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Canción de la Pasión de Cristo Letra en Tu Piel

6727 palabras

Canción de la Pasión de Cristo Letra en Tu Piel

Era Jueves Santo en la Ciudad de México, el aire cargado con ese olor a copal y flores de cempasúchil que se colaba por las ventanas abiertas de tu departamento en la Condesa. Tú, sentada en el sillón de terciopelo verde, con las piernas cruzadas y el calor de la tarde pegándote en la piel, sentías esa inquietud que no explicabas. La tele apagada, la calle silenciosa salvo por el lejano tañido de campanas. ¿Por qué carajos me pongo así en estas fechas? pensaste, mientras el pulso te latía fuerte en el cuello.

Agarraste tu celular, el brillo de la pantalla iluminando tu cara morena. Habías oído de reojo en la radio una melodía que te erizaba la piel: canción de la pasión de cristo letra. Tecleaste rápido las palabras, y ahí estaban, las letras desplegándose como un secreto prohibido. "En el huerto de Getsemaní, sudas sangre por amor...", leíste en voz baja, la voz ronca por la emoción. Pero en tu mente, esas palabras se retorcían, se volvían pasión de otra clase, la que quema entre las sábanas, la que hace que el cuerpo tiemble de anticipación. Tu mano bajó sola por tu blusa de algodón ligera, rozando el encaje del brasier. El aroma de tu propia piel, mezclado con el jazmín del jardín vecino, te invadió las fosas nasales.

Estas letras hablan de sufrimiento, pero yo solo siento deseo, un fuego que me come viva. ¿Y si él llega ahora? ¿Y si le recito esto mientras me besa?

La puerta se abrió con un chirrido suave, y ahí estaba él, tu hombre, Alejandro, con su camisa blanca pegada al pecho por el sudor de la calle. Alto, moreno, con esa barba de tres días que te raspaba delicioso. "Ey, mi reina, ¿qué onda? La procesión estuvo chida, pero prefiero estar aquí contigo", dijo con esa sonrisa pícara, soltando la bolsa de groceries en la mesa. Tú lo miraste de arriba abajo, el bulto en sus jeans ya notorio porque te conocía demasiado bien.

"Ven, güey, mira esto", le dijiste, extendiendo el celular. Él se acercó, su olor a hombre fresco y colonia barata envolviéndote, y se sentó a tu lado. Leíste en voz alta fragmentos de la canción de la pasión de cristo letra, modulando la voz como si fuera un lamento erótico. "Azotado por amor, coronado de espinas...". Tus pezones se endurecieron bajo la tela, y él lo notó, porque su mano grande se posó en tu muslo desnudo, subiendo despacio.

"¿Qué te pasa, carnala? Estás calientita", murmuró, su aliento caliente en tu oreja. Tú giraste, capturando sus labios en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta de su chicle y el dulzor de tu gloss de fresa. Sus dedos se colaron bajo tu falda corta, rozando la humedad de tus bragas de encaje negro. Un gemido se te escapó, vibrando contra su boca.

El beso se profundizó, sus manos explorando tu espalda, desabrochando el brasier con maestría. Te recostaste en el sillón, él encima, su peso delicioso presionando tus caderas. "Sigue leyendo, mi amor, haz que esta pasión sea nuestra", jadeó él, bajando a besar tu cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba tu clavícula. Tú obedeciste, recitando entre suspiros: "Carga la cruz pesada, por mi salvación...". Cada palabra era un latigazo de placer, su boca descendiendo a tus senos, chupando un pezón con hambre, el sonido húmedo llenando la habitación.

Te incorporaste, empujándolo juguetona. "Quítate eso, pendejo, déjame verte todo". Él se rio, esa carcajada grave que te ponía la piel de gallina, y se desvistió rápido, su verga saltando libre, dura y venosa, palpitando por ti. La tocaste, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo tu palma. Es mía, toda para mí, pensaste, mientras lamías la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, enredando los dedos en tu cabello negro largo. "Sí, así, mi reina, chúpamela como solo tú sabes".

Lo hiciste despacio al principio, la lengua girando alrededor del glande, inhalando su aroma almizclado de excitación. Él se arqueó, las caderas moviéndose leve, pero tú controlabas el ritmo, empoderada en ese momento. Luego lo montaste a horcajadas en el sillón, frotando tu concha húmeda contra su longitud, el roce eléctrico enviando chispas por tu espina. "Siente la pasión, Alejandro, como en la canción", susurraste, guiándolo dentro de ti con un movimiento fluido.

Oh, el estiramiento glorioso, llenándote hasta el fondo, cada vena rozando tus paredes sensibles. Empezaste a cabalgar lento, el sonido de piel contra piel mezclándose con vuestros jadeos y el eco distante de una marcha santa afuera. Sus manos en tus nalgas, amasando la carne suave, guiándote más rápido. Sudor goteando entre vuestros cuerpos, el olor a sexo crudo invadiendo el aire, dulce y animal.

Esto es la verdadera pasión, no espinas ni cruz, sino este fuego que nos consume juntos, voluntarios, locos de deseo.

La tensión crecía, tus músculos internos apretándolo, él gimiendo tu nombre – "¡Laura, carajo, me vas a matar!" – mientras tú acelerabas, pechos rebotando, uñas clavándose en su pecho velludo. Él se incorporó, capturando un seno en su boca, mordisqueando suave, el dolor placentero empujándote al borde. Cambiaron posiciones, él encima ahora, embistiendo profundo, el sofá crujiendo bajo el ritmo frenético. Sentías cada thrust golpeando tu clítoris, el placer acumulándose como una ola imparable.

"Más fuerte, mi amor, dame todo", rogaste, piernas enredadas en su cintura, talones presionando su culo firme. Él obedeció, sudando profusamente, gotas cayendo en tu vientre, el sabor salado cuando las lamiste de su piel. El clímax te golpeó primero, un estallido cegador, tu concha convulsionando alrededor de su verga, gritando su nombre mientras olas de éxtasis te recorrían, visión borrosa, cuerpo temblando.

Él siguió unos segundos más, gruñendo salvaje, hasta derramarse dentro de ti con un rugido gutural, caliente y abundante, llenándote de su esencia. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones martilleando al unísono. Su peso sobre ti era un cobija perfecta, suaves besos en tu frente mientras el mundo volvía a enfocarse.

Minutos después, aún unidos, él susurró: "¿Ves? Esa canción nos prendió la mecha". Tú reíste bajito, acariciando su espalda húmeda. "La canción de la pasión de cristo letra se convirtió en la nuestra, carnal". El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y en ese afterglow, sentiste paz profunda, conexión total. No era solo sexo; era ritual propio, pasión redimida en placer mutuo. Afuera, las campanas tañían de nuevo, pero ahora sonaban como bendición a vuestra unión.

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