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Imágenes con Frases de Pasión y Deseo

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Imágenes con Frases de Pasión y Deseo

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el ventilador zumbando perezosamente sobre su cabeza. El calor de la noche mexicana la envolvía como una sábana húmeda, y el sonido lejano de los cláxones en la avenida Ámsterdam le recordaba que la ciudad nunca dormía. Abrió Instagram por puro aburrimiento, scrolleando sin rumbo hasta que una cuenta la detuvo en seco: imágenes con frases de pasión y deseo. Eran fotos sensuales de parejas entrelazadas, sombras de cuerpos desnudos bajo luces tenues, con textos superpuestos que ardían en la pantalla. "Tu aliento en mi cuello enciende mi alma", decía una. Otra: "Deseo que me devores hasta el amanecer".

Su pulso se aceleró. Neta, pensó, esto está cabrón. Sintió un cosquilleo entre las piernas, como si esas palabras se colaran bajo su short de algodón. Ana era una morra de treinta y dos, publicista en una agencia chida del Polanco, pero su vida sexual era un desierto desde que su ex la dejó por una tipa más joven. Tocó la pantalla, ampliando una imagen de labios rozando piel, imaginando el sabor salado, el calor húmedo.

¿Y si le mando esto a Marco? El wey del depa de al lado, con esos ojos cafés que me miran como si quisiera comerme viva.
Marco, el arquitecto fitness que siempre la saludaba en el elevador con una sonrisa pícara y un "Qué onda, vecina, ¿todo chido?"

Sin pensarlo dos veces, le dio share a una imagen con la frase "Tu deseo es mi adicción". Agregó: "Esto me recordó a ti wey ¿qué piensas?". Envió. El corazón le latía en los oídos mientras esperaba. Tres puntos bailando... "Jajaja neta? Esa imagen me prendió fuego. ¿Quieres que la veamos juntos?". Ana sonrió, mordiéndose el labio. El juego acababa de empezar.

Al día siguiente, el elevador los dejó solos. Marco entró oliendo a jabón fresco y colonia con toques de madera, su playera ajustada marcando los músculos del pecho. "Buenos días, Ana. ¿Lista para esas imágenes con frases de pasión y deseo?" dijo bajito, con voz ronca. Ella sintió el calor subirle por el cuello, el roce accidental de su brazo contra el suyo como una descarga eléctrica. "Neta, anoche no dormí pensando en eso", confesó ella, su voz temblorosa. Él se acercó un paso, el espacio entre ellos cargado de electricidad. "Yo tampoco. ¿Cena esta noche en mi depa? Traigo vino y... más de esas imágenes".

La cena fue un pretexto. Sentados en su sala minimalista, con velas parpadeando y salsa suave de fondo –un playlist de Natalia Lafourcade mezclado con algo más picante–, abrieron la cuenta en su iPad grande. Cada imagen era un golpe al deseo: cuerpos aceitados brillando bajo el sol, frases como "Tócame hasta que grite tu nombre". Marco le pasó el brazo por los hombros, su mano cálida rozando su piel desnuda del brazo. Ana inhaló su aroma, mezcla de sudor limpio y deseo crudo. "Mira esta", murmuró él, señalando una de dedos entrelazados en sábanas revueltas. "Me hace pensar en cómo se sentiría tu piel contra la mía".

Ella giró el rostro, sus labios a centímetros. El corazón me va a estallar, pensó. "Muéstrame", susurró. Sus bocas se encontraron en un beso lento, explorador. Saboreó su lengua, dulce con restos de vino tinto, mientras sus manos subían por su espalda, clavándose en la tela de su blusa. El beso se volvió hambriento, dientes rozando, gemidos ahogados. Marco la levantó como si no pesara nada, llevándola a su cuarto. La cama king size los recibió con sábanas frescas de hilo egipcio, oliendo a lavanda y anticipación.

Se desnudaron con calma, saboreando cada revelación. La camisa de él cayó primero, exponiendo el torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello oscuro. Ana trazó con los dedos los surcos de sus abs, sintiendo el calor irradiar, los músculos contraerse bajo su toque. "Estás riquísimo, wey", murmuró ella, voz ronca. Él rio bajito, quitándole el bra de encaje negro. Sus pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire fresco y la mirada ardiente de él. Marco los besó, lengua girando despacio, succionando hasta que ella arqueó la espalda, un jadeo escapando: "¡Ay, cabrón!".

El deseo escalaba como una ola. Sus manos bajaron, desabrochando el jeans de ella, deslizándolo con el tanga. El aire besó su sexo húmedo, expuesto y palpitante. Marco se arrodilló, inhalando su aroma almizclado, femenino, que lo volvía loco. "Hueles a puro fuego", gruñó, antes de lamerla despacio, desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su néctar salado-dulce. Ana se aferró a su cabello, caderas moviéndose al ritmo de su lengua experta.

Neta, nunca me habían comido así. Es como si supiera exactamente dónde tocar para volverme loca.
Gemía sin control, el sonido rebotando en las paredes, mezclado con el chapoteo húmedo de su boca.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. Lo jaló arriba, quitándole el bóxer. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la punta brillando de precúm. La tocó, piel aterciopelada sobre acero, palpitando en su palma. "Chíngame, Marco. Ya no aguanto". Él se colocó entre sus piernas, frotando la cabeza contra sus labios hinchados, lubricándolos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. "Estás tan apretadita, tan mojada para mí", murmuró él, embistiendo hondo.

El ritmo creció, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos. Ana clavó uñas en su espalda, sintiendo cada vena, cada músculo flexionarse. El olor a sexo llenaba el cuarto: almizcle, sudor, feromonas. Él le mordió el cuello, chupando hasta dejar marca, mientras sus caderas chocaban. "Más fuerte, pendejo, dame todo", rogó ella, perdida en el placer. Marco aceleró, bolas golpeando su culo, su clítoris rozando su pubis en cada thrust. La tensión se acumulaba, un nudo apretándose en su vientre.

Voltearon, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. Ana giraba las caderas, sintiendo su verga golpear su punto G, ondas de placer irradiando. "Me vengo, wey... ¡ahí viene!", gritó. El orgasmo la sacudió, paredes internas convulsionando alrededor de él, jugos chorreando. Marco gruñó, embistiendo desde abajo, su propia liberación rugiendo: "¡Ana, carajo!". Calor inundándola, semen caliente llenándola en chorros potentes.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Él la abrazó, besos suaves en la frente, mientras sus pulsos se calmaban al unísono. El ventilador giraba, enfriando su piel febril. Ana trazó círculos en su pecho, escuchando su corazón galopante ralentizarse.

Esas imágenes con frases de pasión y deseo fueron solo el inicio. Esto es real, carnal, nuestro.
"Qué chido fue eso", murmuró ella. Él sonrió, ojos brillando. "Y apenas empezamos, vecina. Mañana más imágenes... y más de esto".

Se durmieron entrelazados, la ciudad zumbando afuera, pero dentro solo paz y promesas de noches ardientes por venir.

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