Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasión por los Deportes Desnuda Pasión por los Deportes Desnuda

Pasión por los Deportes Desnuda

6942 palabras

Pasión por los Deportes Desnuda

El sol de mediodía en el Estadio Azteca pegaba como plomo derretido, pero eso no me importaba. Mi pasión por los deportes me tenía ahí, gritando como loca con la camiseta del América empapada en sudor, el corazón latiéndome a mil por hora con cada gol. Soy Ana, veintiocho años, y el fútbol es mi religión. Ese día, entre la multitud eufórica, mis ojos se clavaron en él: Diego, el tipo alto y moreno que entrenaba a los aficionados en la cancha paralela. Sus músculos se marcaban bajo la playera ajustada, brillando con sudor, y cada vez que pateaba el balón, su culo se tensaba de una forma que me hacía apretar las piernas sin querer.

Órale, Ana, contrólate, es solo un wey guapo en un estadio lleno de gente, me dije mientras lo veía flexionar los brazos, su piel morena reluciente como aceite. Pero neta, su pasión por los deportes era contagiosa. Gritaba instrucciones con esa voz grave, ronca por el esfuerzo, y yo sentía un cosquilleo en el estómago que nada tenía que ver con el marcador.

Al final del partido, me armé de valor y me acerqué. "¡Qué chido entrenas, carnal! ¿Me das unas clases?" le solté, jadeando un poco, con el olor a césped fresco y sudor ajeno invadiendo mis fosas nasales. Él se giró, sonrió con dientes blancos perfectos y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortos que se pegaban a mis muslos por el calor.

"Con gusto, mamacita. Mañana a las seis en el gym del estadio. No faltes, que aquí la pasión por los deportes se vive a full", respondió, guiñándome un ojo. Su aliento olía a chicle de menta mezclado con el salado del sudor, y cuando me dio la mano, su palma áspera y caliente me envió una descarga eléctrica directo al centro.

Acto seguido, esa noche soñé con él: su cuerpo presionado contra el mío en la cancha, el sonido de pelotas rebotando como latidos acelerados, el sabor salado de su piel en mi lengua. Me desperté mojadísima, tocándome con dedos temblorosos, imaginando que eran los suyos.

Al día siguiente, llegué puntual al gym. El lugar olía a goma quemada, metal caliente y ese aroma almizclado de cuerpos en movimiento. Diego ya estaba ahí, en shorts deportivos que dejaban poco a la imaginación, sus piernas musculosas tensándose al hacer sentadillas. "¡Llegaste, qué padre! Vamos a calentar", dijo, y me pasó una botella de agua fría que chorreaba gotas heladas por mis dedos.

Empezamos con estiramientos. Sus manos grandes se posaron en mi cintura para corregir mi postura, y juro que sentí su calor traspasando la tela delgada de mi top. "Respira hondo, Ana. Siente el músculo estirarse", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el cuello. Mi piel se erizó, pezones endureciéndose contra el bra deportivo. Esto no es solo ejercicio, pendeja, esto es fuego puro, pensé mientras inhalaba su olor: jabón masculino, sudor fresco y un toque de colonia picante.

Pasamos a pesas. Él cargaba barras como si nada, venas hinchándose en sus antebrazos, gruñendo con cada repetición. Ese sonido gutural me ponía cardíaca, el pulso retumbándome en las sienes y más abajo. Yo lo imitaba, pero mis brazos temblaban no solo por el peso, sino por la forma en que sus ojos me devoraban, bajando a mis tetas que subían y bajaban con cada jadeo.

"Estás progresando chido, pero relájate los hombros", dijo, poniéndose detrás de mí. Sus caderas rozaron mi culo accidentalmente —o no— y sentí su verga semi-dura presionando contra mí. Un gemido se me escapó, disfrazado de esfuerzo. El aire se cargó de electricidad, el zumbido de las máquinas de fondo como un latido compartido. Sudor corría por mi espalda, goteando entre mis nalgas, y él lo notó, porque su mano se deslizó por mi espina dorsal para "secarme".

"Diego... esto se siente... intenso", balbuceé, girándome para verlo de frente. Nuestros pechos casi se tocaban, su piel ardiente irradiando calor. Él tragó saliva, ojos oscuros nublados de deseo.

"Mi pasión por los deportes siempre me pone así, Ana. Pero contigo... es otra cosa. ¿Quieres parar?", preguntó, voz ronca, dándome espacio pero sin soltarse del todo.

"Ni madres. Quiero más", respondí, y lo besé. Sus labios sabían a sal y victoria, lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Gemí contra él, manos enredándose en su pelo corto y húmedo, mientras sus dedos amasaban mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.

Nos movimos a la zona de colchonetas, semioculta por pesas apiladas. El suelo era áspero bajo mis rodillas cuando me arrodillé, jalando sus shorts. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí como miel caliente. "¡Carajo, Ana, qué boca tan chingona!", gruñó, caderas embistiéndome suave al principio. El sabor era almizclado, salado, adictivo; su olor a macho sudado me mareaba de placer. Chupé con ganas, lengua girando en la cabeza sensible, bolas pesadas en mi mano mientras él jadeaba, músculos tensos como cables.

Me levantó como pluma, quitándome la ropa con urgencia. Mis tetas rebotaron libres, pezones duros rozando su pecho peludo. "Eres perfecta, wey... fóllame ya", le rogué, piernas enredándose en su cintura. Me penetró de un empujón lento, grueso estirándome deliciosamente. Sí, así, lléname, pensé mientras él gemía, el sonido reverberando en el gym vacío.

Nos movimos en ritmo frenético, piel contra piel chapoteando sudor, mis uñas clavándose en su espalda. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con el caucho de las colchonetas. Él me chupó las tetas, dientes rozando pezones, enviando chispas a mi clítoris. "¡Más fuerte, Diego, dame todo!", grité, y él obedeció, embistiendo profundo, bolas golpeando mi culo.

La tensión creció como una ola: mi vientre contrayéndose, su verga palpitando dentro. "Me vengo, Ana... ¡juntos!", rugió, y explotamos. Mi coño se apretó como puño, jugos chorreando por sus muslos, mientras él eyaculaba caliente, llenándome hasta desbordar. Grité su nombre, visión nublada por estrellas, cuerpo temblando en éxtasis.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la piel. Su corazón latía contra mi oreja, fuerte como tambores de estadio. Me besó la frente, suave. "Eso fue más que pasión por los deportes, ¿verdad?", murmuró, riendo bajito.

"Neta, fue el mejor partido de mi vida", respondí, acurrucándome en su pecho. El gym se sentía nuestro, el eco de nuestros jadeos desvaneciéndose. Sabía que esto era el principio: entrenamientos que terminarían así, sudor y placer entrelazados para siempre.

Salimos tomados de la mano, el sol poniente tiñendo el cielo de naranja pasión. Mi cuerpo zumbaba aún, marcado por sus dedos, y en mi mente, solo una certeza: mi pasión por los deportes acababa de encontrar su pareja perfecta.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.