Pasión de una Empresa
Ana ajustó el cuello de su blusa blanca mientras caminaba por los pasillos iluminados de la oficina en Polanco. El aire acondicionado zumbaba suavemente, cargado con el aroma a café recién molido y el perfume sutil de las flores que decoraban la recepción. Era dueña de Empresas Navarro, un negocio de consultoría que había levantado con uñas y dientes en los últimos cinco años. Pero hoy, su mente no estaba en los reportes financieros ni en las juntas con proveedores. No, su pulso se aceleraba cada vez que veía a Marco, el nuevo gerente de proyectos, con su camisa ajustada que marcaba los músculos de sus hombros y esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago.
¿Por qué carajos me pasa esto? Es mi empleado, güey. Pero neta, esa forma en que me mira, como si supiera todos mis secretos...pensó Ana mientras entraba a la sala de juntas. Marco ya estaba ahí, revisando unos gráficos en la pantalla grande. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas altas, bañando su piel morena en un tono dorado. Ella se sentó frente a él, cruzando las piernas bajo la mesa de caoba. El roce de su falda de tubo contra sus muslos le provocó un escalofrío inesperado.
—Jefa, estos números de la campaña en Guadalajara están cañones —dijo Marco con esa voz grave que vibraba en el aire como un ronroneo—. Pero creo que podemos apretar más el presupuesto si negociamos directo con los proveedores locales.
Ana inclinó la cabeza, fingiendo concentración, pero sus ojos se desviaron a la vena que latía en su cuello. Olía a él desde ahí: una mezcla de loción aftershave con toques cítricos y sudor limpio de hombre trabajando. Pasión de una empresa, murmuró para sí, recordando el lema que había colgado en la pared de su oficina, pero ahora sonaba distinto, cargado de algo prohibido y ardiente.
La reunión se extendió, pero la tensión crecía con cada cruce de miradas. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa una vez, accidentalmente, y el calor de su piel a través de la tela la dejó sin aliento. Cuando terminaron, Marco se levantó y le tendió unos papeles. Sus dedos se tocaron, y Ana sintió un chispazo eléctrico que le subió por el brazo hasta el pecho.
—Ana, ¿todo bien? Te ves... distraída —preguntó él, con un guiño juguetón.
—Sí, nomás pensando en cómo cerrar este trimestre con broche de oro —respondió ella, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Acto seguido, él se acercó más de lo necesario para despedirse, y su aliento cálido le rozó la oreja. —Si necesitas ayuda para cerrar algo, aquí estoy, jefa.
Esa noche, Ana no pudo dormir. Se revolcaba en las sábanas de algodón egipcio de su departamento en Lomas, el olor a lavanda de su crema corporal mezclándose con el deseo que le quemaba entre las piernas. Imaginaba las manos grandes de Marco deslizándose por su cintura, su boca explorando la curva de su cuello. Es una locura, pero qué chingón se siente, se dijo, tocándose suavemente hasta que el orgasmo la dejó jadeante y frustrada.
Al día siguiente, la escalada fue inevitable. En la oficina, durante una pausa para el café en la cocina ejecutiva, Marco la acorraló contra la encimera de granito. El vapor del espresso subía en espirales, y el sonido de la máquina era el único testigo.
—No aguanto más, Ana. Desde el primer día que te vi dirigiendo esa junta, con esa falda que te abraza como un guante... me tienes loco —confesó él, su voz ronca, las pupilas dilatadas.
Ella lo miró, el corazón martilleándole las costillas.
¿Y si lo mando al carajo? No, wey, esto es lo que quiero. Lo necesito.—Marco, esto es pasión de una empresa, algo que nos puede joder todo. Pero... al diablo.
Sus labios se encontraron en un beso feroz, hambriento. La lengua de él invadió su boca con sabor a menta y café, mientras sus manos le subían la blusa, acariciando la piel suave de su espalda. Ana gimió contra su boca, el roce de sus caderas presionando contra la dureza que crecía en los pantalones de él. El olor a su excitación, almizclado y masculino, la embriagaba más que cualquier tequila.
Se separaron solo para jadear, pero Marco la levantó sobre la encimera con facilidad, sus muslos abriéndose instintivamente. —Eres tan chingona, Ana. Tan mujer —murmuró, besando su clavícula, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel.
Ella enredó los dedos en su cabello negro, tirando suavemente. —Quítame esto, cabrón. Quiero sentirte ya.
La falda subió por sus caderas, revelando las ligas de sus medias de seda. Marco gruñó de aprobación, sus dedos trazando la humedad que empapaba sus bragas de encaje. El sonido de la tela rasgándose fue música para sus oídos, seguido del zipper de su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra el interior de su muslo. Ana la tocó, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma.
—Métemela, Marco. Despacio al principio —suplicó ella, la voz entrecortada por la anticipación.
Él obedeció, empujando centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la hizo arquear la espalda. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenó la cocina, mezclado con sus gemidos ahogados. Cada embestida era un ritmo creciente: lento y profundo al inicio, luego más rápido, más salvaje. Ana clavó las uñas en sus hombros, oliendo el sudor que les corría por la piel, saboreando el beso salado cuando él la devoraba de nuevo.
Esto es puro fuego, pensó ella mientras él le chupaba un pezón endurecido a través del bra, el placer irradiando como ondas desde su centro. Marco la penetraba con maestría, sus caderas chocando contra las de ella en un slap slap que resonaba. El granito frío contra su culo contrastaba con el calor abrasador de su unión, y Ana sintió el orgasmo construyéndose, una espiral tensa en su vientre.
—Me vengo, Ana... jefa... —gruñó él, su cuerpo temblando.
—Yo también, no pares, ¡chinga más fuerte! —exigió ella, y el clímax la golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándola, contrayendo su panocha alrededor de él en espasmos rítmicos. Marco se derramó dentro, caliente y abundante, su rugido gutural vibrando contra su cuello.
Se quedaron así un rato, pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el café olvidado. Marco la bajó con gentileza, besándola en la frente.
—Esto no fue un error, ¿verdad? —preguntó, vulnerable por primera vez.
Ana sonrió, acomodándose la ropa con manos temblorosas. —Neta que no, wey. Es la pasión de una empresa que nos une. Pero discreción, ¿eh? No quiero chismes en la oficina.
Regresaron al trabajo como si nada, pero con una complicidad nueva en las miradas. Esa tarde, en la junta general, Ana presentó los avances con una energía renovada, Marco a su lado asintiendo. Bajo la mesa, sus pies se rozaron de nuevo, prometiendo más noches de fuego.
En los meses siguientes, su relación floreció en secreto: cenas en restaurantes de la Roma con tacos al pastor picantes como sus besos, fines de semana en su casa de playa en Valle de Bravo, donde el sonido de las olas acompañaba sus cuerpos entrelazados bajo las estrellas. Ana descubrió en Marco no solo un amante apasionado, sino un socio leal que impulsaba Empresas Navarro a nuevos horizontes.
Una noche, después de una sesión intensa en su cama king size, con sábanas revueltas y el olor a sus fluidos aún en el aire, Ana se acurrucó en su pecho. El latido de su corazón era un tambor constante bajo su oreja.
Quién iba a decir que la pasión de una empresa me daría esto: amor, éxito, todo.
Marco la besó en la coronilla. —Eres mi jefa, mi mujer, mi todo, Ana.
Y así, entre balances y orgasmos, construyeron un imperio de placer y ambición que nadie podía detener.