentro, la vista de la ciudad nocturna se extendía como un mar de estrellas artificiales. Puse música de fondo, un bolero suave de Luis Miguel que invitaba a pecar. Le serví un margarita con sal en el borde, y nos sentamos en el sofá de piel italiana, tan cerca que sentía el latido de su pulso en la muñeca.

Mierda, Alejandro, no la cagues. Tómate tu tiempo, hazla sentir reina.
Su mano rozó mi rodilla al reírse de un chiste tonto sobre productores pendejos. "Tú no pareces de esos, chulo. Tienes poder en esa mirada tuya". La besé entonces, suave al principio, probando el sabor salado de sus labios, el tequila dulce en su lengua. Se entregó con hambre, sus uñas arañando mi nuca, gimiendo bajito contra mi boca. "Qué rico besas, cabrón", murmuró, y eso fue mi perdición.

La levanté en brazos, sus piernas envolviéndome la cintura como enredaderas calientes. La llevé al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo: su vestido rojo cayendo como pétalo sangriento, mi camisa hecha trizas por sus manos impacientes. En la cama king size, con sábanas de hilo egipcio, su cuerpo desnudo era un templo pagano. Pechos firmes coronados de pezones oscuros endurecidos, caderas anchas invitando a perderse, el vello negro entre sus muslos reluciendo de anticipación.

La devoré con los ojos primero, luego con la boca. Bajé besos por su cuello, oliendo su sudor ligero mezclado con jazmín. Lamí sus senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, sus gemidos subiendo de volumen como sirenas en la noche. "¡Sí, así, pinche loco!" jadeó, arqueando la espalda. Mis manos exploraban su piel suave, resbaladiza por el calor, bajando hasta su sexo húmedo. Metí un dedo, luego dos, sintiendo sus paredes apretándome, jugosa y ardiente. El olor a mujer en celo me volvía bestia, su clítoris hinchado palpitando bajo mi pulgar.

Ella no se quedó atrás. Me volteó como luchadora profesional, "ahora me toca a mí, güey". Desabrochó mi pantalón, liberando mi verga tiesa y palpitante. "¡Qué mamalona, carnal!" exclamó con ojos brillantes, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando la gota precorial salada. La succionó profunda, garganta relajada, bolas en su mano suave masajeándolas. El sonido húmedo de su boca, chapoteos y slurps, me tenía al borde, el placer subiendo como lava por mi espina.

No aguanto más, tengo que entrar en ella, sentir ese poder envolviéndome.
La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo perfecto, nalguitas firmes separándose para mostrar su ano rosado y su panocha chorreante. Me coloqué atrás, restregando mi glande en sus labios vaginales, untándome de sus jugos. "¡Métemela ya, pendejo! ¡Quiero tu poder dentro!" rugió. Empujé lento, centímetro a centímetro, su coño apretado tragándome entero, caliente como horno de leña. Grité de placer, el estiramiento perfecto, sus paredes masajeándome.

Empecé a bombear, primero ritmado, cachetadas de mis huevos contra su clítoris sonando como aplausos obscenos. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándome como yegua salvaje, "¡Más duro, cabrón! ¡Desata esa pasión!". Sudábamos a chorros, pieles chocando con palmadas húmedas, olor a sexo crudo llenando el aire. Cambiamos posiciones: ella encima, montándome con vaivén experto, tetas rebotando hipnóticas, uñas clavadas en mi pecho. Yo la amasaba, pellizcaba sus nalgas, metía un dedo en su culo para volverla loca. Sus ojos, esos ojos de Pasion y Poder, me miraban fieros, llenos de lujuria pura.

La tensión crecía, mis bolas apretándose, su respiración entrecortada. "¡Me vengo, Alejandro! ¡No pares!" chilló, convulsionando alrededor de mi verga, chorros calientes empapando mis muslos. Eso me lanzó al abismo: embestí profundo, eyaculando chorros potentes dentro de ella, gruñendo como animal, placer cegador explotando en mi cerebro.

Colapsamos jadeantes, cuerpos enredados pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. "Pinche pasión y poder, ¿eh? Como en la novela, pero mejor", susurró riendo bajito, besando mi piel salada.

Esto no es solo un polvo, wey. Hay algo más aquí, un fuego que no se apaga fácil.
La abracé fuerte, oliendo su cabello revuelto, sintiendo su calor envolviéndome. Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, Marlene Favela había despertado demonios deliciosos en mí. Mañana quién sabe, pero esa noche fuimos reyes del placer, dueños absolutos de nuestra propia pasión y poder.

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