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Mi Pasión Desnuda por el Servicio al Cliente

7406 palabras

Mi Pasión Desnuda por el Servicio al Cliente

Ana ajustó el escote de su blusa blanca impecable, sintiendo el roce suave de la tela contra su piel morena. El aire acondicionado del hotel boutique en Polanco zumbaba quedito, trayendo consigo un aroma a jazmín fresco que flotaba desde los jarrones de la recepción. Era su turno de noche, y neta, adoraba esa hora. La pasión por el servicio al cliente le corría por las venas como tequila añejo, ardiente y adictiva. Hacía tres años que trabajaba ahí, y cada huésped era una oportunidad para brillar, para hacer que se sintieran como reyes... o como dioses.

La puerta de cristal se abrió con un tintineo suave, y entró él. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, ojos cafés intensos y una sonrisa que prometía travesuras. Llevaba una camisa azul ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que abrazaban sus muslos de manera pecaminosa. Ana tragó saliva, notando cómo su pulso se aceleraba solo con verlo caminar hacia el mostrador.

—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarte? —dijo ella con voz melosa, inclinándose un poquito para que su perfume de vainilla lo envolviera.

Él se acercó, apoyando los codos en el mármol frío.

«Órale, esta chava está cañona», pensó Ana, mordiéndose el labio por dentro.
—Tengo una reservación a nombre de Marco Ruiz. Pero hay un problema con mi habitación, güey. La cama está dura como piedra, y yo vengo cansado de un pinche día de juntas eternas.

Ana sonrió, sus ojos brillando con esa chispa juguetona. Pasión por el servicio al cliente, se repitió como mantra. —No te preocupes, Marco. Yo me encargo. Déjame ver qué puedo hacer por ti. ¿Quieres algo mientras? ¿Un trago? ¿Un masaje express en el spa?

Él la miró de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus caderas envueltas en la falda negra ceñida. —Un masaje suena chido. Pero solo si tú lo das.

El corazón de Ana latió fuerte, un calor subiendo por su pecho. ¿Coqueteo o invitación? Caminó delante de él hacia el elevador, sintiendo su mirada quemándole la nuca, el sonido de sus pasos firmes detrás como un tambor de deseo.

En la suite presidencial, el aire olía a sábanas limpias y a su colonia amaderada. Ana encendió las luces tenues, el resplandor ámbar bailando en las paredes color crema. —Aquí está mejor, ¿verdad? Pero si la cama no te convence, puedo arreglarte otra habitación en un dos por tres.

Marco se quitó la camisa con un movimiento fluido, revelando un torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hacia su abdomen. Ana sintió su boca secarse, el pulso martilleando en sus sienes. —No es la cama, Ana. Es que necesito algo más... personal. ¿Tú no sientes esa pasión por el servicio al cliente que hace que todo valga la pena?

Ella se acercó, sus tacones clicando contra el piso de madera. El aroma de su sudor ligero, mezclado con jabón masculino, la invadió. —Neta, sí la siento. Y contigo, güey, la siento al mil.

Acto primero cerrado. La tensión crecía como una tormenta en el desierto, el aire cargado de electricidad. Ana le puso las manos en los hombros, masajeando con dedos expertos, sintiendo los músculos tensos ceder bajo su toque. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró directo en su centro.

—Más abajo —murmuró Marco, girándose para mirarla a los ojos. Sus pupilas dilatadas, el aliento cálido rozándole la cara.

Ana dudó un segundo, su mente un torbellino.

«Esto es ir más allá del servicio, pero carajo, lo quiero. Lo necesito».
Deslizó las manos por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la piel caliente, el vello raspándole las palmas. Él la jaló hacia sí, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento. Sabía a menta y a deseo puro, su lengua explorando con urgencia, dientes rozando suave.

Se tumbaron en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Marco le quitó la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos. Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando cuando él lamió su pezón endurecido, el roce húmedo y caliente enviando chispas por su espina.

—Eres increíble —susurró él, bajando la mano por su vientre plano, deteniéndose en el borde de la falda. —¿Puedo?

—Sí, carnal. Todo tuyo —respondió ella, voz ronca, levantando las caderas para ayudarlo.

La falda voló, seguida de las bragas de encaje negro. Marco se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo su aroma almizclado de excitación. Sus dedos abrieron sus pliegues húmedos, el pulgar rozando su clítoris hinchado. Ana gritó bajito, las uñas clavándose en las sábanas, el placer como olas rompiendo en su vientre.

Él lamió despacio, lengua plana y juguetona, saboreando su dulzor salado. Órale, qué rico, pensó Ana, las caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados. Marco metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, frotando ese punto que la hacía ver estrellas.

Pero ella quería más. Lo empujó hacia arriba, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. La masturbó lento, oyendo su gruñido animal, luego se la llevó a la boca. Sabía salado y masculino, llenándole la garganta mientras él enredaba los dedos en su cabello oscuro.

—Para, o me vengo ya —jadeó Marco, jalándola arriba.

Se posicionaron, ella encima, guiándolo a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. El roce interno era exquisito, cada vena rozando sus paredes sensibles. Empezó a moverse, caderas girando en círculos, senos rebotando con cada embestida.

Marco la agarró las nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas. El dolor placentero la volvía loca. Sudor perlaba sus cuerpos, el slap-slap de piel contra piel resonando como música erótica. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras ella cabalgaba más rápido, el orgasmo construyéndose como un volcán.

—Me vengo, pendejo —gritó Ana, el mundo explotando en blanco. Contracciones milking su verga, jugos corriendo por sus muslos.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo y brutal, bolas golpeando su clítoris. Unas embestidas más y rugió, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar en una segunda ola.

Colapsaron juntos, jadeos entrecortados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma a sexo impregnaba el aire, pesado y satisfactorio. Marco la besó la sien, trazando círculos perezosos en su espalda.

—Esa pasión por el servicio al cliente tuya es legendaria, Ana. Vuelve mañana, ¿va?

Ella rio bajito, acurrucándose contra su pecho, el corazón aún galopando.

«Neta, este trabajo es lo máximo. Y él... él es solo el principio».
La noche se extendía, prometiendo más rondas, más piel, más éxtasis. En ese hotel de Polanco, su pasión no tenía fin.

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