Pasión de Gavilanes Capítulo 54 Fuego en las Venas
El calor de la noche mexicana se colaba por las ventanas entreabiertas de tu depa en la Condesa, trayendo consigo el aroma a jazmín y tacos de la taquería de la esquina. Tú, Ana, con tu piel morena brillando bajo la luz tenue de la tele, te acurrucabas contra el pecho ancho de Luis, tu carnal de tantos años. Habían pasado la cena riendo de chistes pendejos y bebiendo chelas frías, pero ahora, con el control en la mano, el ambiente se cargaba de algo más eléctrico. Pasión de Gavilanes, esa novela que los había enganchado desde el principio, estaba en su mejor momento.
"¡Órale, mi amor, ya llegó la Pasión de Gavilanes capítulo 54!", exclamó Luis con esa voz ronca que te erizaba la piel, apretándote más contra él. El sonido del opening llenó la sala, con guitarras criollas y pasiones desbordadas que te recordaban tus propias aventuras. En la pantalla, los hermanos Reyes miraban a las Urrutia con ojos de fuego, y tú sentiste un cosquilleo traicionero entre las piernas.
¿Por qué carajos esta novela siempre me pone cachonda?pensaste, mordiéndote el labio mientras el calor subía por tu cuello.
Luis te besó la sien, su aliento cálido oliendo a cerveza y menta. "Mira cómo se miran, nena. Igualito que nosotros la primera vez". Sus dedos grandes trazaban círculos perezosos en tu muslo desnudo, bajo la falda corta que te habías puesto solo para provocarlo. El roce era suave al principio, como una promesa, pero cada vuelta hacía que tu pulso se acelerara. En la tele, la escena ardía: besos robados en un establo, manos ansiosas explorando curvas prohibidas. Tú giraste la cara hacia él, tus labios rozando los suyos en un beso ligero, juguetón. "No seas pendejo, Luis. Tú no eres ningún gavilán, pero me traes loca igual".
La tensión crecía como el calor de un comal encendido. Sus manos subieron por tus muslos, abriéndolos con gentileza, y tú no lo detuviste. Al contrario, arqueaste la espalda, presionándote contra su dureza que ya palpitaba bajo los jeans. El sonido de la novela era un fondo perfecto: gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas que se mezclaban con las vuestras. Olías su colonia barata, esa que siempre te hacía agua la boca, mezclada con el sudor fresco de su piel. Quiero más, pensaste, mientras tu mano bajaba a su bragueta, sintiendo el bulto caliente que saltaba ante tu toque.
Apagaste la tele con un clic, pero el eco de Pasión de Gavilanes capítulo 54 seguía vibrando en el aire. "Ven, mi rey", le susurraste al oído, tirando de su camiseta. Se la quitó de un jalón, revelando ese torso marcado por horas en el gym, pectorales duros que invitaban a morderlos. Tú te levantaste, dejando caer la falda al piso con un susurro de tela, quedando solo en tanga negra y blusa escotada. Sus ojos te devoraban, oscuros de deseo puro. "Estás chingona, Ana. Ven pa'cá".
Lo empujaste al sofá, montándote a horcajadas sobre él. El roce de su entrepierna contra tu centro húmedo te arrancó un jadeo. Besos hambrientos ahora, lenguas enredándose con sabor a sal y anhelo. Sus manos amasaban tus nalgas, apretando con fuerza juguetona, mientras tú restregabas las caderas en un ritmo lento, torturador.
Esto es mejor que cualquier novela, neta, pensaste, sintiendo cómo tu tanga se empapaba. El aire se llenaba del aroma almizclado de vuestras excitaciones, ese olor crudo y delicioso que gritaba sexo.
Luis te volteó con facilidad, quedando él encima, su peso delicioso aprisionándote contra los cojines suaves. Bajó la boca a tu cuello, chupando y mordiendo suave, dejando marcas rojas que mañana te harían sonreír al espejo. "Te quiero toda, mi vida", gruñó contra tu piel, mientras sus dedos colaban bajo la tanga, encontrando tu clítoris hinchado. Un dedo, dos, deslizándose en tu humedad resbaladiza. Tú gemiste alto, arqueando las caderas para más. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, respiraciones jadeantes, el crujir del sofá bajo vuestros movimientos.
Pero no querías acabar así. "Quítate todo, pendejo", le ordenaste con voz ronca, ayudándolo a desabrochar los jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. La tomaste en mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada, tan caliente como un fierro al rojo. La lamiste desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado salado que te volvía loca. Luis maldijo en voz baja, "Chingao, Ana", enredando los dedos en tu pelo mientras tú lo chupabas profundo, garganta relajada por práctica compartida.
La intensidad subía como fiebre. Él te levantó, cargándote al cuarto con pasos ansiosos. La cama king size los recibió, sábanas frescas oliendo a lavanda. Te tendió boca arriba, quitándote la blusa y el bra, liberando tus tetas plenas. Sus labios las capturaron, succionando pezones duros como piedras, mientras una mano volvía a tu coño, frotando en círculos perfectos. Tú temblabas, uñas clavadas en su espalda, dejando surcos rojos.
No aguanto más, lo necesito dentro. "Cógeme ya, Luis. Hazme tuya como en esa pinche novela".
Él se colocó entre tus piernas, la cabeza de su verga rozando tu entrada empapada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El ardor placentero te hizo gritar, piernas envolviéndolo como tenazas. Comenzó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda tocando ese punto que te deshacía. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con vuestros gemidos. Sudor perlando vuestros cuerpos, resbaloso y sexy. Olías el sexo puro, ese musk animal que te embriagaba.
La velocidad aumentó, él te cogía con fuerza controlada, tus tetas rebotando, manos en tus caderas guiando el ritmo. Cambiaron: tú arriba ahora, cabalgándolo como amazona, caderas girando en círculos viciosos. Sus manos en tus nalgas, guiándote, pulgares rozando tu ano en caricias prohibidas pero consentidas. Más fuerte, pensaste, acelerando hasta que el orgasmo te golpeó como rayo. Ondas de placer te recorrieron, coño contrayéndose alrededor de él en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Gritaste su nombre, visión borrosa de éxtasis.
Luis no tardó, gruñendo como bestia mientras se vaciaba dentro de ti, chorros calientes llenándote. Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en un lío sudoroso y satisfecho. Su verga aún palpitaba dentro, suave ahora, mientras besos perezosos sellaban el momento. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín de afuera.
Minutos después, él te acunó contra su pecho, dedos trazando patrones en tu espalda. "Mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 54, ¿verdad, mi reina?". Tú reíste bajito, besando su piel salada.
Neta que sí. Esto es nuestra pasión, nuestra gavilana propia. La noche se extendía, promesa de más rondas, pero por ahora, el afterglow era perfecto: paz profunda, conexión que ningún guion de tele superaba. Mañana verían el siguiente capítulo, pero esta noche, el fuego ardía solo para ustedes.