Como Fue La Pasion Y Muerte De Jesus En Mis Brazos
Era Viernes Santo en Puerto Vallarta, el sol cayendo como una bendición ardiente sobre la playa. Yo, María, con mi piel morena brillando de crema solar, caminaba tomada de la mano de Jesús —sí, se llamaba así, un nombre que siempre me ponía la piel chinita—. No era cualquier Jesús, era mi Jesús, alto, musculoso, con esa barba recortada que me raspaba delicioso y ojos negros que me desnudaban con una mirada. Habíamos rentado una villa frente al mar, de esas con piscina infinita y jacuzzi, lejos del bullicio de las procesiones. Pero el ambiente de Semana Santa nos había calado hondo.
¿Cómo no iba a excitarnos? pensé mientras veíamos desde la terraza cómo los penitentes cargaban sus cruces por la malecón. El sudor corriéndoles por los cuerpos, las cadenas tintineando, esa devoción que rozaba lo masoquista. Jesús me apretó la mano, su pulgar rozando mi palma en círculos lentos. Sentí un cosquilleo subiendo por mi brazo, directo al entrepierna. "Nena, ¿te imaginas cómo fue la pasión y muerte de Jesús?" murmuró él, su voz grave como un tambor jaliciense. Yo tragué saliva, el calor no era solo del trópico.
—La de verdad o la nuestra? —le respondí coqueta, mordiéndome el labio. Él rio bajito, ese sonido ronco que me hacía mojarme al instante. Entramos a la villa, el aire acondicionado nos golpeó como una caricia fresca. Olía a jazmín del jardín y a sal marina. Me quitó el pareo con un tirón juguetón, dejando mi bikini rojo al aire. Sus manos grandes, callosas de tanto surfear, me recorrieron la cintura.
"Hoy vas a ser mi Magdalena, y yo tu Cristo resucitado... pero primero, la pasión."Sus palabras me prendieron fuego.
La noche cayó suave, con el rumor de las olas rompiendo como un latido eterno. Nos metimos al jacuzzi, el agua burbujeando caliente alrededor de nuestras piernas. Jesús me sentó en su regazo, su erección ya dura presionando contra mi concha a través del traje de baño. Bebimos mezcal ahumado, el líquido quemándonos la garganta, soltando nuestras inhibiciones. Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras él me besaba el cuello, su lengua trazando la línea de mi clavícula. Sabía a tequila y hombre, a deseo puro.
—Cuéntame cómo fue la pasión y muerte de Jesús —le pedí, jadeando, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros anchos—. Pero hazla nuestra, carnal. Él me miró con ojos encendidos, el vapor subiendo como incienso.
—Imagínate —susurró, deslizando una mano dentro de mi bikini, sus dedos gruesos encontrando mi clítoris hinchado—. Jesús en el huerto, sudando sangre, pero no de miedo, de puro anhelo por su amante secreta. Ella lo toca así... —Sus dedos giraron lento, haciendo que mis caderas se movieran solas. Gemí, el agua salpicando, el olor a cloro mezclado con mi excitación. Mi piel erizada, pezones duros como piedras bajo el agua.
Me volteó, de espaldas a él, y desató mi top. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando suave, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. "Siente la flagelación, Magdalena", dijo juguetón, dándome nalgadas leves que resonaban en la noche. No dolían, solo avivaban el fuego. Yo arqueé la espalda, restregándome contra su verga tiesa. Qué pendejo tan chido eres, pensé riendo por dentro, mientras el placer me nublaba la mente.
Salimos del jacuzzi empapados, riendo como güeyes locos. Me cargó en brazos hasta la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel caliente. La habitación olía a velas de coco que había encendido, luz tenue bailando en las paredes blancas. Se arrodilló frente a mí, como en oración, y separó mis muslos.
"Aquí viene la coronación de espinas... pero de placer."Su boca se hundió en mi chocha, lengua ávida lamiendo mis labios hinchados, chupando mi botón con maestría. Saboreé mi propio jugo en sus besos después, salado y dulce. Grité su nombre —¡Jesús!—, y él sonrió perverso.
El deseo crecía como marea alta. Yo lo empujé al colchón, montándolo como amazona. Su pecho velludo subía y bajaba rápido, corazón galopando bajo mi palma. Le quité el bañador, liberando su pollón grueso, venoso, palpitante. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado, mientras él gruñía como fiera. Esto es la pasión verdadera, no la de los libros, pensé, mientras lo montaba despacio, mi concha envolviéndolo centímetro a centímetro. Estrecha, húmeda, tragándoselo todo.
Nos movíamos en ritmo lento al principio, como una procesión sagrada. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo mandaba. "Más rápido, Magdalena, dame la cruz completa", jadeó él, sudor perlando su frente. Aceleré, tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos y el mar de fondo. Olía a sexo crudo, a sudor y esencia de vainilla de mi loción. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, llenándome hasta el alma.
Pero la tensión subía, como la cuesta hacia el Calvario. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, sus ojos clavados en los míos. Te amo, Jesús mío, pensé, mientras me penetraba fuerte, mis piernas enredadas en su cintura. Mordisqueaba mi oreja, susurrando guarradas mexicanas:
"Tu chochito es mi paraíso, nena, apriétame más."Yo respondía clavándole las uñas, arañando su espalda, marcándolo como mío. El clímax se acercaba, ese borde delicioso donde todo tiembla.
—¡La muerte, Jesús! ¡Dámela! —supliqué, mi voz ronca. Él embistió salvaje, el colchón crujiendo, mis jugos chorreando por sus bolas. Sentí la ola romper: mi concha contrayéndose en espasmos, gritando su nombre al cielo estrellado visible por la ventana. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Rugió como león, colapsando sobre mí, nuestros cuerpos pegajosos, pulsos sincronizados.
El afterglow fue puro éxtasis. Yacimos enredados, el ventilador zumbando suave, brisa marina enfriando nuestro sudor. Él me besó la frente, tierno ahora. Cómo fue la pasión y muerte de Jesús en mis brazos, reflexioné sonriendo, acariciando su barba húmeda. No era blasfemia, era nuestra religión privada, consensual, ardiente. Mañana resucitaríamos para más.
Nos quedamos así hasta el amanecer, el sol pintando el cielo de rosa, como una promesa de rondas eternas. En Puerto Vallarta, nuestra Semana Santa había sido la más pecaminosa y sagrada.