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Pasión Prepagos Ardiente

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Pasión Prepagos Ardiente

La noche en la Ciudad de México se sentía como un manto pesado de luces neón y bocinas lejanas. Tú, wey, acababas de cerrar un pinche día de mierda en la oficina, con el jefe echándote bronca por nada. El estrés te comía vivo, y esa calentura acumulada te tenía al borde. Recordaste un anuncio que viste en el celular: Pasión Prepagos, escorts de lujo para noches inolvidables. Nada de pendejadas baratas, puro placer consentido y profesional. Marcaste el número con el corazón latiéndote a mil.

Media hora después, sonó el timbre de tu depa en Polanco. Abriste la puerta y ahí estaba ella, Karla, una morra de unos veintitantos, con curvas que te quitaron el aliento. Pelo negro largo cayéndole por la espalda, labios rojos como chile piquín, y un vestido negro ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo. Olía a vainilla y algo más, un perfume que te erizó la piel.

"Hola, guapo. Soy Karla de Pasión Prepagos. ¿Listo para desconectar?"
dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como miel caliente.

La invitaste a pasar, el aire acondicionado zumbando suave mientras servías dos tequilas reposados. Charlaron en el sofá de piel, sus piernas rozando las tuyas accidentalmente –o no tanto–. Habló de su vida como modelo freelance, de cómo elegía este trabajo porque le daba libertad, poder sobre su cuerpo y sus reglas. Nada de dramas, todo claro: una hora de placer mutuo, sin ataduras. Tú le contaste de tu rutina de mierda, y ella escuchaba, tocándote el brazo con uñas pintadas de rojo, enviando chispas por tu espina.

El deseo crecía lento, como el calor de un comal encendido. Sus ojos cafés te devoraban, y sentiste tu verga endureciéndose bajo los jeans. Órale, carnal, esta morra es fuego puro, pensaste. Ella se acercó más, su aliento cálido en tu cuello.

"¿Quieres que empecemos, papi? Todo a tu ritmo, pero yo sé cómo hacerte volar."
Sus labios rozaron los tuyos, suaves como pétalos mojados, y el beso explotó. Lenguas danzando, sabor a tequila y menta, manos explorando. Le quitaste el vestido despacio, revelando lencería de encaje negro que apenas contenía sus pechos perfectos. Tus dedos temblaban al desabrochar el sostén, y cuando cayeron libres, los chupaste con hambre, sintiendo sus pezones duros como piedras preciosas contra tu lengua. Ella gemía bajito, "Qué rico, sí, así...", arqueando la espalda.

La llevaste a la cama king size, las sábanas frescas crujiendo bajo sus cuerpos. El cuarto olía a sexo inminente, a sudor ligero y su aroma femenino que te volvía loco. Te quitó la camisa, lamiendo tu pecho, bajando por el abdomen hasta los pantalones. Desabrochó tu cremallera con dientes, liberando tu verga tiesa, palpitante.

"Mmm, qué chingona está esta pinga. Déjame probarla."
Se la metió a la boca, chupando despacio al principio, lengua girando en la cabeza, saliva caliente resbalando. El sonido húmedo de succión te hacía jadear, tus manos enredadas en su pelo. No mames, esto es el paraíso, rugía tu mente mientras el placer subía como lava.

Pero Karla no era solo cuerpo; había conexión. Entre lamidas, levantó la vista:

"Dime qué te gusta, amor. Quiero que sea perfecto."
Le pediste que se subiera encima, y lo hizo, quitándose el tanga con un movimiento sensual. Su concha depilada brillaba húmeda, labios hinchados invitándote. Se frotó contra tu verga, lubricándote con sus jugos calientes, gimiendo "Ay, wey, ya te quiero adentro". La penetraste de un empujón suave, sintiendo su calor apretado envolviéndote centímetro a centímetro. Era como terciopelo mojado, pulsando alrededor de ti. Empezaron a moverse, ella cabalgándote con ritmo experto, caderas girando como en un baile de salsa callejera. Sus tetas rebotaban, tú las amasabas, pellizcando pezones mientras el slap-slap de piel contra piel llenaba el cuarto.

La tensión escalaba. Cambiaron posiciones: tú de rodillas detrás, embistiéndola doggy style. Su culo perfecto se movía contra ti, manos en sus caderas anchas, oliendo su sudor mezclado con perfume.

"Más fuerte, papi, rómpeme. ¡Sí, chingame así!"
gritaba ella, voz quebrada de placer. Tus bolas chocaban contra su clítoris, y sentías sus paredes contrayéndose, acercándose al orgasmo. Internamente luchabas: Quiere correrme ya, pero aguanta, hazla explotar primero. Le metiste un dedo en el ano, lubricado con sus propios fluidos, y eso la volvió loca. Ella se corrió primero, un grito ahogado "¡Me vengo, cabrón!", su concha chorreando, temblando violentamente alrededor de tu verga.

No pudiste más. La volteaste, misionero profundo, piernas sobre tus hombros. La miraste a los ojos mientras la taladrabas, besos salvajes, lenguas enredadas. El clímax te golpeó como un camión: ¡La madre! rugiste, descargando chorros calientes dentro de ella –habían acordado sin condón, chequeados y todo–. Su segundo orgasmo la sacudió, uñas clavadas en tu espalda, dejando marcas rojas. Colapsaron juntos, jadeando, pieles pegajosas de sudor, el aire denso con olor a semen y hembra satisfecha.

En el afterglow, Karla se acurrucó contra ti, cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. Caricias perezosas en su pelo, besos suaves en la frente.

"Fue chido, ¿verdad? Pasión Prepagos siempre cumple."
murmuró, pero había calidez genuina. Tú asentiste, pensando Esto no fue solo sexo, conectamos de verdad. Le diste propina generosa, pero le pediste su número personal. Ella sonrió:
"Tal vez, guapo. Si quieres más que prepago."

Se fue al amanecer, dejando tu depa impregnado de su esencia. Tú te quedaste en la cama, sonriendo como pendejo, el cuerpo relajado por primera vez en meses. La Ciudad despertaba afuera, pero tú ya habías tenido tu propia revolución. Pasión Prepagos no era solo un servicio; era el detonante para redescubrir el fuego en ti.

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