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Pasión de Cristo Iztapalapa en Carne Viva

6583 palabras

Pasión de Cristo Iztapalapa en Carne Viva

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles de Iztapalapa, pero el calor que sentía en mi piel no era solo del clima. La Pasión de Cristo Iztapalapa estaba en su apogeo, con miles de almas apiñadas siguiendo la procesión. El aire olía a incienso mezclado con el sudor de la multitud, y los tambores retumbaban como un corazón acelerado. Yo, Ana, de veintiocho años, había venido con mis carnales a ver el desfile, pero algo en el ambiente me tenía inquieta. Esa devoción colectiva, esa intensidad religiosa, siempre me removía por dentro, como si despertara un fuego que no era solo espiritual.

Ahí estaba él, entre los actores que representaban a los romanos. Alto, moreno, con el torso semidesnudo brillando bajo el sol, cargando una cruz de madera que parecía pesar como el mundo. Sus ojos, negros y profundos, se cruzaron con los míos por un segundo eterno. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Llevaba una falda de soldado romano y sandalias, pero su mirada era puro fuego pagano. Me sonrió de lado, esa sonrisa pícara que dice te vi y ya valió. Mi corazón latió fuerte, ahogado por los cantos y las oraciones que nos rodeaban.

La procesión avanzaba lenta, con Jesús arrastrándose por el asfalto caliente, coronado de espinas. La gente gritaba "¡Perdón, perdón!", pero yo solo podía pensar en ese romano que ahora me guiñaba el ojo disimuladamente. Se llamaba Marco, lo supe después, cuando la marea humana nos acercó. Nuestros brazos se rozaron, y su piel ardía como hierro al rojo.

"¿Vienes a ver la Pasión o a armar la tuya propia, morra?"
me susurró al oído, su aliento cálido oliendo a menta y algo más salvaje.

Me reí bajito, sintiendo el pulso en mis venas como los tambores. Neta, este wey me prende. La tensión crecía con cada paso de la procesión. Él tenía que seguir su papel, pero me hizo señas para que lo esperara al final del recorrido, cerca del cerro donde terminaba el vía crucis. Mi cuerpo ya respondía: pezones duros contra la blusa ligera, un calor húmedo entre las piernas que nada tenía que ver con el sol. ¿Qué hacía? ¿Seguir a la familia o ceder a esa llamada primitiva? La devoción a mi alrededor parecía bendecir mi decisión. Si Cristo perdona todo, ¿por qué no un rato de pecado?

El medio acto se encendió cuando lo encontré detrás de unas casuchas adornadas con alfombras y velas. La multitud aún rugía a lo lejos, pero aquí el mundo se reducía a nosotros. Marco se quitó la corona de laureles improvisada y me jaló hacia él. Sus labios sabían a sal y deseo, duros al principio, luego suaves como miel. "No mames, desde que te vi pensé en comerte viva", murmuró contra mi boca, sus manos grandes explorando mi cintura, subiendo por mi espalda. Yo gemí bajito, el sonido perdido en los ecos de la procesión.

Su piel olía a tierra caliente y sudor varonil, ese aroma que te hace arquear la espalda. Le quité la falda romana con urgencia, revelando su verga ya tiesa, gruesa y palpitante. Chingón, pensé, lamiéndome los labios. Me arrodillé un momento, no por devoción religiosa, sino por pura hambre. La tomé en mi boca, sintiendo su calor salado, el pulso acelerado contra mi lengua. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo.

"Así, mi reina, chúpamela como si fuera tu cruz"
. La analogía me excitó más, el sacrilegio dulce en medio de tanta santidad.

Pero no era solo físico; en su mirada había algo profundo. Me contó entre besos que cada año participaba en la Pasión de Cristo Iztapalapa por tradición familiar, pero que el fervor lo ponía cachondo, como si la pasión colectiva despertara la bestia dentro. Yo confesé que siempre me pasaba lo mismo: la intensidad me hacía mojarme, imaginar cuerpos entrelazados en éxtasis profano. Nuestras ropas cayeron como hojas secas: mi falda floreada, su disfraz romano. Desnudos bajo el cielo nublado, el viento traía olores de comida callejera y flores marchitas.

Me recargó contra la pared áspera, que raspaba mi espalda de forma deliciosa. Sus dedos encontraron mi concha empapada, resbalosos de jugos. "Estás chorreando, pinche diosa", dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde dolía de placer. Grité su nombre, mordiéndome el labio para no alertar a nadie. El ritmo aumentó: él lamió mi cuello, mis tetas, succionando pezones como si fueran frutas maduras. Yo arañé su espalda, oliendo su esencia masculina que me volvía loca. La tensión psicológica era brutal: ¿y si alguien venía? ¿Y si la procesión nos encontraba? Eso solo avivaba el fuego.

Lo empujé al suelo, sobre una manta que alguien había dejado. Me subí encima, guiando su verga hacia mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón fue exquisito, un dolor placentero que explotó en ondas de placer. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada latido. Sus manos en mis caderas, guiándome, acelerando. "Cógeme duro, Marco, hazme tuya", le rogué, mi voz ronca. Él embistió desde abajo, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con gemidos ahogados. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro, a panocha mojada y verga sudada.

La intensidad subió como la procesión hacia el calvario. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style contra la pared, jalándome el pelo con ternura bruta. Sus bolas golpeaban mi clítoris, enviando chispas.

"Me vengo, wey, no pares"
. El orgasmo me rompió en mil pedazos, contracciones que ordeñaban su verga. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, el mundo volviendo lento.

En el afterglow, yacimos abrazados, el sol poniente tiñendo todo de rojo sangre. La Pasión de Cristo Iztapalapa terminaba a lo lejos con aplausos y lágrimas devotas, pero nuestra pasión propia nos dejó en paz. Marco me besó la frente. "Esto fue mejor que cualquier vía crucis", dijo riendo. Yo asentí, sintiendo su calor aún dentro. No hubo promesas, solo esa conexión efímera, bendecida por el caos santo. Me vestí con piernas temblorosas, oliendo a él en mi piel. Al unirme a la familia, nadie notó nada, pero yo llevaba mi propia cruz de placer secreto. Esa noche, en sueños, reviví cada roce, sabiendo que la verdadera pasión vive en la carne viva.

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